Id y aprended lo que significa :
Misericordia quiero, no Sacrificios
En el nuevo testamento (NT) se encuentran muy a menudo diversos pasajes con una significación profunda parecida a la que nos sirve de título, pero también en el AT se encuentran alusiones a la misma idea y, en realidad, la cita del NT no es sino una referencia indirecta al AT (Os 6.6). Se trata pues de una característica propia del espíritu profético del monoteísmo, como nos aprestamos a ilustrar.
*** *** ***
Todos los intérpretes de la Biblia son acordes en determinar la vocación de los patriarcas, y en particular la de Abrahán como el principio de la acción salvadora de Dios a favor de la raza humana. Los patriarcas son la etapa de la promesa, un pueblo grande surgirá de ellos y a ese futuro pueblo Dios dará una tierra. Pero para multiplicar la descendencia de Abrahán y crear un pueblo, hace falta tiempo, y de esta manera, la promesa queda como entre paréntesis durante algunos siglos. Desgraciadamente, y dado lo olvidadizos que los humanos tenemos tendencia a ser, cuando al fin existe un pueblo, con el que el Señor pueda firmar una alianza, el recuerdo de la promesa es ya un tanto vago. No es más el tiempo de patriarcas a los que se promete un futuro esplendente, sino tiempo de profetas, que hablarán en nombre de Dios indicando el camino a seguir hasta conquistar la tierra prometida y, sobre todo, los términos de la alianza entre Dios y su pueblo y, entre ellos, el más grande, aquel que, según la Biblia, no fue nunca más emulado por profeta alguno: Moisés.
Y así, entre Dios y el pueblo escogido, con Moisés como intermediario, se inicia una relación, un pacto, un acuerdo: una alianza.
Esta alianza consta de unos pocos puntos esenciales, que se pueden incluso escribir en una única tabla de piedra (los tres primeros mandamientos) y una pléyade de otras cuestiones más comunes con los pueblos que rodean a Israel, y por ende, menos características, menos propias de lo que Dios pide exclusivamente a este pueblo y que luego pedirá a toda la humanidad. Porque la mayoría de los términos son comunes a las etnias de la región. Pero el que haya un solo Dios que adorar en Israel, que haya que reverenciarlo hasta el punto de no hacerse imágenes del mismo y cuyo nombre apenas pueda ser pronunciado, y que haya un sábado que respetar, son tres elementos determinantes de una alianza única en la historia del género humano. Honrar a los padres, no matar, no cometer adulterio y no robar, no desear los bienes del prójimo: ni su casa, ni su asno, ni su mujer… etc. son verdades que, hablando con propiedad, no son características de la alianza, pues que todos los pueblos colindantes conocen, desde unos pocos milenios antes, códigos con el mismo o similar contenido.
Esta alianza, en lo esencial tan simple, no es suficiente para determinar el comportamiento del hombre religioso en el día a día de un pueblo tan numeroso. Como el génesis nos informa, se hace necesario enseguida nombrar jueces de diez, de ciento y de mil para juzgar los problemas cotidianos, es decir se hace necesario crear poco a poco una inevitable superestructura, que irá creciendo paulatinamente, rica de normas, preceptos y prohibiciones más o menos puntillosos, no siempre imprescindibles pero de desarrollo inevitable, que acaba por hacer difícil el discernir qué es lo esencial y qué lo accesorio de la alianza con Dios después de unos siglos.
Según los evangelios, una de las características propias de la enseñanza de Jesús de Nazaret es la deconstrucción de toda esta superestructura que con los años ha resultado ser un lastre en vez de un símbolo de la alianza.
El concepto de deconstrucción fue creado por el filósofo francés Jacques Derrida para describir el proceso seguido por Descartes, descrito en la Primera Meditación de dicho autor; proceso que se caracteriza por poner en tela de juicio todas las “certezas” recibidas durante una educación dominada por una tradición no demasiado crítica. Según el filósofo francés todo, absolutamente todo, fue puesto en tela de juicio para poder estar absolutamente seguro de la solidez de las conclusiones a las cuales se habría de llegar, después de la tarea de deconstrucción descrita. Ya Wittgenstein puso de relieve como la crítica cartesiana no puso ni mucho menos en duda todo lo que el filósofo de La Haye había recibido y Anthony Kenny pone de relieve como la última obra de Wittgenstein (Sobre la Certeza) demuestra sin la menor sombra de duda, que no todo puede ponerse en tela de juicio, pues que para dudar de algo es necesario basarse, apoyarse en alguna certeza, y en este caso, aquello de lo que el filósofo no sospechó en dudar, fue la validez del lenguaje. Poner en tela de juicio todo absolutamente es un contrasentido, no es una deconstrucción sino una simple destrucción.
