Un viaje hacia la luz (sueño)
No sé si a vosotros os ha ocurrido, a mí muchas veces. Me duermo con una preocupación importante en la cabeza, algo que me ha tenido bastante tiempo pensando en busca de una solución, sin que pueda alcanzarla, y por la mañana al despertar ¡zas! me encuentro, sin ningún esfuerzo por mi parte, con la ansiada solución, que veo clara y limpia como si le hubiera dedicado el mejor de mis esfuerzos.
Pues bien, el otro día, en una reunión de ambiente íntimo y familiar, un contertulio (digámoslo así), más o menos cristiano y algo irreverente, dijo ante toda la reunión que “no le sonaba nada el cuento del purgatorio”. Así lo dijo, y añadió: “Eso de que Dios me diga: Has sido bueno, pero como no has sido perfecto, voy a hacerte sufrir y a fastidiarte por un tiempo, antes de darte el premio.”
Tengo que reconocer que, dicho de este modo, me pareció que el contertulio llevaba algo de razón, que la idea misma del purgatorio me sonaba a una aberración inaceptable, incompatible con el Dios del evangelio; pero en mi interior algo se rebelaba contra este concepto de Dios, del castigo, del premio y todo lo demás. De todas maneras, y a pesar de darle vueltas y más vueltas no encontraba la solución del problema, en el que durante varios días no dejé de pensar. Pero hoy, en medio de una especie de paraíso, en el Cabo de Gata, me desperté después de una noche de sueño profundo, con la certeza de haber soñado la solución del problema. Bueno, ya sabéis como son los sueños, en ese mundo no hay razonamientos ni elucubraciones, sólo imágenes. Yo solo espero que podáis comprender la relación entre el problema y su solución onírica.
De repente todo cesó, justo como cuando en un “fortíssimo” el director de orquesta hace un gesto y todos los instrumentos enmudecen repentina y conjuntamente. Ante mí se abría un túnel en penumbra, al final del cual había un luz deslumbradora. Andando, lentamente pero si temor, por el túnel, llegué al final del mismo sólo para ser envuelto en la luz que no tenía nada de común con las luces que vemos cuando estamos despiertos, una luz al tiempo blanca purísima y llena de color e incluso de sonidos musicales. Supongo que estoy diciendo cosas absurdas, eso es lo que ocurre cuando pretende uno describir algo indecible.
Cuando me hube acostumbrado a la luz, pude percibir, no inmediatamente desde luego, una figura como humana, no demasiado alta, como la de una muchacha muy linda que me sonreía agradablemente. Su cara no me decía nada, pero mirándola mejor, descubrí que había algo en su porte, en su rostro que me resultaba extraño. Me aproximé y descubrí lo que me intrigaba: su rostro no era ni masculino ni femenino, o por lo menos yo tenía muchísima dificultad en poderlo clasificar. Nosotros los humanos tenemos una necesidad absoluta, cuando se trata de una persona, de verla como hombre o como mujer, pero en aquella figura era absolutamente imposible el decidirse, parecía estar a mitad de camino entre los dos. Aproximándome a él (o a ella, no sé) me dijo con una voz melodiosa pero firme:
“Ya en otros tiempos mucha gente perdió el tiempo discutiendo sobre el sexo de los ángeles.”
Así es que eso era, de eso se trataba, estaba en presencia de un ángel, no de un ser humano, estaba delante de quien no es por naturaleza ni masculino ni femenino. Y que, además, me había respondido sin ni siquiera haber yo formulado mi pregunta.
“Y tú ¿quién eres?” le pregunté para certificar su respuesta.
“Yo me llamo Ángel, yo soy tu ángel. He estado a tu lado durante toda tu vida y ahora que acabas de morir, tengo que acompañarte en este, para ti nuevo mundo.”
“¿Mi ángel de la guarda? ¿Eres verdaderamente mi ángel de la guarda? A ti te tengo guardados yo un par de reproches.”
