martes, 7 de junio de 2011

en Elogio de la Mariolatría

Nuestra Señora de los Equipos

(en elogio de la mariolatría)

de Julio Moreno-Dávila Hernández

Granada 4 de Junio del 2011

Más de cincuenta mil entradas encontramos en Google si buscamos este término que, después de todo, es un término técnico, probablemente desconocido por la mayoría de la gente religiosa sencilla.

Es cierto que la gran mayoría de las entradas son de protestante furiosos contra los católicos por dar, según ellos lo entienden, culto divino a María la madre de Jesús. El resto, son católicos que recalcan las declaraciones oficiales de la jerarquía exponiendo una y otra vez que el culto de latría es solamente ofrecido a Dios en la Iglesia Católica y que el culto ofrecido a la madre de Jesús de Nazaret es solamente un culto que llaman de dulía o, si acaso, de hiperdulía o protodulía, palabras estas que, o mucho me equivoco, o fueron inventadas para resolver precisamente este problema, aunque en realidad no sé, no soy teólogo.

Lo que sí llama la atención a alguien, precisamente ajeno a campo de la teología, es que no es fácil encontrar estudios que intenten siquiera (no digo que consigan) demostrar mínimamente lo que afirman en este terreno. Personalmente no me consideraba yo antes (quiero decir antes de descubrir las ideas que voy a exponer) no me consideraba yo, decía, muy mariano; había algo que hería mi sensibilidad religiosa al observar el tipo de culto, sobre todo popular, dado a la que popularmente se conoce en mi tierra por “La Virgen”.

No era yo solo, católico de a pie, el único en reaccionar así. Recuerdo que en el libro “Apologia pro vita sua” el recientemente beatificado cardenal John Henry Newman contaba como, bastante antes de su conversión al catolicismo, empezó a practicar el rezo de las horas según el breviario romano, excluyendo por supuesto el oficio de la BMV, que repugnaba a su formación y a su intuición religiosas.

Aparte de este argumento de autoridad, puramente subjetivo como todos los argumentos de autoridad, recuerdo haber leído precisamente en uno de los textos del oficio de lectura (no logro recordar en qué día) un pasaje de S. Bernardo en la que, con otras palabras desde luego, llega a decir que la dignidad de Jesucristo procede de la dignidad de su excelsa madre. Sin ser teólogo, repito, semejantes afirmaciones me dejan un poco perplejo.

Lo mismo puede decirse de una serie de afirmaciones en el libro de S. Alfonso Maria de Liguori “Le Glorie di Maria”.

Naturalmente, para decidir esta cuestión habría que tomar en cuenta tres factores: 1: la posición oficial de la Iglesia, 2: la literatura técnica mariológica y 3: la piedad popular y sus expresiones.

Con respecto a esta última consideración, la piedad popular y sus expresiones, debo decir que me había siempre dejado perplejo un hecho incontestable. Lo que no se me ocurrió hasta ahora fue pensar que una dificultad puede servir para explicar otra; y eso es exactamente lo que ha ocurrido. Esta nueva perplejidad está basada en el anacronismo y en la incoherencia. Me explico con un ejemplo (más adelante daré otro): en el altar mayor de mi parroquia hay un magnífico medallón de grandes dimensiones y buena calidad artística en la que representa el misterio de la anunciación. En la imagen, como en tantas otras, la Virgen María, de rodillas sobre un reclinatorio, tiene entre las manos un libro de oraciones.

Como ha escrito Joseph Ratzinger en su libro sobre la liturgia, la oración de rodillas es una costumbre relativamente reciente de la Iglesia católica: primer anacronismo. Mucho más grave es poner en manos de una doncella, prometida a un simple artesano en el siglo primero, un libro. No un rollo escrito en columnas como los que se utilizaban en la época, sino un libro tal y como se encuentran hoy en los estantes de nuestras librerías. Naturalmente, este anacronismo, no es ni siquiera comparable al hecho de que una muchacha con la condición sociocultural descrita, no fuese analfabeta en aquella época.

Todo ello encuentra su paroxismo, si puedo expresarme así, en mi Andalucía natal con sus Macarenas y otras imágenes absolutamente fuera de lo que la realidad histórica pudo ofrecernos en su día. Pero precisamente ahí, como he dicho más arriba se encontraba la solución del problema, solución que había escapado a mi vista durante tantos años.

El problema, para mí, era: El culto dado a la madre de Jesús ¿es mariolatría o no es mariolatría? Algo que me inquietaba en mi interior.

Un problema mal planteado es, por supuesto, un problema imposible de resolver. Así es que la solución vino cuando cambió el planteamiento.

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La reciente desaparición Raimon Panikkar me hizo reencontrarme con este autor que había conocido muchos años atrás. En su tratado sobre la trinidad, Raimon Panikkar afirma que el conflicto monoteísmo – politeísmo es simplemente un malentendido, debido a la diferente interpretación del sufijo –teísmo entre las dos posturas.

Para Panikkar, la primera y más importante diferencia taxonómica entre religiones es la de la trinidad, objeto de su estudio. Por ejemplo, el catolicismo y el hinduismo son, según él, religiones trinitarias; el judaísmo y el islam son no-trinitarias.

Este concepto trinitario está, siempre según el autor referido, muy ligado al de religión icónica y anicónica. Cristo es – lo subraya Panikkar – “…imagen del Dios invisible…” según S. Pablo y esta imagen, este icono, es absolutamente necesario para constituir una religión, es decir, un enlace entre una imagen humana y lo divino, lo numénico; una re-ligión.

Esta dificultad de lo que Panikkar llama religiones anicónicas está ya presente en S. Alselmo, que se pregunta como es posible orar ante un Dios inmutable: “Quomodo sit sensibilis ut non sit corpus?” Pregunta el doctor Magnificus.

Esto hace recordar esta aversión antitrinitaria, antiicónica, que se observa generalmente en el islam. Un ejemplo, no de los menores, puede leerse en “La Sabiduría de los Profetas” del teólogo murciano Ibn Arabi, obra en la que al hablar de Jesús, reconoce su concepción virginal, por obra del “Espíritu Santo” (no sé lo que el autor islamista entiende por esa expresión) pero se niega con fuerza a reconocer en él al Hijo, la imagen del Dios invisible, según la expresión ya citada de S. Pablo. Esta resistencia, esta furia casi atiicónica queda clara en el capítulo de la obra citada.

A mi juicio, (Raimon Panikkar no hace alusión alguna a este problema) la posibilidad de mostrar el rostro humano de Dios, resulta ligeramente contradictoria ¿Cómo puede expresarse Dios, ser fuera de las categorías masculino – femenino, en un rostro humano que necesariamente, por su propia naturaleza ha de ser masculino o femenino?

