lunes, 15 de junio de 2009

Orar es Morir un Poco
explicación de una idea del P. Henri Caffarel fundador de los ENS

En nuestra cultura se considera una obscenidad hablar de la muerte. Una obscenidad, sí ¿Qué es en realidad una obscenidad? Algo que todo el mundo sabe que existe pero de lo que no es correcto hablar. Nadie habla de los detalles de sus deposiciones ¿no? es una impudicia, aunque todo el mundo sabe; nadie habla de la muerte ¿no? es la misma idea, la misma situación, simplemente una obscenidad distinta.

Por eso, cuando una mujer de oración le dijo al padre Caffarel que “…desde hacía 60 años, oraba igual que moría…”, el fundador de los ENS, como confiesa él mismo en su libro, tuvo un momento de inquietud. Y ese estado de ánimo preocupado aumentó cuando oyó la continuación: “…y pienso morir como en mi oración…”.

Incluso alguien con la experiencia de vida interior como el P. Caffarel se vio en mala posición ante tamaña expresión. Lo inusitado de la misma hacía, que el fundador de los ENS temiera encontrarse delante de un caso de desviado misticismo o por lo menos de un estado morboso.

El mismo autor nos cuenta que, unos años más tarde, cuando recibió la noticia de la muerte de su dirigida, se dijo que era imposible en un caso así estar triste, el P. Caffarel estaba seguro de que había muerto en la alegría.

¿Que había ocurrido para que nuestro autor hubiera cambiado de opinión de una manera tan radical? Había ocurrido – simplemente – que el P. Caffarel había comprendido lo que aquel alma quería decir.

Su dirigida le había confesado que la clave del enigma no podía ser más simple: bastaba pensar en la muerte de Cristo, nuestro modelo de vida (y de muerte). “Padre, ¡Oh Padre! En tus manos encomiendo mi espíritu” fueron sus últimas palabras, palabras del salmo 31 que expresan el abandono total, la entrega íntima, la donación suprema, la obediencia absoluta, la abnegación sin límites, la renuncia a todo lo que se posee incluyendo lo más propio que el hombre (que Dios) posee de sí mismo: su espíritu.

Ahora bien ¿cómo se puede orar, verdaderamente orar, sin este estado de renuncia total de sí? Lo importante de la oración no es mi colaboración con Dios sino, por el contrario, la presencia de Dios en mi vida. Es Él el eje y el centro de mi oración, y si uno no renuncia a todo lo que posee, si uno no se hace despojar de sus vestiduras (ejemplo y símbolo de lo que nos cubre interiormente) no se puede hacer verdadera oración. Sí, Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu es, en efecto, la única oración posible, o por lo menos la única cosa que podemos aportar, hacer el vacío para que Dios lo llene a su modo.

Pero no basta encomendar, es necesario abandonar, renunciar a todo control, a toda propiedad, no sólo sobre las propias vestiduras sino sobre su propio espíritu. Alguien que conozco ha convertido esta idea en una especie de letanía a partir de las palabras del salmo 31: Padre, en tus manos abandono mi cuerpo; Padre, en tus manos abandono mi alma; Padre en tus manos abandono mi espíritu…

Si nuestra oración diaria se asemejase a la de la persona – que permanece anónima por razones obvias – descrita por Henri Caffarel, la hora de nuestra muerte sería, así de simple, el momento inicial de una oración más.

Según una idea de Henri Caffarel, Nouvelles lettres sur la prière
Transcripción de Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 15-Junio-MMIX



El Despojado

Te han quitado tu manto hecho jirones,
la túnica también ha sucumbido
a la voracidad de tus verdugos ciegos.

Las sandalias tampoco en tus pies las dejaron
y, al no poder rasgarlas, a la suerte
rifaron con la pieza de tu túnica.

Te dejaron desnudo. Cuando fuiste
a la muerte, privado de todo te encontraste:
con tu carne desnuda, cubierto de vacío.

Mas para despojarte de todos tus tesoros,
te quitaron la paz, la fuerza, la esperanza,
dejándote tan sólo renuncia y abandono.

Te quitaron incluso la protección del Padre;
a tu madre otro hijo tuviste que buscarle,
entregando tu espíritu en soledad desierta.

Una lección nos diste. Hoy en mi huerto
de los olivos, que a todos nos reservas,
poco a poco la edad va despojando el ánima.

Tú borras la belleza de mis años alegres,
la ilusión, la alegría y el vigor de mi cuerpo
hasta dejarme hastiado, hundido en el cansancio.

Me despojan de todo, me miran como a un viejo
que de todos se aparta (“…es que chochea”).
Despojada se queda, sin memoria, mi alma,

mi voluntad, mi fuerza, mis ánimos, mi vida.
Me han dejado desnudo, aunque a rifa
no pueden repartirse mis amores.

Sin nada que perder en esta suerte,
despojado y desnudo de alma y cuerpo.
¡Así es más fácil llegar hasta la muerte!


Según una idea de M. Bovet
Julio Moreno-Dávila, Montreux XXII-III-MMVIII


miércoles, 3 de junio de 2009


La Oración de Sustitución

explicación de una idea del P. Henri Caffarel

Empezaré por contar una anécdota personal que cuadra perfectamente con la idea desarrollada por el P. Caffarel.

Cuando yo era muy niño, solía rezar todas las noches antes de dormirme, aleccionado por mi abuela; mi yaya, como decíamos en la más pura tradición catalana. Pero una noche, después de haber pasado unos día muy enfermo, en los que, según me dijeron más tarde, estuve a punto de morir y en los que por cierto perdí un oído, me encontraba cansado con una fatiga extrema, era incapaz de andar debido a la debilidad y el sueño cerraba mis párpados sin que pudiera evitarlo.

Yaya” tuve que decirle “esta noche yo no puedo rezar
No te preocupes, yo rezaré por ti”.

Ahora bien, en castellano, la preposición “por” tiene diversos sentidos. En principio, rezar por alguien, quiere decir orar por sus intenciones, tener a la persona en cuestión como intención al rezar, pero este no era el sentido que empleaba mi yaya y yo lo sabía perfectamente. Mi abuela quería significar, y yo así lo entendía sin discutir de gramática, que ella iba a rezar en vez de mí, en mi lugar.

El padre Caffarel da una importancia muy grande a la oración a la que me inició mi yaya, dada su significación.

