domingo, 5 de abril de 2009


Mete tu mano en mis llagas

y da rienda suelta a tu esperanza

Le plus difficile c’est d’espérer.
Jean Gitton, Mon testament philosophique.

La historia del Mellizo es demasiado conocida como para que nos pongamos ahora a contarla, a volverla a contar. Hasta quienes no ha leído nunca el evangelio nos dicen a los que queremos comprobarlo siempre todo: No me seas santo Tomás, si no lo veo no lo creo. Y se prefiere la respuesta del Señor: Bienaventurados los que creen sin ver.

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El filósofo francés (y cristiano) Jean Guitton escribió un libro extraordinario, desgraciadamente agotado en su traducción castellana, Mi testamento filosófico; como resumen de uno de sus capítulos principales trae a colación la cita: Lo más difícil es esperar. No sé si será debido a mis propios pecados de orgullo, pero siempre he estado convencido de que el problema de Tomás, El Mellizo, no fue tanto un problema de fe, cuanto un problema de esperanza.

Me explico: en el Renacimiento, al alba de la revolución científica, se esperaba en Europa que todos los problemas de la humanidad quedarían resueltos por la ciencia. El hambre, las enfermedades, las situaciones de indigencia, orfandad, viudez etc. quedarían superadas, dejarían de afligir a la humanidad en cuanto la ciencia encontrara la solución adecuada, cosa que se lograría con el tiempo, dada la nueva actitud positiva con respecto a los problemas naturales.

Siglos después, vista la inoperancia en la vida de los logros de la ciencia, la esperanza volvió a serlo en las revoluciones sociales. En Europa las gentes se percataron de que no era suficiente generar riqueza, de que no era bastante encontrar vacunas y medicamentos eficaces, sino que era aún preciso que la riqueza generada llegase a quien la necesitaba, en el lugar en el que se encontraba y en el momento oportuno. Así, el liberalismo pasó a ser la aparente solución en el extremo occidente: bastaba dejar jugar libremente las fuerzas del individualismo para que el sistema se autoorganizase; la esperanza pasó a ser ideológica. En la Europa central, ocurrió también un fenómeno análogo, la esperanza en la ideología, aunque en una ideología que primaba el valor de la raza propia y la exclusión de las razas distintas como clave para superar las dificultades de la vida. En el oriente europeo fue más bien la ideología revolucionaria social la que hizo pensar a los hombres que el paraíso en la tierra estaba al alcance de la mano.

Pero las ideologías fracasaron con hecatombes inimaginables unos años antes e hicieron que Europa se percatase de que tampoco allí se encontraba la salvación buscada. Entonces, como ocurre la mayor parte de las veces cuando todas las tentativas fracasan, se cayó en la depresión colectiva. En esta nueva fase, como en las anteriores, hubo profetas de visión larga que dijeron un siglo antes lo que después diría todo el mundo por la calle. En este caso fue Nietzsche, el profeta del nihilismo el que predicó que no hay solución, que el Hombre es un esfuerzo inútil (Sartre) y que, al máximo, lo único que se puede hacer es levantar la cabeza dando la cara al destino y a la tragedia: intentar ser un héroe en medio del caos, un superhombre quizá.

Tampoco este punto de vista, típico de los años del existencialismo, tuvo mucho éxito, con la que al día de hoy nos encontramos en un ambiente en el que la solución al problema de la esperanza es lo que Gianni Vattimo llama el nihilismo sin tragedia. Es verdad – dicen – que el hombre y el cosmos son un afán sin sentido, así es que sigamos el consejo de Horacio “carpe diem”, vivamos el momento presente y degustemos la cerveza, las tapitas, una mujer sonriente, el utilitario de moda y las vacaciones pagadas. Es verdad que al final nos esperan la decrepitud, la muerte y la corrupción, pero eso será mañana, hoy voy a tratar de pasármelo en grande.

Y uno se pregunta ¿tan difícil es esperar? Y uno mira hacia su interior (y a su alrededor) y ve que, efectivamente, es difícil.

Fijémonos bien: los apóstoles habían convivido con Jesús de Nazaret, y habían creído en él. Lo habían seguido, lo habían dejado todo, las redes, la barca y lo demás y habían dado testimonio de su fe. Habían creído a fondo, no con una fe aparente.

Claro que la fe va indisolublemente unida a la esperanza (a la caridad también pero ese no es hoy nuestro tema). No se puede creer en el evangelio (¡la buena noticia!) sin esperanza, ni se puede esperar en la salvación por la buena noticia sin creer en ella, eso es cierto.

Pero no es menos cierto que no todos los artículos de la fe están igualmente ligados con la esperanza. En estos tiempos de Semana Santa se hace mucho hincapié incluso pública y popularmente, en la fe en la pasión y muerte de Cristo, pero este artículo de fe no parece estar demasiado ligado a la esperanza sino más bien a la decepción.

Y así, después de la pasión, llegamos a la madrugada del domingo de pascua. Y ahí sí que para creer hay que esperar y viceversa. Y se ve enseguida: en este tema preciso los apóstoles (y los cristianos de a pie entre los que me cuento) empiezan a tener serias dificultades.

Los antiguos decían: Docendo discens, es decir el que enseña es el que más aprende, y eso es lo que me ha ocurrido muchas veces a mí durante mis años de catequista. Cuando explicaba a los niños mi asombro al ver que María Magdalena no reconoce a Jesús resucitado, una niña apenas adolescente me dijo: “A mí no me sorprende nada, era demasiado bonito para ser verdad”. Y en esa frase, demasiado bonito para ser verdad, se sintetiza muy bien nuestra dificultad. Jean Guitton estaba en lo cierto: lo más difícil es la esperanza.

La misma historia, aún más clara la vemos en los discípulos de Emaús: su corazón ardía (son sus mismas palabras) cuando el resucitado les explica que la cruz no está reñida con la esperanza, es más está muy ligada a ella. En el fondo estaban ya convencidos, y si se hubiese tratado de creer en una desgracia, habrían ya dado su asentimiento aunque se tratase de algo increíble, pero ¿creer en la esperanza? No, eso es demasiado bonito para ser verdad.

Y así llegamos al caso que nos ocupa. El Mellizo, como uno más de los doce, ha creído ya en su señor. Y ha dado las pruebas de ello, lo ha seguido, lo ha dejado todo, ha creído en la confesión de Pedro cuando ha afirmado que Jesús es el mesías. Pero cuando Pedro y los demás le dicen que han visto vivo al Señor, Tomás, que no es más incrédulo que los otros once, dice que no se fía. Y no se fía, en mi opinión, porque es algo demasiado bello para ser verdad, porque creer en este hecho equivale a esperar y eso es lo más difícil.

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Es duro esperar, más que creer, mucho más que amar. Quizá la esencia misma del cristianismo sea la esperanza cristiana, lo dice Benedicto XVI: hemos sido salvados en la esperanza. Ciertos no cristianos creen, algunos aman, otros (cada vez menos) esperan en la revolución, algunos (todavía) esperan en que la ciencia resolverá todos sus problemas. Sólo los cristianos (algunos con terrible dificultad a causa del orgullo) esperamos en Él.

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez
Granada, 5 de abril de 2009


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