“Comprendo fácilmente” prosiguió el ángel respondiendo a mis pensamientos “que te defraudara el hecho de que tú me decías muchas cosas, más de pequeño que de mayor, pero en fin, muchas cosas; te desesperaba, digo que yo no te contestara. Pero eso era, no porque yo no hablara claro y fuerte, sino porque tú no sabías escuchar.” Prosiguió el ángel como siempre, respondiendo a la pregunta que tenía preparada pero que yo no había llegado a formular.
“Recuerdo una vez en Almuñécar” le contesté “después de haber compartido contigo tantas preocupaciones, me exasperaba tu silencio, el hecho de que yo hablara tanto y tú no dijeras nada”
“Yo escuchaba, eso tiene más valor que el hablar; pero al final te dije, vaya si hablé ¿no recuerdas?”
De repente caí en la cuenta de lo que había ocurrido; no es que lo hubiera olvidado, sino que no relacionaba lo que pasó después con lo que había ocurrido antes.
“Sí, ya recuerdo que fuiste tú”
“Y ¿quién si no?”
Empecé a cogerle el gusto a hablar con un ángel, con uno que responde siempre a lo que te preguntas, sin tener que dar explicaciones, a veces farragosas. Pero como me imagino que el lector carece de semejante capacidad, le explicaré lo ocurrido.
Era una tarde magnífica, con un cielo azul, salpicado de nubes blancas, con una temperatura ideal, y sin embargo mi alma estaba abatida y desanimada, un cúmulo de dificultades insuperables (o así al menos lo creía yo entonces) me amargaban la existencia. Entonces di rienda suelta a mi voz y, entre algún gemido si bien recuerdo, le expuse todos mis males a Ángel que, como no podía por ser menos, escuchó sin decir palabra. Aquello me alivió, me hizo sentirme mejor.
Al salir a la calle, descargado ya de mis penas, empecé a sentir un rencor sordo contra mi ángel que, si bien es verdad había escuchado en silencio, no había respondido nada ¿que otra cosa podía hacer él? Me irritaba, me ponía furioso el hecho de que después de mis peroratas confidenciales él no hubiera dicho una sola palabra.
De repente, oí un frenado furioso, el coche parecía hacerse trizas con la potencia del freno y allí estaba yo, muerto de miedo, con la cabeza a pocos centímetros del automóvil. Furioso grité:
“¡Calla, calla! Soy sordo como una tapia, pero te oigo perfectamente ¡No es necesario que hables tan fuerte!”
“Yo no he dicho nada, caballero” respondió el conductor del coche, sumamente pálido.
“No,” dije yo “no hablaba con Vd. sino con mi ángel de la guarda." Y el tipo puso cara de estar tratando con un loco.
Encontré siempre que la manera del ángel de responder a mis improperios, salvándome la vida in extremis, fue un poco exagerada.
“Perdóname aquel momento” dije ahora a Ángel “estaba verdaderamente furioso contigo, tan furioso y ensimismado que casi me aplasta el coche a no ser por ti.”
“En verdad” replicó él “quizá yo también exagerara algo contigo”
Y mi ángel y yo fuimos caminado por medio de aquella luz inmarcesible que no puedo llamar cegadora porque en verdad no me impedía ver en absoluto.
De repente, al vernos pasar, Carlos, un viejo amigo mío, que era lo último que yo esperaba ver en aquel momento en aquel lugar, me reconoció conducido por mi ángel.
“Es increíble.” gritó mi amigo furioso “No puedo aceptarlo, ese es Julio, el meapilas, el que hacía una colecta para comprarle al papa una tiara de oro, de perlas y pedrería, como si no hubiera a su alrededor gente muriéndose de hambre. No estoy dispuesto a aceptarlo, no puedo ir con semejante gentuza. Si ese es el cielo, prefiero irme de cabeza al infierno, antes que estar con esas ratas de sacristía, esos mentirosos que se llenan la boca hablando de celibato mientras violan a nuestros niños.”
Intenté hacerme adelante para calmarlo, pero mi ángel me retuvo por el codo. “Déjalo, ya ha tomado su decisión y es alguien desprovisto de amor. Ha luchado mucho, unos dicen que por los pobres de la tierra, otros que contra los que no pensaban como él. No sé muy bien, yo puedo adivinar lo que estás apunto de decir por tu cara y porque te conozco bien después de tantos años, pero la conciencia humana es inviolable, incluso para nosotros. En todo caso, él no puede aceptar la idea de compartir el cielo con...” y mi ángel dudó por primera vez, “...digamos que no puede aceptar el estar junto con cierta gente. Preferirá el infierno. Es allí donde se sentirá a sus anchas si no feliz a su manera, contento en su orgullo.”