Es evidente que muchas de las palabras del evangelio son una deconstrucción de una u otra superestructura del judaísmo farisaico, esclavo de ‘las tradiciones de los padres’ que preferían ciertamente el sacrificio externo al amor de Dios, hasta el extremo de que se daba el mismo valor a detalles de la superestructura añadida con el tiempo, como ciertas abluciones en momentos precisos, que a lo esencial de la alianza entre Dios y su pueblo. Los ejemplos que ilustran esta afirmación abundan:
La cita que nos sirve de título se encuentra en dos pasajes del evangelio de Mateo. La primera ‘misericordia quiero y no sacrificios’ (Mt 9,13) se completa con la segunda ‘conocimiento de Dios más que holocaustos’ (Mt 12,7) puesto que ambas forman la cita original de Oseas, con la variante de que en vez de ‘misericordia’ el profeta de los trabajadores dice más bien ‘amor’ en un sentido que parece ser algo así como amor misericordioso. Pero en Mateo encontramos un sinfín de citas de este tipo, lo que haría fastidioso enumerarlas exhaustivamente, citemos sólo (Mt 7,21) ‘No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino, sino aquel que cumpla la voluntad de mi padre…’ lo cual está en línea con la cita inicial y que podría ser completada con todos aquellos pasajes que comienzan con ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos…’ y que se completan con el ‘…pero yo os digo…’. En Lucas encontramos también muchas alusiones a la misma idea. Una pequeña muestra muy gráfica sin embargo: ‘…nadie rasga un manto nuevo para poner un remiendo a uno viejo…’. Igualmente en Juan, un evangelio poco propicio a esta clase de reflexiones: ‘…llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre… los que e le dan culto lo han de hacer en espíritu y en verdad.’ (Jn 5,36)
Nótese que, como dice un estudioso del AT, José Luís Sicre s.i., los sacrificios y holocaustos no son parte de la alianza primitiva, pues que la generación que suscribió dicha alianza era todavía un pueblo nómada o seminómada en el desierto, no un pueblo agrícola asentado en la tierra prometida, el único para el que resulta posible e imaginable el sacrificio cruento de sus animales.
Pero el campeón de la deconstrucción del judaísmo farisaico, de la ‘Ley’ como él lo llama, es sin duda san Pablo, el apóstol de los gentiles, surgido él mismo de la filas del judaísmo y fariseo.
En este caso, es totalmente imposible hacer una lista exhaustiva de las citas en la que el apóstol deconstruye el judaísmo, sería necesario reproducir la práctica totalidad de su obra. Citemos acaso como muestra un pasaje de la carta a los Gálatas en la que Pablo caracteriza la actitud de los que se aferran a las minucias de la tradición en un modo particularmente duro: ‘La ley me ha dado muerte’ (Gal 2.19) dice. Y cuando, en la misma carta, cuenta lo que los apóstoles considerados como las columnas de la naciente iglesia le han impuesto como única carga dice: ‘…una sola cosa me pidieron, y es que me acordara de sus pobres, y esto lo he tomado muy a pecho.’ (Gal 2.10).
Por supuesto, una vez más, a penas terminada esta deconstrucción, se inicia una nueva construcción de superestructura distinta, es verdad, de la anterior, pero no por ello menos ajena al núcleo fundamental de la verdad proclamada por Jesucristo en la nueva alianza.
Y también una vez más, se dan en la historia de la iglesia periódicas deconstrucciones, más o menos parciales, de superestructuras que envejecen con el tiempo. Las verdades fundamentales no envejecen, pero la tentación farisaica de confundir el núcleo esencial con la superestructura es algo perenne en la historia de cualquier sociedad, incluida la de la iglesia. Es el fenómeno que nosotros llamamos ‘efecto de halo’ porque extiende el brillo de la trascendencia y de la verdad inalterable más allá de lo verdaderamente esencial hacia lo secundario y que se observa en la evolución de, entre otras, las sociedades revolucionarias una vez pasado el entusiasmo primigenio, por necesidades inevitables de un funcionamiento ordenado de una sociedad amplia, no restringida al núcleo inicial y restringido de los primeros adeptos.