Alzo los ojos a la imagen de “la Virgen” de la Iglesia en la que me encuentro y veo una imagen típica andaluza. Una falda de brocado costosísimo, entreverada de perlas; un manto de terciopelo de no menor valor bordado en metales preciosos, plata y oro; un tocado en lino finísimo con bordados de gran valor; joyas de todo tipo: perlas, brillantes, esmeraldas, rubíes; y me pregunto: ¿Es esta una representación de María la madre de Jesús, prometida a un pobre artesano galileo del siglo primero? Ciertamente no.

Y entonces, recordando las enseñanzas del gran místico y erudito Raimon Panikkar me pregunto: ¿No será esta la representación icónica del lado femenino de la divinidad? Esa que es tan necesaria para completar un verdadero rostro humano de lo numénico?

martes, 30 de noviembre de 2010

Un viaje hacia la luz (sueño)

No sé si a vosotros os ha ocurrido, a mí muchas veces. Me duermo con una preocupación importante en la cabeza, algo que me ha tenido bastante tiempo pensando en busca de una solución, sin que pueda alcanzarla, y por la mañana al despertar ¡zas! me encuentro, sin ningún esfuerzo por mi parte, con la ansiada solución, que veo clara y limpia como si le hubiera dedicado el mejor de mis esfuerzos.

Pues bien, el otro día, en una reunión de ambiente íntimo y familiar, un contertulio (digámoslo así), más o menos cristiano y algo irreverente, dijo ante toda la reunión que “no le sonaba nada el cuento del purgatorio”. Así lo dijo, y añadió: “Eso de que Dios me diga: Has sido bueno, pero como no has sido perfecto, voy a hacerte sufrir y a fastidiarte por un tiempo, antes de darte el premio.”

Tengo que reconocer que, dicho de este modo, me pareció que el contertulio llevaba algo de razón, que la idea misma del purgatorio me sonaba a una aberración inaceptable, incompatible con el Dios del evangelio; pero en mi interior algo se rebelaba contra este concepto de Dios, del castigo, del premio y todo lo demás. De todas maneras, y a pesar de darle vueltas y más vueltas no encontraba la solución del problema, en el que durante varios días no dejé de pensar. Pero hoy, en medio de una especie de paraíso, en el Cabo de Gata, me desperté después de una noche de sueño profundo, con la certeza de haber soñado la solución del problema. Bueno, ya sabéis como son los sueños, en ese mundo no hay razonamientos ni elucubraciones, sólo imágenes. Yo solo espero que podáis comprender la relación entre el problema y su solución onírica.

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Me retorcía en mi cama en medio de unos dolores insoportables, todo el cuerpo era una pura llaga, pero lo peor era la sensación de náusea, de mareo, de pérdida de mi posición, de no saber más donde se encontraba el arriba y el abajo, ni la proporción del propio cuerpo. Un sufrimiento indecible.

De repente todo cesó, justo como cuando en un “fortíssimo” el director de orquesta hace un gesto y todos los instrumentos enmudecen repentina y conjuntamente. Ante mí se abría un túnel en penumbra, al final del cual había un luz deslumbradora. Andando, lentamente pero si temor, por el túnel, llegué al final del mismo sólo para ser envuelto en la luz que no tenía nada de común con las luces que vemos cuando estamos despiertos, una luz al tiempo blanca purísima y llena de color e incluso de sonidos musicales. Supongo que estoy diciendo cosas absurdas, eso es lo que ocurre cuando pretende uno describir algo indecible.

Cuando me hube acostumbrado a la luz, pude percibir, no inmediatamente desde luego, una figura como humana, no demasiado alta, como la de una muchacha muy linda que me sonreía agradablemente. Su cara no me decía nada, pero mirándola mejor, descubrí que había algo en su porte, en su rostro que me resultaba extraño. Me aproximé y descubrí lo que me intrigaba: su rostro no era ni masculino ni femenino, o por lo menos yo tenía muchísima dificultad en poderlo clasificar. Nosotros los humanos tenemos una necesidad absoluta, cuando se trata de una persona, de verla como hombre o como mujer, pero en aquella figura era absolutamente imposible el decidirse, parecía estar a mitad de camino entre los dos. Aproximándome a él (o a ella, no sé) me dijo con una voz melodiosa pero firme:

“Ya en otros tiempos mucha gente perdió el tiempo discutiendo sobre el sexo de los ángeles.”
Así es que eso era, de eso se trataba, estaba en presencia de un ángel, no de un ser humano, estaba delante de quien no es por naturaleza ni masculino ni femenino. Y que, además, me había respondido sin ni siquiera haber yo formulado mi pregunta.

“Y tú ¿quién eres?” le pregunté para certificar su respuesta.
“Yo me llamo Ángel, yo soy tu ángel. He estado a tu lado durante toda tu vida y ahora que acabas de morir, tengo que acompañarte en este, para ti nuevo mundo.”
“¿Mi ángel de la guarda? ¿Eres verdaderamente mi ángel de la guarda? A ti te tengo guardados yo un par de reproches.”
“Comprendo fácilmente” prosiguió el ángel respondiendo a mis pensamientos “que te defraudara el hecho de que tú me decías muchas cosas, más de pequeño que de mayor, pero en fin, muchas cosas; te desesperaba, digo que yo no te contestara. Pero eso era, no porque yo no hablara claro y fuerte, sino porque tú no sabías escuchar.” Prosiguió el ángel como siempre, respondiendo a la pregunta que tenía preparada pero que yo no había llegado a formular.
“Recuerdo una vez en Almuñécar” le contesté “después de haber compartido contigo tantas preocupaciones, me exasperaba tu silencio, el hecho de que yo hablara tanto y tú no dijeras nada”
“Yo escuchaba, eso tiene más valor que el hablar; pero al final te dije, vaya si hablé ¿no recuerdas?”
De repente caí en la cuenta de lo que había ocurrido; no es que lo hubiera olvidado, sino que no relacionaba lo que pasó después con lo que había ocurrido antes.
“Sí, ya recuerdo que fuiste tú”
“Y ¿quién si no?”

Empecé a cogerle el gusto a hablar con un ángel, con uno que responde siempre a lo que te preguntas, sin tener que dar explicaciones, a veces farragosas. Pero como me imagino que el lector carece de semejante capacidad, le explicaré lo ocurrido.

