Nuestra Señora de los Equipos
(en elogio de la mariolatría)
de Julio Moreno-Dávila Hernández
Granada 4 de Junio del 2011
Más de cincuenta mil entradas encontramos en Google si buscamos este término que, después de todo, es un término técnico, probablemente desconocido por la mayoría de la gente religiosa sencilla.
Es cierto que la gran mayoría de las entradas son de protestante furiosos contra los católicos por dar, según ellos lo entienden, culto divino a María la madre de Jesús. El resto, son católicos que recalcan las declaraciones oficiales de la jerarquía exponiendo una y otra vez que el culto de latría es solamente ofrecido a Dios en la Iglesia Católica y que el culto ofrecido a la madre de Jesús de Nazaret es solamente un culto que llaman de dulía o, si acaso, de hiperdulía o protodulía, palabras estas que, o mucho me equivoco, o fueron inventadas para resolver precisamente este problema, aunque en realidad no sé, no soy teólogo.
Lo que sí llama la atención a alguien, precisamente ajeno a campo de la teología, es que no es fácil encontrar estudios que intenten siquiera (no digo que consigan) demostrar mínimamente lo que afirman en este terreno. Personalmente no me consideraba yo antes (quiero decir antes de descubrir las ideas que voy a exponer) no me consideraba yo, decía, muy mariano; había algo que hería mi sensibilidad religiosa al observar el tipo de culto, sobre todo popular, dado a la que popularmente se conoce en mi tierra por “La Virgen”.
No era yo solo, católico de a pie, el único en reaccionar así. Recuerdo que en el libro “Apologia pro vita sua” el recientemente beatificado cardenal John Henry Newman contaba como, bastante antes de su conversión al catolicismo, empezó a practicar el rezo de las horas según el breviario romano, excluyendo por supuesto el oficio de la BMV, que repugnaba a su formación y a su intuición religiosas.
Aparte de este argumento de autoridad, puramente subjetivo como todos los argumentos de autoridad, recuerdo haber leído precisamente en uno de los textos del oficio de lectura (no logro recordar en qué día) un pasaje de S. Bernardo en la que, con otras palabras desde luego, llega a decir que la dignidad de Jesucristo procede de la dignidad de su excelsa madre. Sin ser teólogo, repito, semejantes afirmaciones me dejan un poco perplejo.
Lo mismo puede decirse de una serie de afirmaciones en el libro de S. Alfonso Maria de Liguori “Le Glorie di Maria”.
Naturalmente, para decidir esta cuestión habría que tomar en cuenta tres factores: 1: la posición oficial de la Iglesia, 2: la literatura técnica mariológica y 3: la piedad popular y sus expresiones.
Con respecto a esta última consideración, la piedad popular y sus expresiones, debo decir que me había siempre dejado perplejo un hecho incontestable. Lo que no se me ocurrió hasta ahora fue pensar que una dificultad puede servir para explicar otra; y eso es exactamente lo que ha ocurrido. Esta nueva perplejidad está basada en el anacronismo y en la incoherencia. Me explico con un ejemplo (más adelante daré otro): en el altar mayor de mi parroquia hay un magnífico medallón de grandes dimensiones y buena calidad artística en la que representa el misterio de la anunciación. En la imagen, como en tantas otras, la Virgen María, de rodillas sobre un reclinatorio, tiene entre las manos un libro de oraciones.
Como ha escrito Joseph Ratzinger en su libro sobre la liturgia, la oración de rodillas es una costumbre relativamente reciente de la Iglesia católica: primer anacronismo. Mucho más grave es poner en manos de una doncella, prometida a un simple artesano en el siglo primero, un libro. No un rollo escrito en columnas como los que se utilizaban en la época, sino un libro tal y como se encuentran hoy en los estantes de nuestras librerías. Naturalmente, este anacronismo, no es ni siquiera comparable al hecho de que una muchacha con la condición sociocultural descrita, no fuese analfabeta en aquella época.
Todo ello encuentra su paroxismo, si puedo expresarme así, en mi Andalucía natal con sus Macarenas y otras imágenes absolutamente fuera de lo que la realidad histórica pudo ofrecernos en su día. Pero precisamente ahí, como he dicho más arriba se encontraba la solución del problema, solución que había escapado a mi vista durante tantos años.
El problema, para mí, era: El culto dado a la madre de Jesús ¿es mariolatría o no es mariolatría? Algo que me inquietaba en mi interior.
Un problema mal planteado es, por supuesto, un problema imposible de resolver. Así es que la solución vino cuando cambió el planteamiento.
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La reciente desaparición Raimon Panikkar me hizo reencontrarme con este autor que había conocido muchos años atrás. En su tratado sobre la trinidad, Raimon Panikkar afirma que el conflicto monoteísmo – politeísmo es simplemente un malentendido, debido a la diferente interpretación del sufijo –teísmo entre las dos posturas.
Para Panikkar, la primera y más importante diferencia taxonómica entre religiones es la de la trinidad, objeto de su estudio. Por ejemplo, el catolicismo y el hinduismo son, según él, religiones trinitarias; el judaísmo y el islam son no-trinitarias.
Este concepto trinitario está, siempre según el autor referido, muy ligado al de religión icónica y anicónica. Cristo es – lo subraya Panikkar – “…imagen del Dios invisible…” según S. Pablo y esta imagen, este icono, es absolutamente necesario para constituir una religión, es decir, un enlace entre una imagen humana y lo divino, lo numénico; una re-ligión.
Esta dificultad de lo que Panikkar llama religiones anicónicas está ya presente en S. Alselmo, que se pregunta como es posible orar ante un Dios inmutable: “Quomodo sit sensibilis ut non sit corpus?” Pregunta el doctor Magnificus.
Esto hace recordar esta aversión antitrinitaria, antiicónica, que se observa generalmente en el islam. Un ejemplo, no de los menores, puede leerse en “La Sabiduría de los Profetas” del teólogo murciano Ibn Arabi, obra en la que al hablar de Jesús, reconoce su concepción virginal, por obra del “Espíritu Santo” (no sé lo que el autor islamista entiende por esa expresión) pero se niega con fuerza a reconocer en él al Hijo, la imagen del Dios invisible, según la expresión ya citada de S. Pablo. Esta resistencia, esta furia casi atiicónica queda clara en el capítulo de la obra citada.
A mi juicio, (Raimon Panikkar no hace alusión alguna a este problema) la posibilidad de mostrar el rostro humano de Dios, resulta ligeramente contradictoria ¿Cómo puede expresarse Dios, ser fuera de las categorías masculino – femenino, en un rostro humano que necesariamente, por su propia naturaleza ha de ser masculino o femenino?
Alzo los ojos a la imagen de “la Virgen” de la Iglesia en la que me encuentro y veo una imagen típica andaluza. Una falda de brocado costosísimo, entreverada de perlas; un manto de terciopelo de no menor valor bordado en metales preciosos, plata y oro; un tocado en lino finísimo con bordados de gran valor; joyas de todo tipo: perlas, brillantes, esmeraldas, rubíes; y me pregunto: ¿Es esta una representación de María la madre de Jesús, prometida a un pobre artesano galileo del siglo primero? Ciertamente no.
Y entonces, recordando las enseñanzas del gran místico y erudito Raimon Panikkar me pregunto: ¿No será esta la representación icónica del lado femenino de la divinidad? Esa que es tan necesaria para completar un verdadero rostro humano de lo numénico?