El fundador de los ENS cuenta el caso de una mujer que tenía un hijo perdido, dado a la droga y a la mala vida, que suele acompañar a quienes tienen que costearse un vicio caro. Por supuesto, estaba totalmente excluido, que su hijo se diese a la oración, así es que la madre rezaba por él. Pero esto no quiere decir que, como haría cualquier madre, ella rezaba teniendo a su hijo por intención, sino que rezaba, tal y como hacía mi abuela, en lugar de su hijo, dirigiéndose al Señor como si ella fuese su hijo mismo. Esta especie de identificación pudo llegar tan lejos, que la madre empezó a sufrir las calamidades que el hijo debería haber sufrido y Dios le permitió que así fuese y que su hijo encontrara un poco de paz, paz que le hizo volver al camino recto.

Henri Caffarel tenía una poderosísima razón para estimar esta manera de rezar, muy por encima de otras oraciones. Y la razón aludida es que se trata, ni más ni menos, que la oración que, con su vida, dirigió a su Padre nuestro señor Jesucristo.

En efecto, sabemos por el nuevo testamento, por ejemplo por S. Pablo (Rom 5, 19) y también en (Heb 9, 12) que Cristo sufrió por nuestros pecados, el inocente por los culpables, y en este caso, la preposición por encuentra plenamente el sentido al que hemos aludido.

El P. Caffarel nos invita a practicar esta oración, la que practicaba mi yaya sin haber leído nunca al fundador de los ENS. Y nos invita a hacerlo de dos maneras:

La primera es precisamente la contrapartida de la oración de Jesús de Nazaret, la de orar al Padre en nombre y en lugar de Cristo, pidiendo misericordia por su pasión y sufriendo en su nombre el mal que pueda alcanzarnos para, como dice San Pablo, suplir los padecimientos que faltan a la pasión de Cristo. Es la oración de los estigmatizados.

La segunda es exactamente la oración que practicó aquella noche mi abuela, la de orar por aquellos, en el lugar de aquellos que necesitarían particularmente rezar - y todos lo necesitamos; pero muy particularmente por aquellos que, aún necesitándolo no están en situación de dirigir su oración a Dios, sea por su falta de fe, por las circunstancias dramáticas de su vida o por otras razones, como en mi caso infantil por una debilidad extrema (pensemos, por ejemplo en un enfermo en coma).

Para mí, fue una gran sorpresa y una gran alegría ver que el Padre Henri Caffarel se había ocupado de algo que yo ya conocía, pero que no había nunca pensado explícitamente. Esperemos que pronto tengamos la alegría de verlo elevado a los altares.

Según una idea de Henri Caffarel, Nouvelles lettres sur la prière
Transcripción de Julio Moreno-Dávila, Granada 1-Junio-MMIX

domingo, 5 de abril de 2009



Saetas



Desgarra el aire un grito con Tu dolor de muerte:
Saeta de misterio.

Se enciende el Sacromonte ¡Oh felix culpa!
como un canto de flores, revelando un secreto.

Saeta de alegría, primavera en Granada,
cuando se muere el eco,

calla el quejido, se encienden las estrellas,
se apagan los murmullos, las plegarias, los rezos,

ahora sólo el tambor monótono resuena.
¡Saeta de silencio!



Granada 16 de Abril 1992.

Mete tu mano en mis llagas

y da rienda suelta a tu esperanza

Le plus difficile c’est d’espérer.
Jean Gitton, Mon testament philosophique.

La historia del Mellizo es demasiado conocida como para que nos pongamos ahora a contarla, a volverla a contar. Hasta quienes no ha leído nunca el evangelio nos dicen a los que queremos comprobarlo siempre todo: No me seas santo Tomás, si no lo veo no lo creo. Y se prefiere la respuesta del Señor: Bienaventurados los que creen sin ver.

*** *** ***

El filósofo francés (y cristiano) Jean Guitton escribió un libro extraordinario, desgraciadamente agotado en su traducción castellana, Mi testamento filosófico; como resumen de uno de sus capítulos principales trae a colación la cita: Lo más difícil es esperar. No sé si será debido a mis propios pecados de orgullo, pero siempre he estado convencido de que el problema de Tomás, El Mellizo, no fue tanto un problema de fe, cuanto un problema de esperanza.

Me explico: en el Renacimiento, al alba de la revolución científica, se esperaba en Europa que todos los problemas de la humanidad quedarían resueltos por la ciencia. El hambre, las enfermedades, las situaciones de indigencia, orfandad, viudez etc. quedarían superadas, dejarían de afligir a la humanidad en cuanto la ciencia encontrara la solución adecuada, cosa que se lograría con el tiempo, dada la nueva actitud positiva con respecto a los problemas naturales.

Siglos después, vista la inoperancia en la vida de los logros de la ciencia, la esperanza volvió a serlo en las revoluciones sociales. En Europa las gentes se percataron de que no era suficiente generar riqueza, de que no era bastante encontrar vacunas y medicamentos eficaces, sino que era aún preciso que la riqueza generada llegase a quien la necesitaba, en el lugar en el que se encontraba y en el momento oportuno. Así, el liberalismo pasó a ser la aparente solución en el extremo occidente: bastaba dejar jugar libremente las fuerzas del individualismo para que el sistema se autoorganizase; la esperanza pasó a ser ideológica. En la Europa central, ocurrió también un fenómeno análogo, la esperanza en la ideología, aunque en una ideología que primaba el valor de la raza propia y la exclusión de las razas distintas como clave para superar las dificultades de la vida. En el oriente europeo fue más bien la ideología revolucionaria social la que hizo pensar a los hombres que el paraíso en la tierra estaba al alcance de la mano.

Pero las ideologías fracasaron con hecatombes inimaginables unos años antes e hicieron que Europa se percatase de que tampoco allí se encontraba la salvación buscada. Entonces, como ocurre la mayor parte de las veces cuando todas las tentativas fracasan, se cayó en la depresión colectiva. En esta nueva fase, como en las anteriores, hubo profetas de visión larga que dijeron un siglo antes lo que después diría todo el mundo por la calle. En este caso fue Nietzsche, el profeta del nihilismo el que predicó que no hay solución, que el Hombre es un esfuerzo inútil (Sartre) y que, al máximo, lo único que se puede hacer es levantar la cabeza dando la cara al destino y a la tragedia: intentar ser un héroe en medio del caos, un superhombre quizá.