Era una tarde magnífica, con un cielo azul, salpicado de nubes blancas, con una temperatura ideal, y sin embargo mi alma estaba abatida y desanimada, un cúmulo de dificultades insuperables (o así al menos lo creía yo entonces) me amargaban la existencia. Entonces di rienda suelta a mi voz y, entre algún gemido si bien recuerdo, le expuse todos mis males a Ángel que, como no podía por ser menos, escuchó sin decir palabra. Aquello me alivió, me hizo sentirme mejor.

Al salir a la calle, descargado ya de mis penas, empecé a sentir un rencor sordo contra mi ángel que, si bien es verdad había escuchado en silencio, no había respondido nada ¿que otra cosa podía hacer él? Me irritaba, me ponía furioso el hecho de que después de mis peroratas confidenciales él no hubiera dicho una sola palabra.

De repente, oí un frenado furioso, el coche parecía hacerse trizas con la potencia del freno y allí estaba yo, muerto de miedo, con la cabeza a pocos centímetros del automóvil. Furioso grité:
“¡Calla, calla! Soy sordo como una tapia, pero te oigo perfectamente ¡No es necesario que hables tan fuerte!”
“Yo no he dicho nada, caballero” respondió el conductor del coche, sumamente pálido.
“No,” dije yo “no hablaba con Vd. sino con mi ángel de la guarda." Y el tipo puso cara de estar tratando con un loco.

Encontré siempre que la manera del ángel de responder a mis improperios, salvándome la vida in extremis, fue un poco exagerada.

“Perdóname aquel momento” dije ahora a Ángel “estaba verdaderamente furioso contigo, tan furioso y ensimismado que casi me aplasta el coche a no ser por ti.”
“En verdad” replicó él “quizá yo también exagerara algo contigo”

Y mi ángel y yo fuimos caminado por medio de aquella luz inmarcesible que no puedo llamar cegadora porque en verdad no me impedía ver en absoluto.

De repente, al vernos pasar, Carlos, un viejo amigo mío, que era lo último que yo esperaba ver en aquel momento en aquel lugar, me reconoció conducido por mi ángel.

“Es increíble.” gritó mi amigo furioso “No puedo aceptarlo, ese es Julio, el meapilas, el que hacía una colecta para comprarle al papa una tiara de oro, de perlas y pedrería, como si no hubiera a su alrededor gente muriéndose de hambre. No estoy dispuesto a aceptarlo, no puedo ir con semejante gentuza. Si ese es el cielo, prefiero irme de cabeza al infierno, antes que estar con esas ratas de sacristía, esos mentirosos que se llenan la boca hablando de celibato mientras violan a nuestros niños.”

Intenté hacerme adelante para calmarlo, pero mi ángel me retuvo por el codo. “Déjalo, ya ha tomado su decisión y es alguien desprovisto de amor. Ha luchado mucho, unos dicen que por los pobres de la tierra, otros que contra los que no pensaban como él. No sé muy bien, yo puedo adivinar lo que estás apunto de decir por tu cara y porque te conozco bien después de tantos años, pero la conciencia humana es inviolable, incluso para nosotros. En todo caso, él no puede aceptar la idea de compartir el cielo con...” y mi ángel dudó por primera vez, “...digamos que no puede aceptar el estar junto con cierta gente. Preferirá el infierno. Es allí donde se sentirá a sus anchas si no feliz a su manera, contento en su orgullo.”

“Pero eso es una barbaridad” repliqué “hay que pararlo absolutamente.”
“Dios respeta sus decisiones ¿no vas a respetarlas tú?”
“Entonces ¡Dios no condena a nadie al infierno!”
“Las gentes que van allá, van siempre por su propia voluntad ¿Cómo podría Dios condenar a nadie, Él que nos mandó que no condenáramos nunca?”
“Sí; eso parece lógico. Y sin embargo...”
“Creo que lo mejor que puedes hacer aquí” y me pareció por un instante que mi ángel me guiñaba un ojo “es olvidarte de tu catecismo.”

“Encontrarás junto a Él a mucha gente que en la tierra se comportó de la misma manera que tu amigo Carlos, pero que prefirieron amar incluso a sus opresores”
“¿Qué dices? ¿Quieres insinuar que tendré que convivir con esa canalla de gente como Carlos? ¿Con esa gentuza que llena de pintadas nuestras iglesias, que nos acusa gratuitamente de los peores crímenes y que cada cincuenta años queman las iglesias y fusilan a los religiosos?” le respondí.
“Tú verás. Aquí no se fuerza a nadie. Puedes decidir. Si no te gusta, si te parece absolutamente insoportable, puedes siempre escoger... digamos la otra opción. Ya te digo, aquí no se fuerza nunca a nadie. ¿No leíste en tu catecismo que los publicanos y las prostitutas te precederían en el Reino?”
“Sí, claro que lo leí. No en el catecismo, sino en el evangelio, pero allí se dicen muchas cosas de tipo alegórico y con un sentido bastante oscuro. Yo pensé que se trataba de una de esas alegorías.”
“Pues ya ves que no.” y Ángel me dejó pensativo.
“Y además los dos ejemplos están muy bien escogidos. La gente bien tendrá problemas en estar con las putas; y los sindicalistas y otros revolucionarios tendrán problemas en aceptar a los banqueros corruptos, que me parece que son los publicanos de ahora ¿No?”
“Bueno,” respondió mi ángel “tú, como buen español, has clasificado a los hombres según su ideología, que es lo único que sabéis ver los españoles. Pero sí, bastan dos palabras para hablar de toda la humanidad.”

No puedo decir aquello de ‘pasó un ángel’ pero el caso es que hubo un largo momento de silencio. Él esperaba.

“Bien,” dijo “¿has tomado ya tu decisión?”

Yo hice un gesto de contrariedad. Esto no era, efectivamente, lo que me habían explicado en el catecismo. Reflexioné profundamente acordándome de momentos en los que, con horror, me había dado cuenta en mi vida de que mi rebeldía me hacía entrever que la verdadera felicidad se encuentra en levantar la cabeza con orgullo despreciando una felicidad que yo pensaba de pacotilla. Me invadió de nuevo el horror de entonces.

“¡Julio! Has de tomar una decisión” repitió el ángel.
“Sí, creo... en fin, supongo, que lo mejor que puedo hacer es desechar la otra opción, como tú la llamas. Pero desde luego, iré al cielo a regañadientes.”
“No, Julio no;” prosiguió mi ángel “aquí nadie hace nada a regañadientes ¿Te imaginas un cielo con gente fastidiada y renegando? No, Julio, no. Lo que tú necesitas es un tiempo de reflexión, un tiempo durante el cual sufras la humillación del propio orgullo que te queda y, en ese dolor producido por tu soberbia, acabes madurando, amando sin medida, a todos por igual.”

