jueves, 18 de febrero de 2010


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Obediencia:

La “Petite Église” del P. Caffarel

Aunque ocurrió hace bastante más de medio siglo, lo recuerdo perfectamente: un joven jesuita hacía una confidencia a mi padre y ya se sabe: nadie se ocupa en esos casos de los niños que escuchan, pensando que no entienden y no se dan cuenta, pero yo escuchaba, sí, escuchaba y me daba cuenta de lo que decían, tanto es así que he meditado aquellas palabras durante bastantes años.

Preguntaba mi padre hasta qué punto era difícil vivir plenamente los consejos evangélicos y el padre X respondía: la pobreza es lo más fácil; de hecho vivir el espíritu de pobreza no es un sacrificio sino una liberación. Nada tengo como propio, y por consiguiente no me preocupa perder nada; y por no poseer nada, tampoco tengo preocupaciones materiales, vivo como si los problemas que acucian a tanta gente no existieran para mí. En cuanto a la castidad, basta con hacerse a la idea, tampoco me crea ningún problema. Pero en lo que se refiere a la obediencia…

En un extraño pasaje, extraño para mí, que soy lego en estas cosas, el autor de la carta a los hebreos dice que el Hijo aprendió a obedecer con lo que sufrió (Hb. 5,8) Yo diría más bien que nosotros, en situación diferente, habríamos de aprender recíprocamente a sufrir en la obediencia, maestra universal. Para Jean Guitton, filósofo católico francés contemporáneo, la piedra de toque de la Iglesia Católica es precisamente la obediencia, lo que la distingue de las demás confesiones cristianas y lo que la homologa como la auténtica poseedora y destinataria del Espíritu del Hijo. Confiesa en el lecho de muerte, donde nadie puede mentir, que la obediencia en la Iglesia Católica, fue la razón suprema que lo hizo adherirse a ella. Si el Hijo aprendió incluso sufriendo a obedecer ¿cómo podría ser la Iglesia de otra manera?

Naturalmente, este lenguaje no es, hoy día, políticamente correcto; la obediencia no está de moda y, como dice un sacerdote amigo mío que no nombraré, …hoy en los conventos la castidad es compartida, la pobreza remunerada y la obediencia dialogada. Claro está que este espíritu, o por mejor decir esta falta de espíritu, no es reciente. También recuerdo en mi infancia haber oído decir a un fraile dominico: …mi peor enemigo es el superior sea quien fuere ¿Qué mejor expresión para definir la dificultad de la obediencia?

Hasta hace no muchos años, Suiza, respetuosísima siempre con los derechos humanos, no había firmado la Declaración Universal de los mismos por haber declarado ilegal en sus cantones a la Compañía de Jesús. ¿Qué perfidia achacaba la civilizadísima Confederación Helvética a los jesuitas? Simplemente el hecho de la obediencia; para ellos una obediencia estricta a sus superiores, empezando por el Papa es algo inaceptable, una forma de perversión moral, como si la obediencia fuera una especie de burka intelectual que aplastara lo más profundo de la personalidad misma. Y téngase bien presente, porque esto es esencial, que lo que les molesta no es el hecho de que se exija una obediencia, sino el hecho de que se dé la obediencia misma, lo cual es muy diferente. Les repugna, más que una supuesta tiranía en la que ya nadie cree, el hecho mismo de obedecer como si de una prostitución moral se tratase.

El padre Michel Quoist, a pesar de ser cerca de 20 años más joven, empezó como el padre Caffarel ocupándose de la pastoral obrera de la HOAC e invirtiendo sus fuerzas luego en promover la espiritualidad de la pareja. En uno de sus libros de espiritualidad actualizada al s. XX, habla abundantemente de la pobreza, de la que S. Marcos en su versión de las bienaventuranzas, hace la primera de ellas; no el espíritu de pobreza como en S. Mateo, sino la pobreza misma. Para Michel Quoist la pobreza va bastante más allá de esa indigencia en la que pensamos todos ingenuamente al leer los evangelios y que podríamos llamar “dineraria”. Para el padre Quoist, …cuantos más centímetros cúbicos haya en el motor de tu coche, cuantos más libros en tu biblioteca, cuantas más opiniones en tu mente, cuantos más objetivos en tu voluntad, cuantas más pretensiones en tu actitud, más lejos estás de la pobreza evangélica (Réussir, les Éditions Ouvrières 1961). Es evidente que, entendida así, la obediencia tiene mucho que ver con la pobreza, con la primera de las enseñanzas del Sermón de la Montaña, como se le ha dado en llamar.

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Después de todo lo expuesto, me parece evidente que, cuando el padre Caffarel nos pide como ideal de la pareja une petite Église, una pequeña Iglesia, de una manera o de otra la obediencia debe encontrarse, por muy poco actual que la idea parezca, dentro de nuestras familias. El problema es ¿cómo?

Pienso que, independientemente de la ironía citada más arriba, la obediencia razonada, dialogada, es la respuesta a esta pregunta. Pero ¡Ojo! No usemos el adjetivo como un medio para diluir el sustantivo. Quiero decir no hagamos lo mismo que esos países que se llaman República Social, Democrática, Popular y etc. Y que al final son todo menos una república. Practiquémosla dialogada, razonada, razonable y todo lo que queramos, pero no olvidemos que lo esencial es que se trate de obediencia, siempre en el espíritu de pobreza, como nos lo enseña el padre Michel Quoist y que yo traduciría por algo así como pobreza de opinión y pretensiones. Dialogada sí, pero más en la escucha que en la palabra.