Tampoco este punto de vista, típico de los años del existencialismo, tuvo mucho éxito, con la que al día de hoy nos encontramos en un ambiente en el que la solución al problema de la esperanza es lo que Gianni Vattimo llama el nihilismo sin tragedia. Es verdad – dicen – que el hombre y el cosmos son un afán sin sentido, así es que sigamos el consejo de Horacio “carpe diem”, vivamos el momento presente y degustemos la cerveza, las tapitas, una mujer sonriente, el utilitario de moda y las vacaciones pagadas. Es verdad que al final nos esperan la decrepitud, la muerte y la corrupción, pero eso será mañana, hoy voy a tratar de pasármelo en grande.

Y uno se pregunta ¿tan difícil es esperar? Y uno mira hacia su interior (y a su alrededor) y ve que, efectivamente, es difícil.

Fijémonos bien: los apóstoles habían convivido con Jesús de Nazaret, y habían creído en él. Lo habían seguido, lo habían dejado todo, las redes, la barca y lo demás y habían dado testimonio de su fe. Habían creído a fondo, no con una fe aparente.

Claro que la fe va indisolublemente unida a la esperanza (a la caridad también pero ese no es hoy nuestro tema). No se puede creer en el evangelio (¡la buena noticia!) sin esperanza, ni se puede esperar en la salvación por la buena noticia sin creer en ella, eso es cierto.

Pero no es menos cierto que no todos los artículos de la fe están igualmente ligados con la esperanza. En estos tiempos de Semana Santa se hace mucho hincapié incluso pública y popularmente, en la fe en la pasión y muerte de Cristo, pero este artículo de fe no parece estar demasiado ligado a la esperanza sino más bien a la decepción.

Y así, después de la pasión, llegamos a la madrugada del domingo de pascua. Y ahí sí que para creer hay que esperar y viceversa. Y se ve enseguida: en este tema preciso los apóstoles (y los cristianos de a pie entre los que me cuento) empiezan a tener serias dificultades.

Los antiguos decían: Docendo discens, es decir el que enseña es el que más aprende, y eso es lo que me ha ocurrido muchas veces a mí durante mis años de catequista. Cuando explicaba a los niños mi asombro al ver que María Magdalena no reconoce a Jesús resucitado, una niña apenas adolescente me dijo: “A mí no me sorprende nada, era demasiado bonito para ser verdad”. Y en esa frase, demasiado bonito para ser verdad, se sintetiza muy bien nuestra dificultad. Jean Guitton estaba en lo cierto: lo más difícil es la esperanza.

La misma historia, aún más clara la vemos en los discípulos de Emaús: su corazón ardía (son sus mismas palabras) cuando el resucitado les explica que la cruz no está reñida con la esperanza, es más está muy ligada a ella. En el fondo estaban ya convencidos, y si se hubiese tratado de creer en una desgracia, habrían ya dado su asentimiento aunque se tratase de algo increíble, pero ¿creer en la esperanza? No, eso es demasiado bonito para ser verdad.

Y así llegamos al caso que nos ocupa. El Mellizo, como uno más de los doce, ha creído ya en su señor. Y ha dado las pruebas de ello, lo ha seguido, lo ha dejado todo, ha creído en la confesión de Pedro cuando ha afirmado que Jesús es el mesías. Pero cuando Pedro y los demás le dicen que han visto vivo al Señor, Tomás, que no es más incrédulo que los otros once, dice que no se fía. Y no se fía, en mi opinión, porque es algo demasiado bello para ser verdad, porque creer en este hecho equivale a esperar y eso es lo más difícil.

*** *** ***

Es duro esperar, más que creer, mucho más que amar. Quizá la esencia misma del cristianismo sea la esperanza cristiana, lo dice Benedicto XVI: hemos sido salvados en la esperanza. Ciertos no cristianos creen, algunos aman, otros (cada vez menos) esperan en la revolución, algunos (todavía) esperan en que la ciencia resolverá todos sus problemas. Sólo los cristianos (algunos con terrible dificultad a causa del orgullo) esperamos en Él.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez
Granada, 5 de abril de 2009


lunes, 23 de febrero de 2009

Conversión
por Julio Moreno Dávila


Mis tardes pasan:
crepúsculos de cera
teñidos de nostalgia.

Mis carnes languidecen,
mi corazón se muere
buscando en lontananza.

Pero mis ojos saben que Tú vienes,
y mis entrañas
vibran ante el recuerdo de un futuro preñado
de luz y de esperanza.

Entonces ¿por qué hacerte esperar si sé que vienes,
si, al fin, Tu alma
se ha de manifestar borrando las tinieblas?

¿Por qué he de dejar hasta mañana
la borrachera de luz y de alegría,
de entusiasmo y de danza?

¿por qué hacerte esperar dormitando entre sombras,
en vez de mirarte cara a cara?

Lausanne 6 y 30 de Marzo de 1992.

martes, 17 de febrero de 2009

La Oración del siglo XXI
De Julio Moreno-Dávila.


Grolley, Pascua del 2000.

...dans mon mouvement naturel, j’ai seulement envie de vivre et de mourir... j’aspire au néant... mais l’immortalité en Dieu et la résurrection, c’est trop...
Jean Guitton, Mon testement philosophique, pg. 75



¡Ah esto es vida!

Ha llegado el momento más feliz de la jornada. La ventana entreabierta, lo cual crea una ligera corriente de aire, sumamente agradable en el verano andaluz, como si fuera una verdadera brisa; un maderero crujido de cigarra a lo lejos, que ayuda a relajarse; una luz potente, pero muy centrada sobre mi mesa de trabajo exclusivamente, para recordarme que el resto de mi microcosmos está sumido en una obscuridad incolora, cargada de emociones, una negrura que me arropa; encima de la mesa una cerveza sin alcohol, corregida con vodka; mis cuadernos y mis lápices.