“¿Es eso” pregunté tímidamente sin estar muy seguro ni de mi pregunta ni de su respuesta “lo que en el catecismo llamaban el purgatorio?”

Desgraciadamente, no pude oír la respuesta del ángel porque en ese mismo instante desperté de mi sueño.
Para Pepe, para Manolo y Conchi, para Adrián e Isabel
Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez
Cabo de Gata, 28 de Noviembre del 2010


viernes, 29 de octubre de 2010


Matrimonio y Soledad

Hay ciertamente textos que. Como se dice ahora, marcan un antes y un después, e indicando nuevas ideas o sugiriendo nuevas actitudes con respecto a viejas ideas, adquieren súbitamente una gran importancia en la forma de vivir, de tomar decisiones, de actuar incluso en las cosas más nimias. Mi gran dificultad consiste precisamente en hacer llegar la gran importancia de este texto a los miembros de los ENS de Granada.

Y en este caso, me estoy refiriendo a un escrito del P. Henry Caffarel que se llama “Amor y Soledad” (pg. 113) de su libro: “Aux Carrefours de l’Amour” (En las Encrucijadas del Amor), no disponible desgraciadamente en castellano.

En él, el P. Caffarel empieza por explicarnos lo que a su juicio es el momento original del sentimiento de soledad: la adolescencia. En ella el ser humano se descubre, se ve diferente a los demás seres humanos, se quiere diferente; decide ser diferente. El adolescente descubre pronto que la afirmación enérgica de sí mismo, como suele ser propia de su edad, lleva pareja una cierta dosis de soledad. La negación de la mediocridad, del conformismo, la afirmación de la diferencia personal, desembocan ineluctablemente en la soledad en mayor o menor grado, y por ende en una cierta dosis de angustia.

Este estado de cosas, prosigue el P. Caffarel, parece encontrar una solución en el matrimonio: al lado del alma gemela uno puede afirmar su propia identidad sin correr el riesgo del rechazo por parte ajena que suele desembocar en la pérdida de la autoestima. El que nos ama tal y cual somos no nos rechazará nunca – pensamos. Esta tesis la desarrolla ampliamente en otro capítulo del mismo libro “Risas y Lágrimas” (pg. 85), de ella quizá hablaremos otro día.

Desgraciadamente, al cabo de unos años se descubre que, incluso si todo va bien y la vida matrimonial se desarrolla a la perfección, una parte de los cónyuges queda encerrada en una, al parecer inevitable, soledad. Supongo que los miembros de los EMS de Granada que me leen y que han celebrado ya sus bodas de plata estarán de acuerdo conmigo (y si no es así, los invito a enviarme un comentario en propósito).

Y entonces se ponen en juego usualmente esos mecanismos tan conocidos que nos evitan el encontrarnos con nosotros mismos: la tele, el cine, internet, el chat, el fútbol (preferentemente en el sexo masculino), y el cotilleo entre vecinos o colegas (en ambos sexos). Una escuela de sicología americana, llamada transaccionalista, ha descubierto y catalogado muchos de esos comportamientos estereotipados para escapar de la intimidad, es decir para escapar de sí mismo; ella los llama “juegos” (“games”) nombre que no va demasiado bien en castellano y que yo sustituiría por “pasatiempos”. Como explicar toda esa teoría no hace al caso, demos más bien un ejemplo: uno de los pasatiempos que hemos podido observar miles de veces a nuestro alrededor y que, sin duda, habremos practicado nosotros mismos en tantas ocasiones, es el que el Dr. Berne, uno de los creadores de la escuela transaccionalista llamaba “Ain’t it awful?” (“¿No es horrible?). Ejemplo:

- ¡Qué horror! La juventud está corrompida.

- ¿No es cierto? El botellón y toda esa vagancia

- ¿No es horrible? Es la generación ni-ní.

- ¡Cierto! Y es que la culpa la tenemos nosotros.

- Eso es verdad. ¡Tanto dar todo lo que piden!

- Lo tienen todo tan fácil… ¿No es horrible?

- ¿No es horrible? …

Y etcétera. El seudodiálogo puede prolongarse por horas y horas encontrando que todo está mal, sin aportar ni soluciones, ni desvelar sentimientos personales, sin verdadero contacto entre dos seres humanos. Un puro perder el tiempo para no enfrentarse a la intimidad, a la soledad propia.

¿Ha fracasado el matrimonio en el que los cónyuges se encuentran con su soledad? ¡Nada de eso! Nos dice el P. Caffarel. La soledad es creativa, piénsese en Beethoven o en Nietzsche. Y, sobre todo, la percepción de la soledad no es sino la manifestación del ansia de un nuevo “matrimonio”, el del amor de Dios.

Y antes de pasar al punto siguiente, el elogio de la soledad, el autor nos cita toda una serie de autores sacados de la literatura francesa, como es natural. Modestamente pensamos que en la literatura española también se encuentran ejemplos de reflexión sobre el tema. Valga de muestra el epigrama de D. Ramón Gómez de la Serna:

La soledad del ermitaño espanta,

pero mucho más espanta todavía

la soledad de dos en compañía.

O esta otra del poeta mejicano Amado Nervo, que nos recuerda que a veces la angustia es preferible la sensación de soledad:

Dejadme con mi angustia ¡Estoy tan solo!

Si me quitan mi angustia ¿Qué me queda?

La soledad, nos dice el P. Caffarel, es positiva porque es el camino hacia Dios. Es más, la soledad no sólo es el camino, sino que es la prueba de que todas nuestras artes humanas, incluido el amor humano, no pueden evitarnos el pensar que sólo podemos descansar en Él. Así pues, la soledad nos hace descubrir que tenemos necesidad de Él y al mismo tiempo nos lleva hasta Él.

No nos resistimos ahora a la tentación de traducir la primera cita del autor, traída, en este caso, del poeta y filósofo Paul Valéry: Dios creó al hombre y, viéndolo no lo suficientemente solo, le dio a la mujer para que percibiese mejor su soledad. El P. Caffarel nos pone inmediatamente en guardia contra la tentación de considerar esta cita como la expresión de un escéptico resignado, desilusionado de todo. Tampoco se habla de machismo, lo mismo podría decirse: Dios creó a la mujer y, viéndola no lo suficientemente sola, la puso al lado del hombre para que percibiera mejor su soledad.

