jueves, 25 de marzo de 2010

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El desierto, la ceniza y el ayuno

Algunas Reflexiones acerca de las palabras del

padre López Azpitarte

En los dos días de sábado y domingo 13-14 de marzo de 2010 el padre López Azpitarte, con gran sabiduría y con una espiritualidad, sin la que la sabiduría quedaría huera, nos ha hablado a los miembros y simpatizantes de los ENS de Granada del desierto, de la ceniza y del ayuno con ocasión de la cuaresma.

Al tejer su tapiz con la imagen del desierto, a mi modesto entender y según mis notas, don Eduardo nos recordó el éxodo de los israelitas guiados por Yahvé por medio de Moisés. El desierto -nos dijo- es lugar de peregrinación, de ausencia de vida visible, sí, pero por eso mismo, lugar de conversión hacia Dios, lugar de revelación de Dios. Toda esa ausencia de movimiento, de agua, de frescura, de solaz; todo ese calor asfixiante en el que parece que vamos a ahogarnos, toda esa experiencia de nuestra nimiedad, de nuestra falta de autonomía, que nos revela el desierto haciéndonos patente el hecho de que, abandonados a nuestras fuerzas, no duraríamos mucho tiempo en medio de la desolación, nos hacen volver los ojos hacia lo alto, nos hacen comprender que, como tantas veces ocurre en nuestro peregrinar, nos es necesario poner a Dios en medio de nuestra comprensión, en medio de nuestras vidas, para que éstas no carezcan de sentido.

Estas ideas, encontradas habitualmente en la literatura mística religiosa e incluso en la literatura mística profana, deben hacernos reflexionar profundamente: Dios se revela más fácilmente en el desierto pues, como dice el P. Rodriguez Carmona con una imagen muy elocuente, allí hay mejor cobertura. La ausencia de recursos materiales nos hace descubrir más fácilmente su presencia. Dice el filósofo francés Jean Guitton que el cardenal Richelieu oraba frecuentemente a Dios para que lo liberara de sus repetitivos y molestos dolores de cabeza, que le impedían el trabajo y aún la oración y la reflexión; y añade Jean Guitton que si Richelieu hubiese tenido a mano uno de esos potentes analgésicos de los que se dispone hoy, el Cardinal de France no habría tal vez practicado la oración tan frecuentemente. Pero en nuestro caminar cotidiano, ahora más que nunca, a pesar de los analgésicos, los tratamientos siquiátricos y toda la parafernalia de las técnicas modernas, el desierto está ahí de todas maneras y, de vez en cuando tenemos que atravesarlo, constatando nuestra impotencia y nuestra nulidad. Y es ahí cuando debemos aprovechar la ocasión de levantar los ojos al cielo para comprender que, si queremos seguir dando sentido a nuestra existencia, debemos descubrir, redescubrir constantemente, la presencia de Dios, tarea que se hace menos difícil en el desierto.

Como se ha dicho más arriba, si mis notas y mi comprensión son correctas, esta fue la idea principal, evidente sin duda, que nos quiso transmitir el P. López Azpitarte. Y sin embargo, esta idea me parece encerrar un peligro grave. Un peligro que se puso de manifiesto en la reflexión sobre el desierto que es el libro del Éxodo.

Tomando el mismo ejemplo que él nos citaba en sus tres predicaciones cuaresmales, intentaré aquí comprender (es decir intentaré dar una interpretación) del episodio del becerro de oro, tan bellamente interpretado por Arnold Schömberg con la música de su ópera Moisés y Aarón.

El pueblo está atravesando el desierto, es decir, como justamente explica el P. López Azpitarte, está haciendo la experiencia de su impotencia ente la ausencia de recursos en el páramo. Es casi imposible encontrar agua, y con la excepción de bandadas de codornices que caen del cielo sólo ocasionalmente, el alimento falta casi totalmente, cruelmente; Moisés, que representaba el liderazgo en el que, como frecuentemente ocurre, se depositaba la confianza para resolver todos los problemas, ha desaparecido en el monte desde hace un par de semanas ¿Qué sentido tiene entonces haber salido de Egipto? ¿Qué sentido puede darse a este deambular por la desolación, siempre a dos pasos de la muerte? Ese Yahvé en el que parecíamos confiar se ha llevado a nuestro líder, no sabemos donde, dejándonos en una situación perfectamente absurda.