Mi último trabajo, “Epistemología de los Papiros Médicos del Bajo Imperio” tuvo, además, bastante éxito. Parece que no sólo me gusta a mí que la escribí, sino a otros. Y ahora, la “Epistemología del Maestro de Sentencias Pedro Lombardo” en la que me encuentro a mis anchas. Temo, sin embargo, que mi hermeneútica no sea aceptada por todos, quizá, como siempre, por razones políticas. En general hace falta una gran distancia histórica para considerar un texto como neutro desde el punto de vista político, cosa seguramente cierta cuando se trata de los papiros del Bajo Imperio faraónico. Pero con Pedro Lombardo… no sé, a pesar de que casi un milenio nos separa de él me temo que mil años no sean demasiada distancia para acordarnos la imparcialidad necesaria. La edad media sigue siendo para mucha gente lo que los anglosajones llaman las “dark ages”, la edad obscurantista.

Con un agitar de la cabeza me sacudí, como hacen los perros con el agua, los temores inútiles (o, en todo caso precoces) por una falta de comprensión de mis contemporáneos.

Y entonces sonó el teléfono.

¿Quién podrá ser?

-Diga…

Era alguien que me necesitaba urgentemente. Hace unos años lo habría enviado al cuerno, también los sacerdotes tenemos necesidad de reposo, de intimidad. Hoy no.

Me dieron la dirección de una casa de ejercicios.

-Y ¿no hay un cura que pueda echarles una mano por ahí? Tratándose de una casa de retiro tiene que haber algunos…

Por los tiempos que corren, apenas si hay alguien que se acuerde de nosotros, así es que acepté y dije que iba en seguida.

-Se trata de un amigo personal suyo. Del señor Martín Klax o algo así. Quiere verle en seguida. Pensamos que se está muriendo.
-Por supuesto que voy. Ahora mismo.

Martin Klax. Lo recordaba muy bien. Un teólogo luterano danés, conocido en una de mis giras por ese maravilloso país escandinavo. Al norte de Jutlandia, mientras curioseaba la factura de uno de los órganos más sonoros del planeta, lo conocí. Regentaba la parroquia y nos hicimos buenos amigos. Un hombre relativamente bajito a pesar de su condición de nórdico, con el cabello y la barba que debieron ser rojos pero que empezaban ya a clarear. A los muy morenos se nos notan antes la canas, pero es una cuestión de tiempo: pronto o tarde a los rubios también se les ve la edad.

Tardé en llegar como una media hora. Iba francamente preocupado. ¿Qué podría estar haciendo Martin Klax, teólogo protestante, en una casa de ejercicios católica? Yo sabía que mi amigo se había aproximado mucho últimamente al catolicismo, pero “sabía” con certeza que nunca se convertiría a nuestra fe; y yo aprobaba esta conducta, que me parecía más íntegra. Yo “sabía” que lo único que buscaba era un enriquecimiento personal bebiendo en las dos fuentes. Y sin embargo…

Me recibieron con agitación con prisa, como si Martin fuera a morir de un momento a otro.

-Venga, venga. Le está esperando.

Al entrar en la habitación quedé muy sorprendido. Martin Klax yacía, sí, en un lecho, pero no demasiado tumbado, ligeramente incorporado y arbolaba una de sus mejores sonrisas.

-¿Tú? ¿Aquí? ¿Quién te ha dicho…?
-¡Martin!
-Me imagino que estos, que se han empeñado en matarme, te han pintado la cosa muy negra, forzándote a venir.

Siempre me asombró la velocidad a la que mi amigo había aprendido el español y lo bien que lo había hecho; ojalá hubiera podido yo hablar el danés, después de todo mi esfuerzo malgastado, como él dominaba el castellano.

-¿Cómo estás?
-Perfectamente. Ya sabes, la mejoría que anuncia la muerte. –me dijo sonriendo como el que habla del tiempo que hace- Creo que incluso me ocurre lo que a tantos otros, la proximidad de la muerte me hace conocer el futuro.
-Estás completamente loco.

La falta de un aparente sentimiento trágico ante la muerte, me había siempre asombrado en mi amigo Martin Klax. Desconcertado en mis cultura latina, siempre comprendí mejor a Unamuno que a Kierkegaard, cosa natural dados nuestros orígenes.

-No me digas que ahora también te has vuelto vidente.- Le respondí con la misma jovialidad con la que él me hablaba.
-¿Podrían dejarnos solos un momento?

La gente que me había conducido hasta mi amigo se retiró discretamente.

-Si necesita Vd., algo…
-Sí, sí, ya sé. Déjennos en paz.

Y al fin nos quedamos solos. Conociendo bien a Martin, sabía que ocultaba alguna carta mágica en la manga.