“Pero eso es una barbaridad” repliqué “hay que pararlo absolutamente.”
“Dios respeta sus decisiones ¿no vas a respetarlas tú?”
“Entonces ¡Dios no condena a nadie al infierno!”
“Las gentes que van allá, van siempre por su propia voluntad ¿Cómo podría Dios condenar a nadie, Él que nos mandó que no condenáramos nunca?”
“Sí; eso parece lógico. Y sin embargo...”
“Creo que lo mejor que puedes hacer aquí” y me pareció por un instante que mi ángel me guiñaba un ojo “es olvidarte de tu catecismo.”
“Encontrarás junto a Él a mucha gente que en la tierra se comportó de la misma manera que tu amigo Carlos, pero que prefirieron amar incluso a sus opresores”
“¿Qué dices? ¿Quieres insinuar que tendré que convivir con esa canalla de gente como Carlos? ¿Con esa gentuza que llena de pintadas nuestras iglesias, que nos acusa gratuitamente de los peores crímenes y que cada cincuenta años queman las iglesias y fusilan a los religiosos?” le respondí.
“Tú verás. Aquí no se fuerza a nadie. Puedes decidir. Si no te gusta, si te parece absolutamente insoportable, puedes siempre escoger... digamos la otra opción. Ya te digo, aquí no se fuerza nunca a nadie. ¿No leíste en tu catecismo que los publicanos y las prostitutas te precederían en el Reino?”
“Sí, claro que lo leí. No en el catecismo, sino en el evangelio, pero allí se dicen muchas cosas de tipo alegórico y con un sentido bastante oscuro. Yo pensé que se trataba de una de esas alegorías.”
“Pues ya ves que no.” y Ángel me dejó pensativo.
“Y además los dos ejemplos están muy bien escogidos. La gente bien tendrá problemas en estar con las putas; y los sindicalistas y otros revolucionarios tendrán problemas en aceptar a los banqueros corruptos, que me parece que son los publicanos de ahora ¿No?”
“Bueno,” respondió mi ángel “tú, como buen español, has clasificado a los hombres según su ideología, que es lo único que sabéis ver los españoles. Pero sí, bastan dos palabras para hablar de toda la humanidad.”
No puedo decir aquello de ‘pasó un ángel’ pero el caso es que hubo un largo momento de silencio. Él esperaba.
“Bien,” dijo “¿has tomado ya tu decisión?”
Yo hice un gesto de contrariedad. Esto no era, efectivamente, lo que me habían explicado en el catecismo. Reflexioné profundamente acordándome de momentos en los que, con horror, me había dado cuenta en mi vida de que mi rebeldía me hacía entrever que la verdadera felicidad se encuentra en levantar la cabeza con orgullo despreciando una felicidad que yo pensaba de pacotilla. Me invadió de nuevo el horror de entonces.
“¡Julio! Has de tomar una decisión” repitió el ángel.
“Sí, creo... en fin, supongo, que lo mejor que puedo hacer es desechar la otra opción, como tú la llamas. Pero desde luego, iré al cielo a regañadientes.”
“No, Julio no;” prosiguió mi ángel “aquí nadie hace nada a regañadientes ¿Te imaginas un cielo con gente fastidiada y renegando? No, Julio, no. Lo que tú necesitas es un tiempo de reflexión, un tiempo durante el cual sufras la humillación del propio orgullo que te queda y, en ese dolor producido por tu soberbia, acabes madurando, amando sin medida, a todos por igual.”
“¿Es eso” pregunté tímidamente sin estar muy seguro ni de mi pregunta ni de su respuesta “lo que en el catecismo llamaban el purgatorio?”
Desgraciadamente, no pude oír la respuesta del ángel porque en ese mismo instante desperté de mi sueño.
