De Julio Moreno-Dávila.
¡Ah esto es vida!
Ha llegado el momento más feliz de la jornada. La ventana entreabierta, lo cual crea una ligera corriente de aire, sumamente agradable en el verano andaluz, como si fuera una verdadera brisa; un maderero crujido de cigarra a lo lejos, que ayuda a relajarse; una luz potente, pero muy centrada sobre mi mesa de trabajo exclusivamente, para recordarme que el resto de mi microcosmos está sumido en una obscuridad incolora, cargada de emociones, una negrura que me arropa; encima de la mesa una cerveza sin alcohol, corregida con vodka; mis cuadernos y mis lápices.
Mi último trabajo, “Epistemología de los Papiros Médicos del Bajo Imperio” tuvo, además, bastante éxito. Parece que no sólo me gusta a mí que la escribí, sino a otros. Y ahora, la “Epistemología del Maestro de Sentencias Pedro Lombardo” en la que me encuentro a mis anchas. Temo, sin embargo, que mi hermeneútica no sea aceptada por todos, quizá, como siempre, por razones políticas. En general hace falta una gran distancia histórica para considerar un texto como neutro desde el punto de vista político, cosa seguramente cierta cuando se trata de los papiros del Bajo Imperio faraónico. Pero con Pedro Lombardo… no sé, a pesar de que casi un milenio nos separa de él me temo que mil años no sean demasiada distancia para acordarnos la imparcialidad necesaria. La edad media sigue siendo para mucha gente lo que los anglosajones llaman las “dark ages”, la edad obscurantista.
Con un agitar de la cabeza me sacudí, como hacen los perros con el agua, los temores inútiles (o, en todo caso precoces) por una falta de comprensión de mis contemporáneos.
Y entonces sonó el teléfono.
¿Quién podrá ser?
-Diga…
Era alguien que me necesitaba urgentemente. Hace unos años lo habría enviado al cuerno, también los sacerdotes tenemos necesidad de reposo, de intimidad. Hoy no.
Me dieron la dirección de una casa de ejercicios.
-Y ¿no hay un cura que pueda echarles una mano por ahí? Tratándose de una casa de retiro tiene que haber algunos…
Por los tiempos que corren, apenas si hay alguien que se acuerde de nosotros, así es que acepté y dije que iba en seguida.
-Se trata de un amigo personal suyo. Del señor Martín Klax o algo así. Quiere verle en seguida. Pensamos que se está muriendo.
-Por supuesto que voy. Ahora mismo.
Martin Klax. Lo recordaba muy bien. Un teólogo luterano danés, conocido en una de mis giras por ese maravilloso país escandinavo. Al norte de Jutlandia, mientras curioseaba la factura de uno de los órganos más sonoros del planeta, lo conocí. Regentaba la parroquia y nos hicimos buenos amigos. Un hombre relativamente bajito a pesar de su condición de nórdico, con el cabello y la barba que debieron ser rojos pero que empezaban ya a clarear. A los muy morenos se nos notan antes la canas, pero es una cuestión de tiempo: pronto o tarde a los rubios también se les ve la edad.
Tardé en llegar como una media hora. Iba francamente preocupado. ¿Qué podría estar haciendo Martin Klax, teólogo protestante, en una casa de ejercicios católica? Yo sabía que mi amigo se había aproximado mucho últimamente al catolicismo, pero “sabía” con certeza que nunca se convertiría a nuestra fe; y yo aprobaba esta conducta, que me parecía más íntegra. Yo “sabía” que lo único que buscaba era un enriquecimiento personal bebiendo en las dos fuentes. Y sin embargo…
Me recibieron con agitación con prisa, como si Martin fuera a morir de un momento a otro.
-Venga, venga. Le está esperando.
Al entrar en la habitación quedé muy sorprendido. Martin Klax yacía, sí, en un lecho, pero no demasiado tumbado, ligeramente incorporado y arbolaba una de sus mejores sonrisas.
-¿Tú? ¿Aquí? ¿Quién te ha dicho…?