-Y ahora dime ¿cómo te sientes?
-Bien, de veras, francamente bien. Cuando uno conoce el futuro, no debe uno sentirse inquieto.
-¿Qué tontería es ésa de que conoces el futuro?
-Tú bien sabes que mucha gente, próxima ya la hora de su muerte han sabido perfectamente cuando ésta llegaría ¿no? ¡Acuérdate! Martha Robin, el Padre Vallet…
-Sí, sí, ya sé. No necesitas citarme más casos. Todos eran católicos - añadí algo irónico, casi polémico.
-Cuando tuve el principio de infarto, hace solamente una pocas horas, sabía (no me preguntes cómo) que no moriría esta vez, sino dentro de tres meses. El 14 de Noviembre. Ése es el día de mi muerte, si quieres saberlo.
-Pero ¡qué tontería! Por Dios, pareces obsesionado.
-No jures por Dios, que eres un ministro de la Iglesia, aunque sea esa abominación del catolicismo. - replicó devolviéndome la ironía -¿Acaso no has leído el capítulo seis de san Mateo?
-En español eso no es un juramento. Tú has aprendido nuestra lengua en los libros, pero los libros no pueden nunca explicar la carga de emoción que llevan las palabras. Por eso dices tantas palabrotas en castellano y te escandalizas por una locución anodina. Pero bueno, dejemos eso ¿no?
-Si quieres. ¿Y cómo explicas que me encuentre tan tranquilo ante un presunto peligro de muerte?
-No sé, vosotros los escandinavos estáis más cerca de Kierkegaard que de Unamuno. - le explicité mi pensamiento - Nunca logré entender a tu celebérrimo compatriota…
-Unamuno lo comprendía bien. Aprendió el danés sólo para poderlo leer en su lengua original.
-Sí, siempre hay quien puede. Pero yo no llego a tanto.
-Pero la verdad es que lo que me da esta tranquilidad no es sólo saber que no corro ningún peligro antes del 14 de Noviembre. No. Se trata de otra gracia que Dios me ha concedido. Quizá sea la gracias más grande que haya concedido jamás a una persona.
-Ahora eres tú quien dice barbaridades teológicas.
-Entiéndeme, o mejor dicho interprétame, señor especialista en hermenéutica. Quiero decir la gracia mayor concedida por el altísimo a un común mortal. De los de a pie, de los que son como tú y como yo.
-Explícate mejor.
-Creo que mi petición será la petición de toda la humanidad del siglo veintiuno. - y después de un momento de reflexión – Sí, por lo menos en Europa. Sólo que la gente no tenemos la valentía de pedir lo que deseamos. Pero (y la primera gracia fue ésa) a mí me fue dado el comprender que era lo que mi corazón anhelaba. Ése es el primer paso para conseguirlo. Si no sabes lo que quieres no puedes suplicarlo en la oración. Y si no puedes pedirlo, jamás lo conseguirás.
-Pero de qué se trata. ¡Venga! Dímelo.
-¿No puedes adivinarlo?
-¿Cómo podría saberlo?
-Muy fácil. Lo tienes delante de ti. Toda la humanidad, por lo menos en Europa, piensa lo mismo. Tú que tienes el confesionario, tienes una excelente ventana al mundo. ¿Qué piensan tus feligreses que es lo más deseable sin atreverse a pedirlo?
-No lo sé. No me juegues a las adivinanzas. En primer lugar Andalucía no es casi Europa, estamos en las postrimerías del mundo civilizado, en África o en América Latina, como quieras. Y además no es verdad que el confesionario sea una ventana al alma de la gente. Quizá lo fuera en el pasado, pero ya no lo es más.
-¡Cuanto he dudado! ¡Cuanto tardé en suplicar a Dios por el mismo Hijo Suyo Jesucristo! - dijo Martin al fin – Al principio me parecía una blasfemia. Después de todo quizá lo sea, pero, como dice Bertrand Russell, toda idea original empieza pareciendo una blasfemia. Así es que después de haber pasado meses pidiendo luces para encarrilar mi oración, al fin me atreví a pedir lo que mi corazón anhelaba, el ideal de tantos corazones en este mundo de hoy. Tú sabes que yo soy profundamente cristiano, luterano y también un poco católico y un poco ortodoxo y un poco todo lo demás, así es que la primera parte de la oración fue, después de tantas dudas, pedir a Dios que conformara siempre, hasta el más mínimo detalle, a su Palabra, mi vida toda hasta el mismísimo instante de mi muerte. Pero luego…- pareció aún dudar Martin Klax.
-Pero luego- le animé.
-Pero una vez muerto, le pedí a Dios, quisiera que todo el mundo respetara mi muerte. Todo el mundo en absoluto, incluido Él ¿Comprendes lo que quiero decir?
-No, no comprendo nada.
-La parte esencial de mi oración fue el pedir a Dios ¿cómo explicarlo? Que me dispensara… no, no es ése el verbo adecuado, que me liberara de la resurrección. Que la vida eterna fuera para mí el aquí y el ahora. Solamente el aquí y el ahora.
-¿Renunciar a la otra vida?
-Tú sabes que nosotros los luteranos de hoy día en general, siguiendo a Cullmann no creemos en la inmortalidad del alma, ese añadido griego a la revelación, sólo en la resurrección de los muertos. En la reforma habíamos ya renunciado a la primera parte de lo que tú llamas “la otra vida”. Yo he pedido a Dios que me dispense de la segunda. Y Él, en su infinita misericordia, me lo ha concedido.

Un silencio largo, pesado, siguió a esta declaración.

* * *
Dos palabras a modo de epílogo:

El día 15 de Diciembre del mismo año a la una de la madrugada, cuando me encontraba dándole los últimos retoques a la “Epistemología del Maestro de Sentencias Pedro Lombardo” sonó el teléfono. Alguien me anunció que, después de un segundo infarto de miocardio, el pastor Martin Klax había muerto. Quizá, contando el tiempo de otro modo, muriera el catorce, que es cuando él lo había predicho. A su alrededor, en España, se extendió la fama de su santidad personal.

Martin Klax pidió a Dios algo que está hoy día en la mente de muchos y que nadie se había atrevido a pedir hasta entonces prefiriendo, en cambio, renunciar a su fe. Antes de volver al maestro de sentencias, me pregunté cómo es que Martin Klax estaba tan seguro de que Dios se lo hubiera concedido.

¿Una religión chata, sin la tercera dimensión sobrenatural o una religión liberada del obscurantismo transnatural? Nunca llegaré a saberlo, me falta la perspectiva histórica.
Jamás dije una misa por el eterno descanso de mi amigo.

Notre Dame du Rossaire, Grolley, Cantón de Friburgo, Suiza.

lunes, 16 de febrero de 2009



Presencia


Percibo en derredor, discreta, Tu Presencia
que empapa el aire.

Respiro tu paz, henchidos los pulmones,
calla la sangre.

Observo la miseria de mia alma
en esta paz tan grande.

Abro mi pobre corazón a tus amores,
mi frente a las caricias de Tu mano,

se hunde mi espíritu en el amor sin fondo
con que el que nunca nadie ni a ninguno ha amado.

De pronto Tu Presencia se vuelve torbellino,
como una llamarada, un fogonazo...

Los pies se descalzan en el suelo,
(el universo todo es un lugar sagrado)

ligero de alma y cuerpo,
la sonrisa en los labios.

Es tu Presencia que llega como el trueno,
como un relámpago.

Que calma, que enamora, que deleita.
Y que llena el espacio.


Barcelona 17 de Febrero de 1992.


jueves, 12 de febrero de 2009



Padre, que estás en el Cielo,

Santificado sea tu Nombre


Estas primeras palabras del padrenuestro están tan analizadas, tan estudiadas, tan profundizadas, que parece imposible escribir nada nuevo sobre ellas, que no haya ya dicho San Cipriano de Cartago, Orígenes, San Agustín o Santa Teresa de Jesús, por no citar más que unos pocos.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los comentarios, por no decir su totalidad, está centrada en lo inaudito, a la vez que en el gozo, de la afirmación de que Dios es nuestro padre, según la revelación de nuestro señor Jesucristo. Como veremos más abajo, puede observarse a lo largo de la historia de la Iglesia una tendencia a poner cada vez más de relieve una paternidad divina concebida, sin duda como un intenso y positivo afecto paternal, pero también como una especie de familiaridad, de igualación de niveles entre Dos y el hombre, acaso coincidiendo con la evolución del concepto de padre, desde un punto de vista más autoritario y desigual, hacia una percepción casi de compañerismo y amistad. Hace dos generaciones, en mi familia se hablaba de usted a los padres, ¡Imaginémonos hace sesenta generaciones! (las que nos separan de los tiempos en los que nuestro Señor dio a sus discípulos el padrenuestro).