Pues bien, el otro día, en una reunión de ambiente íntimo y familiar, un contertulio (digámoslo así), más o menos cristiano y algo irreverente, dijo ante toda la reunión que “no le sonaba nada el cuento del purgatorio”. Así lo dijo, y añadió: “Eso de que Dios me diga: Has sido bueno, pero como no has sido perfecto, voy a hacerte sufrir y a fastidiarte por un tiempo, antes de darte el premio.”
Tengo que reconocer que, dicho de este modo, me pareció que el contertulio llevaba algo de razón, que la idea misma del purgatorio me sonaba a una aberración inaceptable, incompatible con el Dios del evangelio; pero en mi interior algo se rebelaba contra este concepto de Dios, del castigo, del premio y todo lo demás. De todas maneras, y a pesar de darle vueltas y más vueltas no encontraba la solución del problema, en el que durante varios días no dejé de pensar. Pero hoy, en medio de una especie de paraíso, en el Cabo de Gata, me desperté después de una noche de sueño profundo, con la certeza de haber soñado la solución del problema. Bueno, ya sabéis como son los sueños, en ese mundo no hay razonamientos ni elucubraciones, sólo imágenes. Yo solo espero que podáis comprender la relación entre el problema y su solución onírica.
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Me retorcía en mi cama en medio de unos dolores insoportables, todo el cuerpo era una pura llaga, pero lo peor era la sensación de náusea, de mareo, de pérdida de mi posición, de no saber más donde se encontraba el arriba y el abajo, ni la proporción del propio cuerpo. Un sufrimiento indecible.De repente todo cesó, justo como cuando en un “fortíssimo” el director de orquesta hace un gesto y todos los instrumentos enmudecen repentina y conjuntamente. Ante mí se abría un túnel en penumbra, al final del cual había un luz deslumbradora. Andando, lentamente pero si temor, por el túnel, llegué al final del mismo sólo para ser envuelto en la luz que no tenía nada de común con las luces que vemos cuando estamos despiertos, una luz al tiempo blanca purísima y llena de color e incluso de sonidos musicales. Supongo que estoy diciendo cosas absurdas, eso es lo que ocurre cuando pretende uno describir algo indecible.
Cuando me hube acostumbrado a la luz, pude percibir, no inmediatamente desde luego, una figura como humana, no demasiado alta, como la de una muchacha muy linda que me sonreía agradablemente. Su cara no me decía nada, pero mirándola mejor, descubrí que había algo en su porte, en su rostro que me resultaba extraño. Me aproximé y descubrí lo que me intrigaba: su rostro no era ni masculino ni femenino, o por lo menos yo tenía muchísima dificultad en poderlo clasificar. Nosotros los humanos tenemos una necesidad absoluta, cuando se trata de una persona, de verla como hombre o como mujer, pero en aquella figura era absolutamente imposible el decidirse, parecía estar a mitad de camino entre los dos. Aproximándome a él (o a ella, no sé) me dijo con una voz melodiosa pero firme:
“Ya en otros tiempos mucha gente perdió el tiempo discutiendo sobre el sexo de los ángeles.”
Así es que eso era, de eso se trataba, estaba en presencia de un ángel, no de un ser humano, estaba delante de quien no es por naturaleza ni masculino ni femenino. Y que, además, me había respondido sin ni siquiera haber yo formulado mi pregunta.
“Y tú ¿quién eres?” le pregunté para certificar su respuesta.
“Yo me llamo Ángel, yo soy tu ángel. He estado a tu lado durante toda tu vida y ahora que acabas de morir, tengo que acompañarte en este, para ti nuevo mundo.”
“¿Mi ángel de la guarda? ¿Eres verdaderamente mi ángel de la guarda? A ti te tengo guardados yo un par de reproches.”
“Comprendo fácilmente” prosiguió el ángel respondiendo a mis pensamientos “que te defraudara el hecho de que tú me decías muchas cosas, más de pequeño que de mayor, pero en fin, muchas cosas; te desesperaba, digo que yo no te contestara. Pero eso era, no porque yo no hablara claro y fuerte, sino porque tú no sabías escuchar.” Prosiguió el ángel como siempre, respondiendo a la pregunta que tenía preparada pero que yo no había llegado a formular.