-¡Martin!
-Me imagino que estos, que se han empeñado en matarme, te han pintado la cosa muy negra, forzándote a venir.
Siempre me asombró la velocidad a la que mi amigo había aprendido el español y lo bien que lo había hecho; ojalá hubiera podido yo hablar el danés, después de todo mi esfuerzo malgastado, como él dominaba el castellano.
-¿Cómo estás?
-Perfectamente. Ya sabes, la mejoría que anuncia la muerte. –me dijo sonriendo como el que habla del tiempo que hace- Creo que incluso me ocurre lo que a tantos otros, la proximidad de la muerte me hace conocer el futuro.
-Estás completamente loco.
La falta de un aparente sentimiento trágico ante la muerte, me había siempre asombrado en mi amigo Martin Klax. Desconcertado en mis cultura latina, siempre comprendí mejor a Unamuno que a Kierkegaard, cosa natural dados nuestros orígenes.
-No me digas que ahora también te has vuelto vidente.- Le respondí con la misma jovialidad con la que él me hablaba.
-¿Podrían dejarnos solos un momento?
La gente que me había conducido hasta mi amigo se retiró discretamente.
-Si necesita Vd., algo…
-Sí, sí, ya sé. Déjennos en paz.
Y al fin nos quedamos solos. Conociendo bien a Martin, sabía que ocultaba alguna carta mágica en la manga.
-Y ahora dime ¿cómo te sientes?
-Bien, de veras, francamente bien. Cuando uno conoce el futuro, no debe uno sentirse inquieto.
-¿Qué tontería es ésa de que conoces el futuro?
-Tú bien sabes que mucha gente, próxima ya la hora de su muerte han sabido perfectamente cuando ésta llegaría ¿no? ¡Acuérdate! Martha Robin, el Padre Vallet…
-Sí, sí, ya sé. No necesitas citarme más casos. Todos eran católicos - añadí algo irónico, casi polémico.
-Cuando tuve el principio de infarto, hace solamente una pocas horas, sabía (no me preguntes cómo) que no moriría esta vez, sino dentro de tres meses. El 14 de Noviembre. Ése es el día de mi muerte, si quieres saberlo.
-Pero ¡qué tontería! Por Dios, pareces obsesionado.
-No jures por Dios, que eres un ministro de la Iglesia, aunque sea esa abominación del catolicismo. - replicó devolviéndome la ironía -¿Acaso no has leído el capítulo seis de san Mateo?
-En español eso no es un juramento. Tú has aprendido nuestra lengua en los libros, pero los libros no pueden nunca explicar la carga de emoción que llevan las palabras. Por eso dices tantas palabrotas en castellano y te escandalizas por una locución anodina. Pero bueno, dejemos eso ¿no?
-Si quieres. ¿Y cómo explicas que me encuentre tan tranquilo ante un presunto peligro de muerte?
-No sé, vosotros los escandinavos estáis más cerca de Kierkegaard que de Unamuno. - le explicité mi pensamiento - Nunca logré entender a tu celebérrimo compatriota…
-Unamuno lo comprendía bien. Aprendió el danés sólo para poderlo leer en su lengua original.
-Sí, siempre hay quien puede. Pero yo no llego a tanto.
-Pero la verdad es que lo que me da esta tranquilidad no es sólo saber que no corro ningún peligro antes del 14 de Noviembre. No. Se trata de otra gracia que Dios me ha concedido. Quizá sea la gracias más grande que haya concedido jamás a una persona.
-Ahora eres tú quien dice barbaridades teológicas.
-Entiéndeme, o mejor dicho interprétame, señor especialista en hermenéutica. Quiero decir la gracia mayor concedida por el altísimo a un común mortal. De los de a pie, de los que son como tú y como yo.
-Explícate mejor.
-Creo que mi petición será la petición de toda la humanidad del siglo veintiuno. - y después de un momento de reflexión – Sí, por lo menos en Europa. Sólo que la gente no tenemos la valentía de pedir lo que deseamos. Pero (y la primera gracia fue ésa) a mí me fue dado el comprender que era lo que mi corazón anhelaba. Ése es el primer paso para conseguirlo. Si no sabes lo que quieres no puedes suplicarlo en la oración. Y si no puedes pedirlo, jamás lo conseguirás.
