lunes, 15 de junio de 2009

Orar es Morir un Poco
explicación de una idea del P. Henri Caffarel fundador de los ENS

En nuestra cultura se considera una obscenidad hablar de la muerte. Una obscenidad, sí ¿Qué es en realidad una obscenidad? Algo que todo el mundo sabe que existe pero de lo que no es correcto hablar. Nadie habla de los detalles de sus deposiciones ¿no? es una impudicia, aunque todo el mundo sabe; nadie habla de la muerte ¿no? es la misma idea, la misma situación, simplemente una obscenidad distinta.

Por eso, cuando una mujer de oración le dijo al padre Caffarel que “…desde hacía 60 años, oraba igual que moría…”, el fundador de los ENS, como confiesa él mismo en su libro, tuvo un momento de inquietud. Y ese estado de ánimo preocupado aumentó cuando oyó la continuación: “…y pienso morir como en mi oración…”.

Incluso alguien con la experiencia de vida interior como el P. Caffarel se vio en mala posición ante tamaña expresión. Lo inusitado de la misma hacía, que el fundador de los ENS temiera encontrarse delante de un caso de desviado misticismo o por lo menos de un estado morboso.

El mismo autor nos cuenta que, unos años más tarde, cuando recibió la noticia de la muerte de su dirigida, se dijo que era imposible en un caso así estar triste, el P. Caffarel estaba seguro de que había muerto en la alegría.

¿Que había ocurrido para que nuestro autor hubiera cambiado de opinión de una manera tan radical? Había ocurrido – simplemente – que el P. Caffarel había comprendido lo que aquel alma quería decir.

Su dirigida le había confesado que la clave del enigma no podía ser más simple: bastaba pensar en la muerte de Cristo, nuestro modelo de vida (y de muerte). “Padre, ¡Oh Padre! En tus manos encomiendo mi espíritu” fueron sus últimas palabras, palabras del salmo 31 que expresan el abandono total, la entrega íntima, la donación suprema, la obediencia absoluta, la abnegación sin límites, la renuncia a todo lo que se posee incluyendo lo más propio que el hombre (que Dios) posee de sí mismo: su espíritu.

Ahora bien ¿cómo se puede orar, verdaderamente orar, sin este estado de renuncia total de sí? Lo importante de la oración no es mi colaboración con Dios sino, por el contrario, la presencia de Dios en mi vida. Es Él el eje y el centro de mi oración, y si uno no renuncia a todo lo que posee, si uno no se hace despojar de sus vestiduras (ejemplo y símbolo de lo que nos cubre interiormente) no se puede hacer verdadera oración. Sí, Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu es, en efecto, la única oración posible, o por lo menos la única cosa que podemos aportar, hacer el vacío para que Dios lo llene a su modo.

Pero no basta encomendar, es necesario abandonar, renunciar a todo control, a toda propiedad, no sólo sobre las propias vestiduras sino sobre su propio espíritu. Alguien que conozco ha convertido esta idea en una especie de letanía a partir de las palabras del salmo 31: Padre, en tus manos abandono mi cuerpo; Padre, en tus manos abandono mi alma; Padre en tus manos abandono mi espíritu…

Si nuestra oración diaria se asemejase a la de la persona – que permanece anónima por razones obvias – descrita por Henri Caffarel, la hora de nuestra muerte sería, así de simple, el momento inicial de una oración más.

Según una idea de Henri Caffarel, Nouvelles lettres sur la prière
Transcripción de Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 15-Junio-MMIX


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