“Recuerdo una vez en Almuñécar” le contesté “después de haber compartido contigo tantas preocupaciones, me exasperaba tu silencio, el hecho de que yo hablara tanto y tú no dijeras nada”
“Yo escuchaba, eso tiene más valor que el hablar; pero al final te dije, vaya si hablé ¿no recuerdas?”
De repente caí en la cuenta de lo que había ocurrido; no es que lo hubiera olvidado, sino que no relacionaba lo que pasó después con lo que había ocurrido antes.
“Sí, ya recuerdo que fuiste tú”
“Y ¿quién si no?”
Empecé a cogerle el gusto a hablar con un ángel, con uno que responde siempre a lo que te preguntas, sin tener que dar explicaciones, a veces farragosas. Pero como me imagino que el lector carece de semejante capacidad, le explicaré lo ocurrido.
Era una tarde magnífica, con un cielo azul, salpicado de nubes blancas, con una temperatura ideal, y sin embargo mi alma estaba abatida y desanimada, un cúmulo de dificultades insuperables (o así al menos lo creía yo entonces) me amargaban la existencia. Entonces di rienda suelta a mi voz y, entre algún gemido si bien recuerdo, le expuse todos mis males a Ángel que, como no podía por ser menos, escuchó sin decir palabra. Aquello me alivió, me hizo sentirme mejor.
Al salir a la calle, descargado ya de mis penas, empecé a sentir un rencor sordo contra mi ángel que, si bien es verdad había escuchado en silencio, no había respondido nada ¿que otra cosa podía hacer él? Me irritaba, me ponía furioso el hecho de que después de mis peroratas confidenciales él no hubiera dicho una sola palabra.
De repente, oí un frenado furioso, el coche parecía hacerse trizas con la potencia del freno y allí estaba yo, muerto de miedo, con la cabeza a pocos centímetros del automóvil. Furioso grité:
“¡Calla, calla! Soy sordo como una tapia, pero te oigo perfectamente ¡No es necesario que hables tan fuerte!”
“Yo no he dicho nada, caballero” respondió el conductor del coche, sumamente pálido.
“No,” dije yo “no hablaba con Vd. sino con mi ángel de la guarda." Y el tipo puso cara de estar tratando con un loco.
Encontré siempre que la manera del ángel de responder a mis improperios, salvándome la vida in extremis, fue un poco exagerada.
“Perdóname aquel momento” dije ahora a Ángel “estaba verdaderamente furioso contigo, tan furioso y ensimismado que casi me aplasta el coche a no ser por ti.”
“En verdad” replicó él “quizá yo también exagerara algo contigo”
Y mi ángel y yo fuimos caminado por medio de aquella luz inmarcesible que no puedo llamar cegadora porque en verdad no me impedía ver en absoluto.
De repente, al vernos pasar, Carlos, un viejo amigo mío, que era lo último que yo esperaba ver en aquel momento en aquel lugar, me reconoció conducido por mi ángel.
“Es increíble.” gritó mi amigo furioso “No puedo aceptarlo, ese es Julio, el meapilas, el que hacía una colecta para comprarle al papa una tiara de oro, de perlas y pedrería, como si no hubiera a su alrededor gente muriéndose de hambre. No estoy dispuesto a aceptarlo, no puedo ir con semejante gentuza. Si ese es el cielo, prefiero irme de cabeza al infierno, antes que estar con esas ratas de sacristía, esos mentirosos que se llenan la boca hablando de celibato mientras violan a nuestros niños.”
Intenté hacerme adelante para calmarlo, pero mi ángel me retuvo por el codo. “Déjalo, ya ha tomado su decisión y es alguien desprovisto de amor. Ha luchado mucho, unos dicen que por los pobres de la tierra, otros que contra los que no pensaban como él. No sé muy bien, yo puedo adivinar lo que estás apunto de decir por tu cara y porque te conozco bien después de tantos años, pero la conciencia humana es inviolable, incluso para nosotros. En todo caso, él no puede aceptar la idea de compartir el cielo con...” y mi ángel dudó por primera vez, “...digamos que no puede aceptar el estar junto con cierta gente. Preferirá el infierno. Es allí donde se sentirá a sus anchas si no feliz a su manera, contento en su orgullo.”