La primera conclusión, sacada de la cita de Paul Valéry, es que la presencia del cónyuge no es la causa de la soledad, sino la causa de una mejor percepción de la misma, lo que no es negativo sino muy positivo. La tentación de escapar (sólo aparentemente) de la soledad por los medios ya expuestos, por otro lado, es grande. La mujer, el marido están ahí para recordarnos la verdadera situación.

Porque esa consciencia de soledad, por muy dolorosa que sea, debe conducirnos hacia Dios, como se puede constatar en la historia.

¿Cómo comienza el ministerio de Jesús de Nazaret? En la soledad del desierto, allí no es posible negar ni combatir por los medios usuales. ¿Cómo prosigue su ministerio? Aparentemente en compañía, en realidad en solitario. Su madre y sus hermanos no lo comprenden, piensan que ha perdido el juicio (Mc. 3, 20), sus discípulos debaten sobre cuestiones banales, o se preocupan de los cargos futuros etc. Pero, a pesar de la evidencia de esta soledad, Jesús se retira “al monte”, a la soledad externa para vivir y asumir plenamente la interna. Por supuesto, no es necesario extenderse sobre la soledad de la cruz. Sus amigos desaparecen, o peor aún le traicionan. Él muere como muere todo el mundo: solo. Y, como diría el recientemente desaparecido Raimón Panikkar, no se trata solamente de la soledad total de Jesús de Nazaret, sino de la Soledad Absoluta de Cristo.

Lo mismo podríamos mostrar la soledad de su madre, que tan bien recoge la piedad popular de Andalucía: sola desde el momento de la concepción, arriesgando el repudio de un hombre justo, hasta la soledad final al pie de la cruz ¿Podemos acaso llamar otra cosa que soledad al perder así a un hijo?

El camino hacia Dios, resume el P. Caffarel, es pues un camino de soledad. Y el matrimonio está ahí para invitarnos a no escapar estúpida (e inútilmente) a la verdad de nuestra soledad, sino a asumirla como la evidencia de una necesidad y como un camino hacia Dios.

Julio y Eugenia / Moreno-Dávila Gutérrez

La Tour-de-Peilz, Suiza, Aosto del 2010.

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La canción del Verano

Creo que ya les conté una vez que el pensador francés Jean François Revel decía que la ideología es aquello que nos dispensa cómodamente de mirar cara a cara la realidad. Ya saben, si lo dicen “los míos” está bien, si lo dicen “los otros” eso es una birria, típica de su falta de sentido, de su prejuicios, etc. etc. etc. De esta manera no hay necesidad de pensar, ni se corre el riesgo de equivocarse y además la decisión se toma fácilmente.

Pero afortunadamente, la ideología no es el único mecanismo que nos permite estas comodidades prácticas. Aparte la locura, proceso eficaz aunque extremo del que hablaré más abajo, también tenemos la rutina.

Los benéficos efectos de la rutina se asemejan mucho a los de ideología. La rutina nos dispensa de pensar, cuando nos levantamos por la mañana, cuando mascamos con prisa, rutinariamente nuestra tostada, nos evita, digo, la desagradable y arriesgada actividad de percibir que enfrente de nosotros hay una persona, es decir alguien que piensa, que siente, que vive sus frustraciones, que espera algo con respecto a nosotros, alguien al que le apetecería contarnos sus problemas, sus dificultades, sus ilusiones… ¡Y no hablemos de los chicos! ¡Qué fastidio! Con sus razonamientos infantiles, con sus peleas, con sus caprichos…

Para librarnos de todo eso tenemos nuestra prisa, nuestro estrés, nuestra rutina que nos permite nuestra renuncia a vivir, nuestra preferencia por el sueño de Matrix.

Por desgracia, hay una época del año en la que este sistema, sabiamente planificado y eficazmente construido, la rutina, es dificilísimo de practicar: en el verano.

Si estamos de vacaciones, es prácticamente imposible el evitar de pensar. Hasta cuando nos levantamos soñolientos para buscar el retrete para el primer pipí de la mañana es necesario reflexionar: no está en el sitio de siempre; y o mismo le ocurre al pote del Colacao, hay que despertarse, hay que vivir para poder cogerlo en la estantería de la derecha, porque en casa está abajo a la izquierda y ahora no es posible servirse rutinariamente. No podemos fiarnos a nuestra querida rutina, no es posible hacer como que hablamos con nuestra media naranja cuando en realidad sorbemos rutinariamente nuestro café, porque no será ya sólo un momento lo que estaremos juntos, sino todo el día; no es posible hacer como que intercambiamos opiniones, cuando en realidad sólo vemos la tele rutinariamente; no es posible hacer como que amamos cuando en realidad sólo copulamos también rutinariamente; no es posible ignorar rutinariamente a los niños porque cuando volvamos a casa no estarán acostados, sino que volveremos a casa con ellos.

Los esfuerzos de refugiarnos en la rutina serán ineficaces, si no vanos. Uno de los intentos desesperados para introducirla en el periodo estivo, la canción del verano, ha fracasado estrepitosamente y en el 2010 hemos tenido un verano sin canción del verano. El colmo.

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Un médico suizo, el doctor Roger Vittoz, que yo llamo el anti-Freud, por la simplicidad de sus ideas, contrarias a todo intelectualismo, curaba las neurosis de sus enfermos reeducándolos a ver y a oír; algo que ellos habían olvidado a causa de la rutina. El doctor Vittoz tuvo un éxito inmenso; venían de todo el mundo a seguir sus tratamientos. Yo espero sinceramente que la estación estiva, tan contraria a la rutina, sea para todos una ocasión de cura, una especie de píldora roja de Matrix que nos haga despertar a la realidad, que tengamos un verano sin canción del verano. Y ello, como enseñaba el doctor Vittoz, se hace gradualmente: es necesario hacerse presente a esta mesa, a estas paredes, a este sonido. Parece algo insignificante, pero un camino de mil “li” empieza con un primer paso, como dice el Tao de Jing. Si somos plenamente conscientes y perseverantes, acabaremos inevitablemente por ver, por oír a los que nos rodean, no sólo a “hacer como que” y al final de nuestro camino, acabaremos viendo a Dios cerca de nosotros, sintiendo su presencia, oyendo sus palabras.

De otra manera, nos ocurriría como a D. Quijote, como a tanta gente que recupera la cordura sólo al final de sus vidas. La locura no es sino la exasperación de la rutina, un esfuerzo titánico por huir de la realidad, de la vida. Un extremo radical y doloroso. Quizá uno se rompa la cara contra los molinos, pero lo hace huyendo de lo prosaico, de ver que no son gigantes.