Se trata justamente del papel del profetismo, que nos recuerda constantemente que es necesario deconstruir las superestructuras si no queremos esclerotizar el conjunto. La cita de Jesús es precisamente de alguien que quiere volver a lo esencial, la del profeta Oseas, con lo que implícitamente asume nuestro salvador que alguien había ya señalado esta necesidad.
No es aquí el caso de interpretar toda la historia de la iglesia en base a esta clave. Podríamos citar el caso del franciscanismo, surgido como una llamada de atención al retorno al espíritu de pobreza, la primera de las bienaventuranzas, que suponemos que Mateo comprendió como la más importante de las mismas al ponerla en cabeza. Se trata, pues de una deconstrucción parcial, algo que se refiere solamente a un aspecto aunque esencial del cristianismo: el espíritu de pobreza fundamentalmente. La deconstrucción franciscana implica ciertamente otros puntos, pero no todos, y el citado es ciertamente el más importante.
Más radical es, por supuesto, la deconstrucción de la reforma en el renacimiento. Lutero en Alemania, Calvino, Zwingli y Vadian en Suiza, junto con tantos otros, realizaron una necesaria deconstrucción de elementos superestructurales añadidos, a menudo en el medioevo, y que era necesario suprimir por haber quedado obsoletos en el renacimiento. En opinión de muchos, los reformadores tiraron el bebé con el agua del baño, como suele decirse, podando parte de lo esencial al querer recortar lo accesorio, pero su acción nos sirve aquí para ilustrar esta actitud decontructiva necesaria, como lo demuestra el caso de que la misma jerarquía eclesiástica realizó su propia deconstrucción, más moderada ésta que aquella, con el nombre de contrareforma.
En nuestros días, el concilio Vaticano II, un ‘aggiornamento’, una puesta al día en palabras del papa Pablo VI, es indudablemente una ‘poda’ de aspectos superestructurales de la práctica católica; deconstrucción ciertamente, insuficiente para algunos, excesiva para otros.
Y así, entre Dios y el pueblo escogido, con Moisés como intermediario, se inicia una relación, un pacto, un acuerdo: una alianza.
Esta alianza consta de unos pocos puntos esenciales, que se pueden incluso escribir en una única tabla de piedra (los tres primeros mandamientos) y una pléyade de otras cuestiones más comunes con los pueblos que rodean a Israel, y por ende, menos características, menos propias de lo que Dios pide exclusivamente a este pueblo y que luego pedirá a toda la humanidad. Porque la mayoría de los términos son comunes a las etnias de la región. Pero el que haya un solo Dios que adorar en Israel, que haya que reverenciarlo hasta el punto de no hacerse imágenes del mismo y cuyo nombre apenas pueda ser pronunciado, y que haya un sábado que respetar, son tres elementos determinantes de una alianza única en la historia del género humano. Honrar a los padres, no matar, no cometer adulterio y no robar, no desear los bienes del prójimo: ni su casa, ni su asno, ni su mujer… etc. son verdades que, hablando con propiedad, no son características de la alianza, pues que todos los pueblos colindantes conocen, desde unos pocos milenios antes, códigos con el mismo o similar contenido.
Esta alianza, en lo esencial tan simple, no es suficiente para determinar el comportamiento del hombre religioso en el día a día de un pueblo tan numeroso. Como el génesis nos informa, se hace necesario enseguida nombrar jueces de diez, de ciento y de mil para juzgar los problemas cotidianos, es decir se hace necesario crear poco a poco una inevitable superestructura, que irá creciendo paulatinamente, rica de normas, preceptos y prohibiciones más o menos puntillosos, no siempre imprescindibles pero de desarrollo inevitable, que acaba por hacer difícil el discernir qué es lo esencial y qué lo accesorio de la alianza con Dios después de unos siglos.
Según los evangelios, una de las características propias de la enseñanza de Jesús de Nazaret es la deconstrucción de toda esta superestructura que con los años ha resultado ser un lastre en vez de un símbolo de la alianza.