Y, como dice acertadamente Viktor Frankl, el gran siquiatra vienés, maestro absoluto en este tema, el hombre (individual y colectivamente) tiene una imperiosa e ineludible necesidad de sentido. El filósofo francés de origen Lituano Emmanuel Lévinas hablará incluso de voluntad de sentido. Así es que estamos condenados a la búsqueda del sentido, sin él, segun Viktor Frankl, caemos en la angustia, en la depresión o, peor aún, en la total enajenación de la locura; y, como para los israelitas el Yahvé que los sacó de Egipto no es ya capaz de dar sentido a sus vidas, a su posición en medio del desierto, buscan, para remedar su angustia, otra solución que resuelva su problema; carentes del supermercado religioso que se ofrece hoy a nuestro consumismo espiritual, no les queda otra solución que la de construirse un ídolo a semejanza de lo que hacen todos los pueblos que los rodean.

En mi modesta opinión, este ejemplo es paradigmático. Si nuestro sentido religioso procede, como el P. López Azpitarte parece sugerirlo, de nuestra necesidad de dar sentido a las cosas, empezando por nosotros mismos, según los testimonios de Frankl o Lévinas, se corre el gran peligro de que, instalados en nuestra religiosidad, más o menos auténtica, la pérdida ocasional (pero pronto o tarde inevitable) del sentido nos haga buscar inmediatamente otro tipo de soluciones. Según mi limitada experiencia, debemos buscar a Dios incluso en el desierto del sentido o, según la expresión de nuestro más grande místico español, en la noche oscura del sentido.

Por supuesto que tamaña idea no puede ser mía. Quien haya tenido la ocasión (la oportunidad, el privilegio, diría yo) de haber leído el libro de Brian Kolodiejchuk sobre la noche oscura de la beata Teresa de Calcuta, puede comprender de qué estoy hablando. En el libro se describe como la hermana Teresa vivió, durante veinte años al menos, entregada cuerpo y alma a los más pobres entre los pobres en una labor extenuante, rodeada de miseria y de muerte, dando todo por un Dios de cuya existencia ya no estaba muy segura y que, en todo caso, lo vivía como extremamente lejano ¿Hay mayor tormento que dar toda su vida por el amor de un dios que se convierte de repente en un desconocido? ¿Existe una mayor carencia de sentido?

Soeur Emmanuelle, que es a madre Teresa lo que el Cairo es a Calcuta , comenta que, como todas la almas verdaderamente dadas a Dios, ella también tuvo que sufrir varios años la sensación de alejamiento, de rechazo de Dios y por ende de la falta de sentido de todo lo que hacía, de toda su vida, de todo su sacrificio; pero habría encontrado absolutamente por encima de sus fuerzas, pasar toda su vida por ese desierto del sentido por el que pasó el premio Nobel de la paz 1979.

Nuestro ideal cristiano nos impele a ir más allá de nuestra propia manera de ser profunda. Baruch Spinoza decía que el hombre es libre cuando no tiene más limitaciones que las que se derivan de su propia naturaleza; pero nosotros los cristianos somos más ambiciosos, aspiramos a la libertad que vaya incluso más allá de nuestra pobre naturaleza humana, y de ahí tanto escándalo en el mundo frente a, por ejemplo, la obediencia, el celibato, el martirio, etc. Del mismo modo pretendemos que nuestra fe supere la propia naturaleza imperativamente necesitada del sentido. Lo saben o lo sabían muy bien San Juan de la Cruz, santa Teresa de Lisieux, Soeur Emmanuelle, la beata Teresa de Calcuta y tanto otros.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez

La Tour-de-Peilz (Suiza), 22 de Marzo del 2010

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