Aprovechemos este periodo de gracia para evitar (¡definitivamente!) la locura de la rutina. Vivir plenamente es magnífico, con sus alegrías, con sus desengaños, con sus fracasos y sus éxitos… Vivir es estar presente al mundo, a nuestros seres queridos, a Dios.

Julio Moreno-Dávila

La Tour-de-Peilz, Suiza, Aosto del 2010.

jueves, 25 de marzo de 2010

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El desierto, la ceniza y el ayuno

Algunas Reflexiones acerca de las palabras del

padre López Azpitarte

En los dos días de sábado y domingo 13-14 de marzo de 2010 el padre López Azpitarte, con gran sabiduría y con una espiritualidad, sin la que la sabiduría quedaría huera, nos ha hablado a los miembros y simpatizantes de los ENS de Granada del desierto, de la ceniza y del ayuno con ocasión de la cuaresma.

Al tejer su tapiz con la imagen del desierto, a mi modesto entender y según mis notas, don Eduardo nos recordó el éxodo de los israelitas guiados por Yahvé por medio de Moisés. El desierto -nos dijo- es lugar de peregrinación, de ausencia de vida visible, sí, pero por eso mismo, lugar de conversión hacia Dios, lugar de revelación de Dios. Toda esa ausencia de movimiento, de agua, de frescura, de solaz; todo ese calor asfixiante en el que parece que vamos a ahogarnos, toda esa experiencia de nuestra nimiedad, de nuestra falta de autonomía, que nos revela el desierto haciéndonos patente el hecho de que, abandonados a nuestras fuerzas, no duraríamos mucho tiempo en medio de la desolación, nos hacen volver los ojos hacia lo alto, nos hacen comprender que, como tantas veces ocurre en nuestro peregrinar, nos es necesario poner a Dios en medio de nuestra comprensión, en medio de nuestras vidas, para que éstas no carezcan de sentido.

Estas ideas, encontradas habitualmente en la literatura mística religiosa e incluso en la literatura mística profana, deben hacernos reflexionar profundamente: Dios se revela más fácilmente en el desierto pues, como dice el P. Rodriguez Carmona con una imagen muy elocuente, allí hay mejor cobertura. La ausencia de recursos materiales nos hace descubrir más fácilmente su presencia. Dice el filósofo francés Jean Guitton que el cardenal Richelieu oraba frecuentemente a Dios para que lo liberara de sus repetitivos y molestos dolores de cabeza, que le impedían el trabajo y aún la oración y la reflexión; y añade Jean Guitton que si Richelieu hubiese tenido a mano uno de esos potentes analgésicos de los que se dispone hoy, el Cardinal de France no habría tal vez practicado la oración tan frecuentemente. Pero en nuestro caminar cotidiano, ahora más que nunca, a pesar de los analgésicos, los tratamientos siquiátricos y toda la parafernalia de las técnicas modernas, el desierto está ahí de todas maneras y, de vez en cuando tenemos que atravesarlo, constatando nuestra impotencia y nuestra nulidad. Y es ahí cuando debemos aprovechar la ocasión de levantar los ojos al cielo para comprender que, si queremos seguir dando sentido a nuestra existencia, debemos descubrir, redescubrir constantemente, la presencia de Dios, tarea que se hace menos difícil en el desierto.

Como se ha dicho más arriba, si mis notas y mi comprensión son correctas, esta fue la idea principal, evidente sin duda, que nos quiso transmitir el P. López Azpitarte. Y sin embargo, esta idea me parece encerrar un peligro grave. Un peligro que se puso de manifiesto en la reflexión sobre el desierto que es el libro del Éxodo.

Tomando el mismo ejemplo que él nos citaba en sus tres predicaciones cuaresmales, intentaré aquí comprender (es decir intentaré dar una interpretación) del episodio del becerro de oro, tan bellamente interpretado por Arnold Schömberg con la música de su ópera Moisés y Aarón.

El pueblo está atravesando el desierto, es decir, como justamente explica el P. López Azpitarte, está haciendo la experiencia de su impotencia ente la ausencia de recursos en el páramo. Es casi imposible encontrar agua, y con la excepción de bandadas de codornices que caen del cielo sólo ocasionalmente, el alimento falta casi totalmente, cruelmente; Moisés, que representaba el liderazgo en el que, como frecuentemente ocurre, se depositaba la confianza para resolver todos los problemas, ha desaparecido en el monte desde hace un par de semanas ¿Qué sentido tiene entonces haber salido de Egipto? ¿Qué sentido puede darse a este deambular por la desolación, siempre a dos pasos de la muerte? Ese Yahvé en el que parecíamos confiar se ha llevado a nuestro líder, no sabemos donde, dejándonos en una situación perfectamente absurda.

Y, como dice acertadamente Viktor Frankl, el gran siquiatra vienés, maestro absoluto en este tema, el hombre (individual y colectivamente) tiene una imperiosa e ineludible necesidad de sentido. El filósofo francés de origen Lituano Emmanuel Lévinas hablará incluso de voluntad de sentido. Así es que estamos condenados a la búsqueda del sentido, sin él, segun Viktor Frankl, caemos en la angustia, en la depresión o, peor aún, en la total enajenación de la locura; y, como para los israelitas el Yahvé que los sacó de Egipto no es ya capaz de dar sentido a sus vidas, a su posición en medio del desierto, buscan, para remedar su angustia, otra solución que resuelva su problema; carentes del supermercado religioso que se ofrece hoy a nuestro consumismo espiritual, no les queda otra solución que la de construirse un ídolo a semejanza de lo que hacen todos los pueblos que los rodean.

En mi modesta opinión, este ejemplo es paradigmático. Si nuestro sentido religioso procede, como el P. López Azpitarte parece sugerirlo, de nuestra necesidad de dar sentido a las cosas, empezando por nosotros mismos, según los testimonios de Frankl o Lévinas, se corre el gran peligro de que, instalados en nuestra religiosidad, más o menos auténtica, la pérdida ocasional (pero pronto o tarde inevitable) del sentido nos haga buscar inmediatamente otro tipo de soluciones. Según mi limitada experiencia, debemos buscar a Dios incluso en el desierto del sentido o, según la expresión de nuestro más grande místico español, en la noche oscura del sentido.