El concepto de deconstrucción fue creado por el filósofo francés Jacques Derrida para describir el proceso seguido por Descartes, descrito en la Primera Meditación de dicho autor; proceso que se caracteriza por poner en tela de juicio todas las “certezas” recibidas durante una educación dominada por una tradición no demasiado crítica. Según el filósofo francés todo, absolutamente todo, fue puesto en tela de juicio para poder estar absolutamente seguro de la solidez de las conclusiones a las cuales se habría de llegar, después de la tarea de deconstrucción descrita. Ya Wittgenstein puso de relieve como la crítica cartesiana no puso ni mucho menos en duda todo lo que el filósofo de La Haye había recibido y Anthony Kenny pone de relieve como la última obra de Wittgenstein (Sobre la Certeza) demuestra sin la menor sombra de duda, que no todo puede ponerse en tela de juicio, pues que para dudar de algo es necesario basarse, apoyarse en alguna certeza, y en este caso, aquello de lo que el filósofo no sospechó en dudar, fue la validez del lenguaje. Poner en tela de juicio todo absolutamente es un contrasentido, no es una deconstrucción sino una simple destrucción.
Es evidente que muchas de las palabras del evangelio son una deconstrucción de una u otra superestructura del judaísmo farisaico, esclavo de ‘las tradiciones de los padres’ que preferían ciertamente el sacrificio externo al amor de Dios, hasta el extremo de que se daba el mismo valor a detalles de la superestructura añadida con el tiempo, como ciertas abluciones en momentos precisos, que a lo esencial de la alianza entre Dios y su pueblo. Los ejemplos que ilustran esta afirmación abundan:
La cita que nos sirve de título se encuentra en dos pasajes del evangelio de Mateo. La primera ‘misericordia quiero y no sacrificios’ (Mt 9,13) se completa con la segunda ‘conocimiento de Dios más que holocaustos’ (Mt 12,7) puesto que ambas forman la cita original de Oseas, con la variante de que en vez de ‘misericordia’ el profeta de los trabajadores dice más bien ‘amor’ en un sentido que parece ser algo así como amor misericordioso. Pero en Mateo encontramos un sinfín de citas de este tipo, lo que haría fastidioso enumerarlas exhaustivamente, citemos sólo (Mt 7,21) ‘No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino, sino aquel que cumpla la voluntad de mi padre…’ lo cual está en línea con la cita inicial y que podría ser completada con todos aquellos pasajes que comienzan con ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos…’ y que se completan con el ‘…pero yo os digo…’. En Lucas encontramos también muchas alusiones a la misma idea. Una pequeña muestra muy gráfica sin embargo: ‘…nadie rasga un manto nuevo para poner un remiendo a uno viejo…’. Igualmente en Juan, un evangelio poco propicio a esta clase de reflexiones: ‘…llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre… los que e le dan culto lo han de hacer en espíritu y en verdad.’ (Jn 5,36)
Nótese que, como dice un estudioso del AT, José Luís Sicre s.i., los sacrificios y holocaustos no son parte de la alianza primitiva, pues que la generación que suscribió dicha alianza era todavía un pueblo nómada o seminómada en el desierto, no un pueblo agrícola asentado en la tierra prometida, el único para el que resulta posible e imaginable el sacrificio cruento de sus animales.
Pero el campeón de la deconstrucción del judaísmo farisaico, de la ‘Ley’ como él lo llama, es sin duda san Pablo, el apóstol de los gentiles, surgido él mismo de la filas del judaísmo y fariseo.
En este caso, es totalmente imposible hacer una lista exhaustiva de las citas en la que el apóstol deconstruye el judaísmo, sería necesario reproducir la práctica totalidad de su obra. Citemos acaso como muestra un pasaje de la carta a los Gálatas en la que Pablo caracteriza la actitud de los que se aferran a las minucias de la tradición en un modo particularmente duro: ‘La ley me ha dado muerte’ (Gal 2.19) dice. Y cuando, en la misma carta, cuenta lo que los apóstoles considerados como las columnas de la naciente iglesia le han impuesto como única carga dice: ‘…una sola cosa me pidieron, y es que me acordara de sus pobres, y esto lo he tomado muy a pecho.’ (Gal 2.10).