Pero hoy quisiera poner de relieve un aspecto diferente, casi opuesto, que me parece importante para contrarrestar esa tendencia que veo clara a lo largo de la historia de la Iglesia. Una tendencia que yo no contesto, que respeto, pero que creo que, por lo menos, conviene explicitar, para que no se vuelva “obligatoria”, inevitable; para que no se pierda la riqueza de otras ideas alternativas e igualmente posibles. Me explico:

Es frecuente (por no decir que es siempre el caso) encontrar en el antiguo testamento (AT) pasajes en los que se subraya el carácter absolutamente trascendente del Nombre de Dios, de su naturaleza fuerte, impetuosa, hasta el punto de considerarlo como algo peligroso, algo de lo que la prudencia nos aconseja mantenernos lejano. Es sabido que el nombre de YHVH no se pronuncia con ligereza entre los judíos, a veces no se dice en absoluto. Los judíos de la dispersión helénica lo llaman el tetragrámaton, para evitar pronunciarlo expresamente; una especie de eufemismo, “las cuatro letras”. Por supuesto en estas cultura el concepto de nombre es muy distinto del que tiene en las nuestras, el nombre no es simplemente una palabra, un sonido o unos trazos, que designan un ser; el nombre revela la naturaleza íntima del ser mismo: nomen hominem, decían los romanos, algo así como que el nombre determina ya al hombre.
Concebido de esta forma, no es de extrañar que el nombre de Dios sea algo sublime, trascendente, santo, terrible incluso, de lo que es mejor tenerse apartado. Santo, decimos, con un concepto de santidad, una vez más, diferente de lo que hoy día se entiende por tal. En efecto, cuando se habla hoy de algo santo, se piensa normalmente en una santidad moral, en una persona buena o de buen comportamiento. Pero el concepto de bondad moral no es aplicable a Dios como nos dice santo Tomás en su Summa Theologiæ, no es ese el sentido que se da en el AT, cuando se dice que el nombre de Dios es santo, se habla aquí de una santidad, por decirlo así, ontológica en la que la naturaleza de lo santo está muy por encima de la simple naturaleza del mortal, que se sitúa en un plano totalmente diverso.

Existen, por supuesto, antecedentes veterotestamentarios de la idea de paternidad en Dios. Recuérdese el salmo (27, 10) que se pregunta: Si mi padre y mi madre me abandonan, Yahvé me acogerá. Este concepto de maternidad, de ultra-maternidad diríamos, es equivalente al de paternidad, pues que en Dios el concepto de sexo o género no es aplicable.

Pero el concepto de paternidad neotestamentario es, de todas formas, algo radicalmente nuevo. Para darse cuenta de la cesura de conceptos implicada, basta leer ese documento admirable, el más antiguo de los no canónicos, de los no incluidos en el NT, que es la Doctrina de los Doce Apóstoles o Didajé. Mucha gente, incluidos algunos celebrantes tratan con cierta superficialidad este texto, parangonándolo a moniciones más o menos piadosas, que improvisan sobre la marcha, mientras que, creemos, el texto se merece otro trato debido a su antigüedad, a su proximidad a la primera generación apostólica de cristianos. El texto es bien conocido: Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir. Parafraseando, podríamos decir: Vamos a tener la osadía de decir lo que sigue (llamar padre a Dios) pero eso es sólo porque Jesús mismo nos lo había mandado y no tenemos más remedio que obedecer a sus divinas enseñanzas.

Todo ello confirma nuestra impresión (y es algo más que una impresión) de que en los alrededores del siglo primero, el llamar padre a Dios era algo inhabitual, chocante, sospechoso de irreverencia e incluso de pecado contra el segundo mandamiento.

La misma cosa puede decirse hablando de la santidad del Nombre de Dios. Volviendo a nuestra exégesis derásica, encontramos las palabras de Isaías: Santo, santo, santo el Señor Dios Sebaoth. E incluso cuando San Jerónimo traduce la Biblia en latín (la Vulgata) no se atreve a traducir la palabra Sebaoth. La Iglesia, en su prudente transcripción litúrgica del texto bíblico nos recomienda: Santo, santo, santo el señor Dios del universo. Esto es claramente una versión edulcorada de Isaías; ya cuando yo era niño decíamos: Santo, santo, santo el Señor Dios de los ejércitos. Pero está claro que, en los albores del siglo XXI esta alusión al ejército es políticamente incorrecta, sobre todo en España y, en consecuencia, la CEE nos propone el texto aludido.

Mas ni siquiera el Señor Dios de los ejércitos sería una traducción adecuada, recordemos la actitud de San Jerónimo, excelente conocedor de las lenguas bíblicas. En el AT los ejércitos de Israel no son sólo los ejércitos del Señor, son la mano misma de YHVH, recuérdense aquellos salmos: los carros del YHVH son miles y miles (salmo 68,18) o este otro: porque no fue su espada la que les dio la victoria, sino la luz de tu rostro, porque Tú los amabas. Según mi modesto entender, habría que traducir por algo así como Señor del exterminio. Recuérdese la razón por la que al rey Saúl le fue retirado el apoyo del YHVH: no entregó al exterminio al enemigo con su ejército (1Sam capítulo 13), es decir a la muerte pura y simple de todos los varones hombres y animales. Naturalmente, esta transcripción sería totalmente inaceptable para la liturgia.

Además de las versiones litúrgicas descafeinadas de los textos bíblicos, asistimos incluso a una supresión pura y simple de muchos pasajes de indudable valor bíblico, realizados en su mayor parte bajo la autoridad de Pablo VI, sobre todo al traducir el oficio del latín a las lenguas vernáculas.