Por supuesto que tamaña idea no puede ser mía. Quien haya tenido la ocasión (la oportunidad, el privilegio, diría yo) de haber leído el libro de Brian Kolodiejchuk sobre la noche oscura de la beata Teresa de Calcuta, puede comprender de qué estoy hablando. En el libro se describe como la hermana Teresa vivió, durante veinte años al menos, entregada cuerpo y alma a los más pobres entre los pobres en una labor extenuante, rodeada de miseria y de muerte, dando todo por un Dios de cuya existencia ya no estaba muy segura y que, en todo caso, lo vivía como extremamente lejano ¿Hay mayor tormento que dar toda su vida por el amor de un dios que se convierte de repente en un desconocido? ¿Existe una mayor carencia de sentido?

Soeur Emmanuelle, que es a madre Teresa lo que el Cairo es a Calcuta , comenta que, como todas la almas verdaderamente dadas a Dios, ella también tuvo que sufrir varios años la sensación de alejamiento, de rechazo de Dios y por ende de la falta de sentido de todo lo que hacía, de toda su vida, de todo su sacrificio; pero habría encontrado absolutamente por encima de sus fuerzas, pasar toda su vida por ese desierto del sentido por el que pasó el premio Nobel de la paz 1979.

Nuestro ideal cristiano nos impele a ir más allá de nuestra propia manera de ser profunda. Baruch Spinoza decía que el hombre es libre cuando no tiene más limitaciones que las que se derivan de su propia naturaleza; pero nosotros los cristianos somos más ambiciosos, aspiramos a la libertad que vaya incluso más allá de nuestra pobre naturaleza humana, y de ahí tanto escándalo en el mundo frente a, por ejemplo, la obediencia, el celibato, el martirio, etc. Del mismo modo pretendemos que nuestra fe supere la propia naturaleza imperativamente necesitada del sentido. Lo saben o lo sabían muy bien San Juan de la Cruz, santa Teresa de Lisieux, Soeur Emmanuelle, la beata Teresa de Calcuta y tanto otros.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez

La Tour-de-Peilz (Suiza), 22 de Marzo del 2010

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jueves, 18 de febrero de 2010


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Obediencia:

La “Petite Église” del P. Caffarel

Aunque ocurrió hace bastante más de medio siglo, lo recuerdo perfectamente: un joven jesuita hacía una confidencia a mi padre y ya se sabe: nadie se ocupa en esos casos de los niños que escuchan, pensando que no entienden y no se dan cuenta, pero yo escuchaba, sí, escuchaba y me daba cuenta de lo que decían, tanto es así que he meditado aquellas palabras durante bastantes años.

Preguntaba mi padre hasta qué punto era difícil vivir plenamente los consejos evangélicos y el padre X respondía: la pobreza es lo más fácil; de hecho vivir el espíritu de pobreza no es un sacrificio sino una liberación. Nada tengo como propio, y por consiguiente no me preocupa perder nada; y por no poseer nada, tampoco tengo preocupaciones materiales, vivo como si los problemas que acucian a tanta gente no existieran para mí. En cuanto a la castidad, basta con hacerse a la idea, tampoco me crea ningún problema. Pero en lo que se refiere a la obediencia…

En un extraño pasaje, extraño para mí, que soy lego en estas cosas, el autor de la carta a los hebreos dice que el Hijo aprendió a obedecer con lo que sufrió (Hb. 5,8) Yo diría más bien que nosotros, en situación diferente, habríamos de aprender recíprocamente a sufrir en la obediencia, maestra universal. Para Jean Guitton, filósofo católico francés contemporáneo, la piedra de toque de la Iglesia Católica es precisamente la obediencia, lo que la distingue de las demás confesiones cristianas y lo que la homologa como la auténtica poseedora y destinataria del Espíritu del Hijo. Confiesa en el lecho de muerte, donde nadie puede mentir, que la obediencia en la Iglesia Católica, fue la razón suprema que lo hizo adherirse a ella. Si el Hijo aprendió incluso sufriendo a obedecer ¿cómo podría ser la Iglesia de otra manera?

Naturalmente, este lenguaje no es, hoy día, políticamente correcto; la obediencia no está de moda y, como dice un sacerdote amigo mío que no nombraré, …hoy en los conventos la castidad es compartida, la pobreza remunerada y la obediencia dialogada. Claro está que este espíritu, o por mejor decir esta falta de espíritu, no es reciente. También recuerdo en mi infancia haber oído decir a un fraile dominico: …mi peor enemigo es el superior sea quien fuere ¿Qué mejor expresión para definir la dificultad de la obediencia?

Hasta hace no muchos años, Suiza, respetuosísima siempre con los derechos humanos, no había firmado la Declaración Universal de los mismos por haber declarado ilegal en sus cantones a la Compañía de Jesús. ¿Qué perfidia achacaba la civilizadísima Confederación Helvética a los jesuitas? Simplemente el hecho de la obediencia; para ellos una obediencia estricta a sus superiores, empezando por el Papa es algo inaceptable, una forma de perversión moral, como si la obediencia fuera una especie de burka intelectual que aplastara lo más profundo de la personalidad misma. Y téngase bien presente, porque esto es esencial, que lo que les molesta no es el hecho de que se exija una obediencia, sino el hecho de que se dé la obediencia misma, lo cual es muy diferente. Les repugna, más que una supuesta tiranía en la que ya nadie cree, el hecho mismo de obedecer como si de una prostitución moral se tratase.

El padre Michel Quoist, a pesar de ser cerca de 20 años más joven, empezó como el padre Caffarel ocupándose de la pastoral obrera de la HOAC e invirtiendo sus fuerzas luego en promover la espiritualidad de la pareja. En uno de sus libros de espiritualidad actualizada al s. XX, habla abundantemente de la pobreza, de la que S. Marcos en su versión de las bienaventuranzas, hace la primera de ellas; no el espíritu de pobreza como en S. Mateo, sino la pobreza misma. Para Michel Quoist la pobreza va bastante más allá de esa indigencia en la que pensamos todos ingenuamente al leer los evangelios y que podríamos llamar “dineraria”. Para el padre Quoist, …cuantos más centímetros cúbicos haya en el motor de tu coche, cuantos más libros en tu biblioteca, cuantas más opiniones en tu mente, cuantos más objetivos en tu voluntad, cuantas más pretensiones en tu actitud, más lejos estás de la pobreza evangélica (Réussir, les Éditions Ouvrières 1961). Es evidente que, entendida así, la obediencia tiene mucho que ver con la pobreza, con la primera de las enseñanzas del Sermón de la Montaña, como se le ha dado en llamar.

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Después de todo lo expuesto, me parece evidente que, cuando el padre Caffarel nos pide como ideal de la pareja une petite Église, una pequeña Iglesia, de una manera o de otra la obediencia debe encontrarse, por muy poco actual que la idea parezca, dentro de nuestras familias. El problema es ¿cómo?

