¿Ha dicho usted “Felices Pascuas”?
- ¡Felices Pascuas! ¡¡Felices Pascuas!!
- Perdone, ¿Ha dicho usted “Felices Pascuas”, ahora, en Navidad?
Esta observación, nacida de un pequeño asombro que nos proponemos explicar más abajo, está perfectamente justificada, porque dicha felicitación de Navidad puede no hacer estrictamente referencia a las “Pascuas”.
***** ***** *****
Para aquellos que hemos vivido muchos años en el extranjero, resulta, en efecto, un tanto chocante que la tradición española (que por cierto va dejando el paso a un lenguaje más estandardizado, más “europeo”, menos idiosincrático) llame “Pascuas” a las Navidades.
Aparte de la felicitación, es corriente en España designar con el nombre de “dulces pascueros” el turrón, los mantecados, los polvorones y demás golosinerías consumidas en el tiempo navideño. Por supuesto la Real Academia de la lengua acoge también en su diccionario el adjetivo “pascuero”, definiéndolo como algo en relación con la Navidad y otras fiestas. Pero la Academia no inventa términos sino que se limita a cumplir su lema «Limpia, fija y da esplendor»; así es que el sustantivo “pascuero”, que designa un arbusto que florece con hojas de un precioso color rojo en el tiempo de Navidad en el hemisferio norte, es un término no inventado por la Real Academia, sino por los que hacen verdaderamente la lengua, es decir por los que la usan, nosotros.
Es sabido: la palabra Pascua procede del hebreo a través del griego y del latín y significa originalmente “el paso”, con referencia al paso de los judíos por el mar Rojo, según nos cuenta el Éxodo, después del exterminio de los primogénitos egipcios; historia que quizá haya que tomar con las consabidas precauciones cuando se trata del Antiguo Testamento.
De todas formas, el término castellano ha perdido la conexión semántica (si no etimológica) con la pascua de los israelitas, e incluso con aquella otra Pascua (celebrada, eso sí, el día de la preparación de la pascua judía, de la que toma el nombre) en la que Cristo, nuestra salvación fue inmolado por nuestros pecados y para nuestra salvación. Es la fiesta esencial de nuestra fe, sin ella no hay cristianismo.
Justamente entonces ¿por qué llamar Pascua a la Navidad?
Confieso humildemente no tener ni idea del proceso histórico-lingüístico que llevó a un cambio de sentido tan importante de esta palabra. Cambio lo bastante radical como para que en mi catecismo hablara de “Pascua Florida” cuando se refería a la que originariamente (y en otros idiomas exclusivamente se refiere) al sacrificio de la cruz y a la resurrección, añadiendo ese postizo de adjetivo porque ocurre precisamente en la estación florida.
Sin embargo, y a pesar de no ser teólogo, se me ocurre que el hecho de la encarnación y del nacimiento de Jesús viene a ser algo absolutamente primordial en nuestra fe. Sé que muchos teólogos, con sus discusiones, tan alejadas a veces de la vida de todos los días que hacen aparecer bizantinas muchas de sus discusiones a nosotros los ignorantes en estas materias, han pasado siglos y siglos devanando el problema de si la kénosis no era suficiente para nuestra salvación, sino que se requería además la muerte cruenta y humillante de la cruz, en aras de la salvación de nuestros pecados. Dejemos a los especialistas en sus profundas investigaciones.
Lo que a mí, cristiano de a pie, me parece es que el hecho de la Encarnación es la muestra de la infinita solidaridad de Dios con el hombre pecador; si se me permite un lenguaje coloquial en asunto tan serio, yo diría que la kénosis implica una actitud divina de entrega total, algo así como “aquí me tenéis para lo que haga falta, haced de mí lo que os parezca oportuno”. O, más seriamente, como dice el documento a los hebreos (sin entender de eso, no me parece que sea una carta) “…aquí estoy yo, como está escrito en el libro, para hacer tu voluntad…” mi particular percepción (acaso equivocada) es de que la voluntad que nuestro Señor vino a cumplir era, cierto, la de su Padre, principal y fundamentalmente, pero también, como consecuencia, la de la humanidad entera, fuera la que fuese, y ya sabemos la que fue.
Después de esa actitud, especie de “hágase en mí según vuestra voluntad”, realización del sacrificio supremo, la flagelación, la corona de espinas, la befa y la cruz son un corolario inevitable de la actitud primordial expuesta, sabiendo con que agresividad reaccionamos los humanos con quienes no piensan como nosotros, tanto en aquella época como en ésta.
Los que estamos convencidos de los méritos de la filosofía analítica que, más que estudiar el mundo directamente, estudia el lenguaje que usamos para describirlo, no podemos sino admirar la formidable intuición de las gentes de España. Intuición que se demuestra por el hecho de un cambio importante de significado en una palabra tan sensible.
Como conclusión y consecuencia de lo dicho, me gusta que se diga en español “Felices Pascuas” en tiempo de Navidad a diferencia de otros idiomas. Y me gusta porque, como he intentado explicar, la cruz está implícita en la kénosis, en la Encarnación, en el Nacimiento, según lo intuido por aquellos que hicieron nuestra lengua.
Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 10-Febrero-MMX

No hay comentarios:
Publicar un comentario