-Pero de qué se trata. ¡Venga! Dímelo.
-¿No puedes adivinarlo?
-¿Cómo podría saberlo?
-Muy fácil. Lo tienes delante de ti. Toda la humanidad, por lo menos en Europa, piensa lo mismo. Tú que tienes el confesionario, tienes una excelente ventana al mundo. ¿Qué piensan tus feligreses que es lo más deseable sin atreverse a pedirlo?
-No lo sé. No me juegues a las adivinanzas. En primer lugar Andalucía no es casi Europa, estamos en las postrimerías del mundo civilizado, en África o en América Latina, como quieras. Y además no es verdad que el confesionario sea una ventana al alma de la gente. Quizá lo fuera en el pasado, pero ya no lo es más.
-¡Cuanto he dudado! ¡Cuanto tardé en suplicar a Dios por el mismo Hijo Suyo Jesucristo! - dijo Martin al fin – Al principio me parecía una blasfemia. Después de todo quizá lo sea, pero, como dice Bertrand Russell, toda idea original empieza pareciendo una blasfemia. Así es que después de haber pasado meses pidiendo luces para encarrilar mi oración, al fin me atreví a pedir lo que mi corazón anhelaba, el ideal de tantos corazones en este mundo de hoy. Tú sabes que yo soy profundamente cristiano, luterano y también un poco católico y un poco ortodoxo y un poco todo lo demás, así es que la primera parte de la oración fue, después de tantas dudas, pedir a Dios que conformara siempre, hasta el más mínimo detalle, a su Palabra, mi vida toda hasta el mismísimo instante de mi muerte. Pero luego…- pareció aún dudar Martin Klax.
-Pero luego- le animé.
-Pero una vez muerto, le pedí a Dios, quisiera que todo el mundo respetara mi muerte. Todo el mundo en absoluto, incluido Él ¿Comprendes lo que quiero decir?
-No, no comprendo nada.
-La parte esencial de mi oración fue el pedir a Dios ¿cómo explicarlo? Que me dispensara… no, no es ése el verbo adecuado, que me liberara de la resurrección. Que la vida eterna fuera para mí el aquí y el ahora. Solamente el aquí y el ahora.
-¿Renunciar a la otra vida?
-Tú sabes que nosotros los luteranos de hoy día en general, siguiendo a Cullmann no creemos en la inmortalidad del alma, ese añadido griego a la revelación, sólo en la resurrección de los muertos. En la reforma habíamos ya renunciado a la primera parte de lo que tú llamas “la otra vida”. Yo he pedido a Dios que me dispense de la segunda. Y Él, en su infinita misericordia, me lo ha concedido.
Un silencio largo, pesado, siguió a esta declaración.
* * *
Dos palabras a modo de epílogo:
El día 15 de Diciembre del mismo año a la una de la madrugada, cuando me encontraba dándole los últimos retoques a la “Epistemología del Maestro de Sentencias Pedro Lombardo” sonó el teléfono. Alguien me anunció que, después de un segundo infarto de miocardio, el pastor Martin Klax había muerto. Quizá, contando el tiempo de otro modo, muriera el catorce, que es cuando él lo había predicho. A su alrededor, en España, se extendió la fama de su santidad personal.
Martin Klax pidió a Dios algo que está hoy día en la mente de muchos y que nadie se había atrevido a pedir hasta entonces prefiriendo, en cambio, renunciar a su fe. Antes de volver al maestro de sentencias, me pregunté cómo es que Martin Klax estaba tan seguro de que Dios se lo hubiera concedido.
¿Una religión chata, sin la tercera dimensión sobrenatural o una religión liberada del obscurantismo transnatural? Nunca llegaré a saberlo, me falta la perspectiva histórica.
Jamás dije una misa por el eterno descanso de mi amigo.