Para mí es imposible explicar la extraordinaria fecundidad de esta idea, obediencia en el seno de la pareja, de un modo puramente verbal; es necesario acudir a la experiencia personal de quien ha pasado por ahí. Y lejos de mí decir con esto que mi vida sea un dechado de obediencia, porque en este terreno por lo menos, la experiencia negativa es tan válida, quizá más, que la positiva. Un sincero examen de conciencia desprovisto de complejos narcisistas puede hacernos ver cuantos fracasos, pequeños y no tan pequeños, cuantas ocasiones fallidas, cuantas veces hemos dicho ¡Lástima! Por falta de obediencia en nuestras vidas de pareja.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 17-Febrero-MMX

¿Ha dicho usted “Felices Pascuas”?


- ¡Felices Pascuas! ¡¡Felices Pascuas!!

- Perdone, ¿Ha dicho usted “Felices Pascuas”, ahora, en Navidad?

Esta observación, nacida de un pequeño asombro que nos proponemos explicar más abajo, está perfectamente justificada, porque dicha felicitación de Navidad puede no hacer estrictamente referencia a las “Pascuas”.

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Para aquellos que hemos vivido muchos años en el extranjero, resulta, en efecto, un tanto chocante que la tradición española (que por cierto va dejando el paso a un lenguaje más estandardizado, más “europeo”, menos idiosincrático) llame “Pascuas” a las Navidades.

Aparte de la felicitación, es corriente en España designar con el nombre de “dulces pascueros” el turrón, los mantecados, los polvorones y demás golosinerías consumidas en el tiempo navideño. Por supuesto la Real Academia de la lengua acoge también en su diccionario el adjetivo “pascuero”, definiéndolo como algo en relación con la Navidad y otras fiestas. Pero la Academia no inventa términos sino que se limita a cumplir su lema «Limpia, fija y da esplendor»; así es que el sustantivo “pascuero”, que designa un arbusto que florece con hojas de un precioso color rojo en el tiempo de Navidad en el hemisferio norte, es un término no inventado por la Real Academia, sino por los que hacen verdaderamente la lengua, es decir por los que la usan, nosotros.

Es sabido: la palabra Pascua procede del hebreo a través del griego y del latín y significa originalmente “el paso”, con referencia al paso de los judíos por el mar Rojo, según nos cuenta el Éxodo, después del exterminio de los primogénitos egipcios; historia que quizá haya que tomar con las consabidas precauciones cuando se trata del Antiguo Testamento.

De todas formas, el término castellano ha perdido la conexión semántica (si no etimológica) con la pascua de los israelitas, e incluso con aquella otra Pascua (celebrada, eso sí, el día de la preparación de la pascua judía, de la que toma el nombre) en la que Cristo, nuestra salvación fue inmolado por nuestros pecados y para nuestra salvación. Es la fiesta esencial de nuestra fe, sin ella no hay cristianismo.

Justamente entonces ¿por qué llamar Pascua a la Navidad?

Confieso humildemente no tener ni idea del proceso histórico-lingüístico que llevó a un cambio de sentido tan importante de esta palabra. Cambio lo bastante radical como para que en mi catecismo hablara de “Pascua Florida” cuando se refería a la que originariamente (y en otros idiomas exclusivamente se refiere) al sacrificio de la cruz y a la resurrección, añadiendo ese postizo de adjetivo porque ocurre precisamente en la estación florida.

Sin embargo, y a pesar de no ser teólogo, se me ocurre que el hecho de la encarnación y del nacimiento de Jesús viene a ser algo absolutamente primordial en nuestra fe. Sé que muchos teólogos, con sus discusiones, tan alejadas a veces de la vida de todos los días que hacen aparecer bizantinas muchas de sus discusiones a nosotros los ignorantes en estas materias, han pasado siglos y siglos devanando el problema de si la kénosis no era suficiente para nuestra salvación, sino que se requería además la muerte cruenta y humillante de la cruz, en aras de la salvación de nuestros pecados. Dejemos a los especialistas en sus profundas investigaciones.

Lo que a mí, cristiano de a pie, me parece es que el hecho de la Encarnación es la muestra de la infinita solidaridad de Dios con el hombre pecador; si se me permite un lenguaje coloquial en asunto tan serio, yo diría que la kénosis implica una actitud divina de entrega total, algo así como “aquí me tenéis para lo que haga falta, haced de mí lo que os parezca oportuno”. O, más seriamente, como dice el documento a los hebreos (sin entender de eso, no me parece que sea una carta) “…aquí estoy yo, como está escrito en el libro, para hacer tu voluntad…” mi particular percepción (acaso equivocada) es de que la voluntad que nuestro Señor vino a cumplir era, cierto, la de su Padre, principal y fundamentalmente, pero también, como consecuencia, la de la humanidad entera, fuera la que fuese, y ya sabemos la que fue.

Después de esa actitud, especie de “hágase en mí según vuestra voluntad”, realización del sacrificio supremo, la flagelación, la corona de espinas, la befa y la cruz son un corolario inevitable de la actitud primordial expuesta, sabiendo con que agresividad reaccionamos los humanos con quienes no piensan como nosotros, tanto en aquella época como en ésta.

Los que estamos convencidos de los méritos de la filosofía analítica que, más que estudiar el mundo directamente, estudia el lenguaje que usamos para describirlo, no podemos sino admirar la formidable intuición de las gentes de España. Intuición que se demuestra por el hecho de un cambio importante de significado en una palabra tan sensible.

Como conclusión y consecuencia de lo dicho, me gusta que se diga en español “Felices Pascuas” en tiempo de Navidad a diferencia de otros idiomas. Y me gusta porque, como he intentado explicar, la cruz está implícita en la kénosis, en la Encarnación, en el Nacimiento, según lo intuido por aquellos que hicieron nuestra lengua.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 10-Febrero-MMX