“Pero eso es una barbaridad” repliqué “hay que pararlo absolutamente.”
“Dios respeta sus decisiones ¿no vas a respetarlas tú?”
“Entonces ¡Dios no condena a nadie al infierno!”
“Las gentes que van allá, van siempre por su propia voluntad ¿Cómo podría Dios condenar a nadie, Él que nos mandó que no condenáramos nunca?”
“Sí; eso parece lógico. Y sin embargo...”
“Creo que lo mejor que puedes hacer aquí” y me pareció por un instante que mi ángel me guiñaba un ojo “es olvidarte de tu catecismo.”
“Encontrarás junto a Él a mucha gente que en la tierra se comportó de la misma manera que tu amigo Carlos, pero que prefirieron amar incluso a sus opresores”
“¿Qué dices? ¿Quieres insinuar que tendré que convivir con esa canalla de gente como Carlos? ¿Con esa gentuza que llena de pintadas nuestras iglesias, que nos acusa gratuitamente de los peores crímenes y que cada cincuenta años queman las iglesias y fusilan a los religiosos?” le respondí.
“Tú verás. Aquí no se fuerza a nadie. Puedes decidir. Si no te gusta, si te parece absolutamente insoportable, puedes siempre escoger... digamos la otra opción. Ya te digo, aquí no se fuerza nunca a nadie. ¿No leíste en tu catecismo que los publicanos y las prostitutas te precederían en el Reino?”
“Sí, claro que lo leí. No en el catecismo, sino en el evangelio, pero allí se dicen muchas cosas de tipo alegórico y con un sentido bastante oscuro. Yo pensé que se trataba de una de esas alegorías.”
“Pues ya ves que no.” y Ángel me dejó pensativo.
“Y además los dos ejemplos están muy bien escogidos. La gente bien tendrá problemas en estar con las putas; y los sindicalistas y otros revolucionarios tendrán problemas en aceptar a los banqueros corruptos, que me parece que son los publicanos de ahora ¿No?”
“Bueno,” respondió mi ángel “tú, como buen español, has clasificado a los hombres según su ideología, que es lo único que sabéis ver los españoles. Pero sí, bastan dos palabras para hablar de toda la humanidad.”
No puedo decir aquello de ‘pasó un ángel’ pero el caso es que hubo un largo momento de silencio. Él esperaba.
“Bien,” dijo “¿has tomado ya tu decisión?”
Yo hice un gesto de contrariedad. Esto no era, efectivamente, lo que me habían explicado en el catecismo. Reflexioné profundamente acordándome de momentos en los que, con horror, me había dado cuenta en mi vida de que mi rebeldía me hacía entrever que la verdadera felicidad se encuentra en levantar la cabeza con orgullo despreciando una felicidad que yo pensaba de pacotilla. Me invadió de nuevo el horror de entonces.
“¡Julio! Has de tomar una decisión” repitió el ángel.
“Sí, creo... en fin, supongo, que lo mejor que puedo hacer es desechar la otra opción, como tú la llamas. Pero desde luego, iré al cielo a regañadientes.”
“No, Julio no;” prosiguió mi ángel “aquí nadie hace nada a regañadientes ¿Te imaginas un cielo con gente fastidiada y renegando? No, Julio, no. Lo que tú necesitas es un tiempo de reflexión, un tiempo durante el cual sufras la humillación del propio orgullo que te queda y, en ese dolor producido por tu soberbia, acabes madurando, amando sin medida, a todos por igual.”
“¿Es eso” pregunté tímidamente sin estar muy seguro ni de mi pregunta ni de su respuesta “lo que en el catecismo llamaban el purgatorio?”
Desgraciadamente, no pude oír la respuesta del ángel porque en ese mismo instante desperté de mi sueño.
Para Pepe, para Manolo y Conchi, para Adrián e Isabel
Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez
Cabo de Gata, 28 de Noviembre del 2010
Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez
Cabo de Gata, 28 de Noviembre del 2010