Y no se trata solamente de aquellos textos en los que se hiere nuestra sensibilidad moderna, los que hacen alusión a niños estrellados contra las peñas (salmo 137, 9), sino a la desaparición pura y simple de aquel maravilloso versículo contenido en la versión latina del oficio: Sanctus et terribilem nomen eius, printipium sapientiæ timor Domini, su Nombre es santo y terrible, el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Dejémoslo así, la latina sapientia no es la española sabiduría, es algo más, la sensatez, el buen sentido…

Incluso en la traducción oficial de la CEE del Magníficat se nos da una versión edulcorada del texto, traduciendo et misericordia eius de progenie in progenie timentibus eum, por como lo había prometido a nuestros padres de generación en generación. El timentibus eum ha desaparecido sin dejar rastro. La misericordia se da ahora a todos y no a los que le temen como nos señala san Lucas.

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A mi modesto entender, urge una revalorización, un recuerdo al menos, del hecho de que el Nombre de Dios sea santificado, en el sentido primigenio de la palabra, primera petición de padrenuestro. Urge hacer una lectura integral, completa, sin dejarse influenciar por la moda, por lo políticamente correcto. Si en nuestra oración acogemos a Dios como padre, acojamos también el hecho de que él está en el cielo y nosotros en la tierra. Como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros (salmo103, 11).

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 3-Feb.-MMIX



Id y aprended lo que significa :
Misericordia quiero, no Sacrificios

En el nuevo testamento (NT) se encuentran muy a menudo diversos pasajes con una significación profunda parecida a la que nos sirve de título, pero también en el AT se encuentran alusiones a la misma idea y, en realidad, la cita del NT no es sino una referencia indirecta al AT (Os 6.6). Se trata pues de una característica propia del espíritu profético del monoteísmo, como nos aprestamos a ilustrar.

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Todos los intérpretes de la Biblia son acordes en determinar la vocación de los patriarcas, y en particular la de Abrahán como el principio de la acción salvadora de Dios a favor de la raza humana. Los patriarcas son la etapa de la promesa, un pueblo grande surgirá de ellos y a ese futuro pueblo Dios dará una tierra. Pero para multiplicar la descendencia de Abrahán y crear un pueblo, hace falta tiempo, y de esta manera, la promesa queda como entre paréntesis durante algunos siglos. Desgraciadamente, y dado lo olvidadizos que los humanos tenemos tendencia a ser, cuando al fin existe un pueblo, con el que el Señor pueda firmar una alianza, el recuerdo de la promesa es ya un tanto vago. No es más el tiempo de patriarcas a los que se promete un futuro esplendente, sino tiempo de profetas, que hablarán en nombre de Dios indicando el camino a seguir hasta conquistar la tierra prometida y, sobre todo, los términos de la alianza entre Dios y su pueblo y, entre ellos, el más grande, aquel que, según la Biblia, no fue nunca más emulado por profeta alguno: Moisés.

Y así, entre Dios y el pueblo escogido, con Moisés como intermediario, se inicia una relación, un pacto, un acuerdo: una alianza.

Esta alianza consta de unos pocos puntos esenciales, que se pueden incluso escribir en una única tabla de piedra (los tres primeros mandamientos) y una pléyade de otras cuestiones más comunes con los pueblos que rodean a Israel, y por ende, menos características, menos propias de lo que Dios pide exclusivamente a este pueblo y que luego pedirá a toda la humanidad. Porque la mayoría de los términos son comunes a las etnias de la región. Pero el que haya un solo Dios que adorar en Israel, que haya que reverenciarlo hasta el punto de no hacerse imágenes del mismo y cuyo nombre apenas pueda ser pronunciado, y que haya un sábado que respetar, son tres elementos determinantes de una alianza única en la historia del género humano. Honrar a los padres, no matar, no cometer adulterio y no robar, no desear los bienes del prójimo: ni su casa, ni su asno, ni su mujer… etc. son verdades que, hablando con propiedad, no son características de la alianza, pues que todos los pueblos colindantes conocen, desde unos pocos milenios antes, códigos con el mismo o similar contenido.

Esta alianza, en lo esencial tan simple, no es suficiente para determinar el comportamiento del hombre religioso en el día a día de un pueblo tan numeroso. Como el génesis nos informa, se hace necesario enseguida nombrar jueces de diez, de ciento y de mil para juzgar los problemas cotidianos, es decir se hace necesario crear poco a poco una inevitable superestructura, que irá creciendo paulatinamente, rica de normas, preceptos y prohibiciones más o menos puntillosos, no siempre imprescindibles pero de desarrollo inevitable, que acaba por hacer difícil el discernir qué es lo esencial y qué lo accesorio de la alianza con Dios después de unos siglos.

Según los evangelios, una de las características propias de la enseñanza de Jesús de Nazaret es la deconstrucción de toda esta superestructura que con los años ha resultado ser un lastre en vez de un símbolo de la alianza.

El concepto de deconstrucción fue creado por el filósofo francés Jacques Derrida para describir el proceso seguido por Descartes, descrito en la Primera Meditación de dicho autor; proceso que se caracteriza por poner en tela de juicio todas las “certezas” recibidas durante una educación dominada por una tradición no demasiado crítica. Según el filósofo francés todo, absolutamente todo, fue puesto en tela de juicio para poder estar absolutamente seguro de la solidez de las conclusiones a las cuales se habría de llegar, después de la tarea de deconstrucción descrita. Ya Wittgenstein puso de relieve como la crítica cartesiana no puso ni mucho menos en duda todo lo que el filósofo de La Haye había recibido y Anthony Kenny pone de relieve como la última obra de Wittgenstein (Sobre la Certeza) demuestra sin la menor sombra de duda, que no todo puede ponerse en tela de juicio, pues que para dudar de algo es necesario basarse, apoyarse en alguna certeza, y en este caso, aquello de lo que el filósofo no sospechó en dudar, fue la validez del lenguaje. Poner en tela de juicio todo absolutamente es un contrasentido, no es una deconstrucción sino una simple destrucción.