Pienso que, independientemente de la ironía citada más arriba, la obediencia razonada, dialogada, es la respuesta a esta pregunta. Pero ¡Ojo! No usemos el adjetivo como un medio para diluir el sustantivo. Quiero decir no hagamos lo mismo que esos países que se llaman República Social, Democrática, Popular y etc. Y que al final son todo menos una república. Practiquémosla dialogada, razonada, razonable y todo lo que queramos, pero no olvidemos que lo esencial es que se trate de obediencia, siempre en el espíritu de pobreza, como nos lo enseña el padre Michel Quoist y que yo traduciría por algo así como pobreza de opinión y pretensiones. Dialogada sí, pero más en la escucha que en la palabra.

Para mí es imposible explicar la extraordinaria fecundidad de esta idea, obediencia en el seno de la pareja, de un modo puramente verbal; es necesario acudir a la experiencia personal de quien ha pasado por ahí. Y lejos de mí decir con esto que mi vida sea un dechado de obediencia, porque en este terreno por lo menos, la experiencia negativa es tan válida, quizá más, que la positiva. Un sincero examen de conciencia desprovisto de complejos narcisistas puede hacernos ver cuantos fracasos, pequeños y no tan pequeños, cuantas ocasiones fallidas, cuantas veces hemos dicho ¡Lástima! Por falta de obediencia en nuestras vidas de pareja.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 17-Febrero-MMX

¿Ha dicho usted “Felices Pascuas”?


- ¡Felices Pascuas! ¡¡Felices Pascuas!!

- Perdone, ¿Ha dicho usted “Felices Pascuas”, ahora, en Navidad?

Esta observación, nacida de un pequeño asombro que nos proponemos explicar más abajo, está perfectamente justificada, porque dicha felicitación de Navidad puede no hacer estrictamente referencia a las “Pascuas”.

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Para aquellos que hemos vivido muchos años en el extranjero, resulta, en efecto, un tanto chocante que la tradición española (que por cierto va dejando el paso a un lenguaje más estandardizado, más “europeo”, menos idiosincrático) llame “Pascuas” a las Navidades.

Aparte de la felicitación, es corriente en España designar con el nombre de “dulces pascueros” el turrón, los mantecados, los polvorones y demás golosinerías consumidas en el tiempo navideño. Por supuesto la Real Academia de la lengua acoge también en su diccionario el adjetivo “pascuero”, definiéndolo como algo en relación con la Navidad y otras fiestas. Pero la Academia no inventa términos sino que se limita a cumplir su lema «Limpia, fija y da esplendor»; así es que el sustantivo “pascuero”, que designa un arbusto que florece con hojas de un precioso color rojo en el tiempo de Navidad en el hemisferio norte, es un término no inventado por la Real Academia, sino por los que hacen verdaderamente la lengua, es decir por los que la usan, nosotros.

Es sabido: la palabra Pascua procede del hebreo a través del griego y del latín y significa originalmente “el paso”, con referencia al paso de los judíos por el mar Rojo, según nos cuenta el Éxodo, después del exterminio de los primogénitos egipcios; historia que quizá haya que tomar con las consabidas precauciones cuando se trata del Antiguo Testamento.

De todas formas, el término castellano ha perdido la conexión semántica (si no etimológica) con la pascua de los israelitas, e incluso con aquella otra Pascua (celebrada, eso sí, el día de la preparación de la pascua judía, de la que toma el nombre) en la que Cristo, nuestra salvación fue inmolado por nuestros pecados y para nuestra salvación. Es la fiesta esencial de nuestra fe, sin ella no hay cristianismo.

Justamente entonces ¿por qué llamar Pascua a la Navidad?

Confieso humildemente no tener ni idea del proceso histórico-lingüístico que llevó a un cambio de sentido tan importante de esta palabra. Cambio lo bastante radical como para que en mi catecismo hablara de “Pascua Florida” cuando se refería a la que originariamente (y en otros idiomas exclusivamente se refiere) al sacrificio de la cruz y a la resurrección, añadiendo ese postizo de adjetivo porque ocurre precisamente en la estación florida.

Sin embargo, y a pesar de no ser teólogo, se me ocurre que el hecho de la encarnación y del nacimiento de Jesús viene a ser algo absolutamente primordial en nuestra fe. Sé que muchos teólogos, con sus discusiones, tan alejadas a veces de la vida de todos los días que hacen aparecer bizantinas muchas de sus discusiones a nosotros los ignorantes en estas materias, han pasado siglos y siglos devanando el problema de si la kénosis no era suficiente para nuestra salvación, sino que se requería además la muerte cruenta y humillante de la cruz, en aras de la salvación de nuestros pecados. Dejemos a los especialistas en sus profundas investigaciones.

Lo que a mí, cristiano de a pie, me parece es que el hecho de la Encarnación es la muestra de la infinita solidaridad de Dios con el hombre pecador; si se me permite un lenguaje coloquial en asunto tan serio, yo diría que la kénosis implica una actitud divina de entrega total, algo así como “aquí me tenéis para lo que haga falta, haced de mí lo que os parezca oportuno”. O, más seriamente, como dice el documento a los hebreos (sin entender de eso, no me parece que sea una carta) “…aquí estoy yo, como está escrito en el libro, para hacer tu voluntad…” mi particular percepción (acaso equivocada) es de que la voluntad que nuestro Señor vino a cumplir era, cierto, la de su Padre, principal y fundamentalmente, pero también, como consecuencia, la de la humanidad entera, fuera la que fuese, y ya sabemos la que fue.

Después de esa actitud, especie de “hágase en mí según vuestra voluntad”, realización del sacrificio supremo, la flagelación, la corona de espinas, la befa y la cruz son un corolario inevitable de la actitud primordial expuesta, sabiendo con que agresividad reaccionamos los humanos con quienes no piensan como nosotros, tanto en aquella época como en ésta.

Los que estamos convencidos de los méritos de la filosofía analítica que, más que estudiar el mundo directamente, estudia el lenguaje que usamos para describirlo, no podemos sino admirar la formidable intuición de las gentes de España. Intuición que se demuestra por el hecho de un cambio importante de significado en una palabra tan sensible.

Como conclusión y consecuencia de lo dicho, me gusta que se diga en español “Felices Pascuas” en tiempo de Navidad a diferencia de otros idiomas. Y me gusta porque, como he intentado explicar, la cruz está implícita en la kénosis, en la Encarnación, en el Nacimiento, según lo intuido por aquellos que hicieron nuestra lengua.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 10-Febrero-MMX