Por supuesto, una vez más, a penas terminada esta deconstrucción, se inicia una nueva construcción de superestructura distinta, es verdad, de la anterior, pero no por ello menos ajena al núcleo fundamental de la verdad proclamada por Jesucristo en la nueva alianza.
Y también una vez más, se dan en la historia de la iglesia periódicas deconstrucciones, más o menos parciales, de superestructuras que envejecen con el tiempo. Las verdades fundamentales no envejecen, pero la tentación farisaica de confundir el núcleo esencial con la superestructura es algo perenne en la historia de cualquier sociedad, incluida la de la iglesia. Es el fenómeno que nosotros llamamos ‘efecto de halo’ porque extiende el brillo de la trascendencia y de la verdad inalterable más allá de lo verdaderamente esencial hacia lo secundario y que se observa en la evolución de, entre otras, las sociedades revolucionarias una vez pasado el entusiasmo primigenio, por necesidades inevitables de un funcionamiento ordenado de una sociedad amplia, no restringida al núcleo inicial y restringido de los primeros adeptos.
Se trata justamente del papel del profetismo, que nos recuerda constantemente que es necesario deconstruir las superestructuras si no queremos esclerotizar el conjunto. La cita de Jesús es precisamente de alguien que quiere volver a lo esencial, la del profeta Oseas, con lo que implícitamente asume nuestro salvador que alguien había ya señalado esta necesidad.
No es aquí el caso de interpretar toda la historia de la iglesia en base a esta clave. Podríamos citar el caso del franciscanismo, surgido como una llamada de atención al retorno al espíritu de pobreza, la primera de las bienaventuranzas, que suponemos que Mateo comprendió como la más importante de las mismas al ponerla en cabeza. Se trata, pues de una deconstrucción parcial, algo que se refiere solamente a un aspecto aunque esencial del cristianismo: el espíritu de pobreza fundamentalmente. La deconstrucción franciscana implica ciertamente otros puntos, pero no todos, y el citado es ciertamente el más importante.
Más radical es, por supuesto, la deconstrucción de la reforma en el renacimiento. Lutero en Alemania, Calvino, Zwingli y Vadian en Suiza, junto con tantos otros, realizaron una necesaria deconstrucción de elementos superestructurales añadidos, a menudo en el medioevo, y que era necesario suprimir por haber quedado obsoletos en el renacimiento. En opinión de muchos, los reformadores tiraron el bebé con el agua del baño, como suele decirse, podando parte de lo esencial al querer recortar lo accesorio, pero su acción nos sirve aquí para ilustrar esta actitud decontructiva necesaria, como lo demuestra el caso de que la misma jerarquía eclesiástica realizó su propia deconstrucción, más moderada ésta que aquella, con el nombre de contrareforma.
En nuestros días, el concilio Vaticano II, un ‘aggiornamento’, una puesta al día en palabras del papa Pablo VI, es indudablemente una ‘poda’ de aspectos superestructurales de la práctica católica; deconstrucción ciertamente, insuficiente para algunos, excesiva para otros.
*** *** ***
A mi modesto entender, nos es necesaria en la iglesia una constante actitud de vigilancia de deconstrucción, razonable pero tenaz, que, podando superestructuras ya innecesarias heredadas de tiempos pasados, en los que quizá fueron útiles, nos den una mejor imagen de lo esencial, que es imperecedero; y a aquellos que no tenemos capacidad alguna de construcción ni deconstrucción, nos es necesaria la misma constante actitud de discernimiento, para que prefiramos siempre la misericordia al sacrificio.
Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez
Granada, 10 de febrero de 2009
Granada, 10 de febrero de 2009

Estoy de acuerdo.
ResponderEliminarEsperemos que aparezcan deconstructores para nuestra Iglesia porque lo que habitualmente se percibe es que la superestructura, muy consolidada, se va reforzando cada vez más y al final no va a haber quien la deconstruya, y llegará un momento en que la superestructura sea tan robusta que se vendrá abajo ella sola (y esto se muestra cada vez más venidero). Es como una ciudad devastada por la guerra que vuelve a alzarse sobre sus ruinas y parece nuevamente estar en guerra para volver a derruirse y volver a alzarse, y así sucesivamente. Se hace evidente que la historia se repite porque los hombres somos tan tercos que nos negamos a reconocer que las cosas van mal y deben enfocarse de otro modo.
ResponderEliminar