Es evidente que muchas de las palabras del evangelio son una deconstrucción de una u otra superestructura del judaísmo farisaico, esclavo de ‘las tradiciones de los padres’ que preferían ciertamente el sacrificio externo al amor de Dios, hasta el extremo de que se daba el mismo valor a detalles de la superestructura añadida con el tiempo, como ciertas abluciones en momentos precisos, que a lo esencial de la alianza entre Dios y su pueblo. Los ejemplos que ilustran esta afirmación abundan:

La cita que nos sirve de título se encuentra en dos pasajes del evangelio de Mateo. La primera ‘misericordia quiero y no sacrificios’ (Mt 9,13) se completa con la segunda ‘conocimiento de Dios más que holocaustos’ (Mt 12,7) puesto que ambas forman la cita original de Oseas, con la variante de que en vez de ‘misericordia’ el profeta de los trabajadores dice más bien ‘amor’ en un sentido que parece ser algo así como amor misericordioso. Pero en Mateo encontramos un sinfín de citas de este tipo, lo que haría fastidioso enumerarlas exhaustivamente, citemos sólo (Mt 7,21) ‘No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino, sino aquel que cumpla la voluntad de mi padre…’ lo cual está en línea con la cita inicial y que podría ser completada con todos aquellos pasajes que comienzan con ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos…’ y que se completan con el ‘…pero yo os digo…’. En Lucas encontramos también muchas alusiones a la misma idea. Una pequeña muestra muy gráfica sin embargo: ‘…nadie rasga un manto nuevo para poner un remiendo a uno viejo…’. Igualmente en Juan, un evangelio poco propicio a esta clase de reflexiones: ‘…llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre… los que e le dan culto lo han de hacer en espíritu y en verdad.’ (Jn 5,36)

Nótese que, como dice un estudioso del AT, José Luís Sicre s.i., los sacrificios y holocaustos no son parte de la alianza primitiva, pues que la generación que suscribió dicha alianza era todavía un pueblo nómada o seminómada en el desierto, no un pueblo agrícola asentado en la tierra prometida, el único para el que resulta posible e imaginable el sacrificio cruento de sus animales.

Pero el campeón de la deconstrucción del judaísmo farisaico, de la ‘Ley’ como él lo llama, es sin duda san Pablo, el apóstol de los gentiles, surgido él mismo de la filas del judaísmo y fariseo.

En este caso, es totalmente imposible hacer una lista exhaustiva de las citas en la que el apóstol deconstruye el judaísmo, sería necesario reproducir la práctica totalidad de su obra. Citemos acaso como muestra un pasaje de la carta a los Gálatas en la que Pablo caracteriza la actitud de los que se aferran a las minucias de la tradición en un modo particularmente duro: ‘La ley me ha dado muerte’ (Gal 2.19) dice. Y cuando, en la misma carta, cuenta lo que los apóstoles considerados como las columnas de la naciente iglesia le han impuesto como única carga dice: ‘…una sola cosa me pidieron, y es que me acordara de sus pobres, y esto lo he tomado muy a pecho.’ (Gal 2.10).

Por supuesto, una vez más, a penas terminada esta deconstrucción, se inicia una nueva construcción de superestructura distinta, es verdad, de la anterior, pero no por ello menos ajena al núcleo fundamental de la verdad proclamada por Jesucristo en la nueva alianza.

Y también una vez más, se dan en la historia de la iglesia periódicas deconstrucciones, más o menos parciales, de superestructuras que envejecen con el tiempo. Las verdades fundamentales no envejecen, pero la tentación farisaica de confundir el núcleo esencial con la superestructura es algo perenne en la historia de cualquier sociedad, incluida la de la iglesia. Es el fenómeno que nosotros llamamos ‘efecto de halo’ porque extiende el brillo de la trascendencia y de la verdad inalterable más allá de lo verdaderamente esencial hacia lo secundario y que se observa en la evolución de, entre otras, las sociedades revolucionarias una vez pasado el entusiasmo primigenio, por necesidades inevitables de un funcionamiento ordenado de una sociedad amplia, no restringida al núcleo inicial y restringido de los primeros adeptos.

Se trata justamente del papel del profetismo, que nos recuerda constantemente que es necesario deconstruir las superestructuras si no queremos esclerotizar el conjunto. La cita de Jesús es precisamente de alguien que quiere volver a lo esencial, la del profeta Oseas, con lo que implícitamente asume nuestro salvador que alguien había ya señalado esta necesidad.

No es aquí el caso de interpretar toda la historia de la iglesia en base a esta clave. Podríamos citar el caso del franciscanismo, surgido como una llamada de atención al retorno al espíritu de pobreza, la primera de las bienaventuranzas, que suponemos que Mateo comprendió como la más importante de las mismas al ponerla en cabeza. Se trata, pues de una deconstrucción parcial, algo que se refiere solamente a un aspecto aunque esencial del cristianismo: el espíritu de pobreza fundamentalmente. La deconstrucción franciscana implica ciertamente otros puntos, pero no todos, y el citado es ciertamente el más importante.

Más radical es, por supuesto, la deconstrucción de la reforma en el renacimiento. Lutero en Alemania, Calvino, Zwingli y Vadian en Suiza, junto con tantos otros, realizaron una necesaria deconstrucción de elementos superestructurales añadidos, a menudo en el medioevo, y que era necesario suprimir por haber quedado obsoletos en el renacimiento. En opinión de muchos, los reformadores tiraron el bebé con el agua del baño, como suele decirse, podando parte de lo esencial al querer recortar lo accesorio, pero su acción nos sirve aquí para ilustrar esta actitud decontructiva necesaria, como lo demuestra el caso de que la misma jerarquía eclesiástica realizó su propia deconstrucción, más moderada ésta que aquella, con el nombre de contrareforma.

En nuestros días, el concilio Vaticano II, un ‘aggiornamento’, una puesta al día en palabras del papa Pablo VI, es indudablemente una ‘poda’ de aspectos superestructurales de la práctica católica; deconstrucción ciertamente, insuficiente para algunos, excesiva para otros.

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A mi modesto entender, nos es necesaria en la iglesia una constante actitud de vigilancia de deconstrucción, razonable pero tenaz, que, podando superestructuras ya innecesarias heredadas de tiempos pasados, en los que quizá fueron útiles, nos den una mejor imagen de lo esencial, que es imperecedero; y a aquellos que no tenemos capacidad alguna de construcción ni deconstrucción, nos es necesaria la misma constante actitud de discernimiento, para que prefiramos siempre la misericordia al sacrificio.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez
Granada, 10 de febrero de 2009