jueves, 12 de febrero de 2009



Padre, que estás en el Cielo,

Santificado sea tu Nombre


Estas primeras palabras del padrenuestro están tan analizadas, tan estudiadas, tan profundizadas, que parece imposible escribir nada nuevo sobre ellas, que no haya ya dicho San Cipriano de Cartago, Orígenes, San Agustín o Santa Teresa de Jesús, por no citar más que unos pocos.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los comentarios, por no decir su totalidad, está centrada en lo inaudito, a la vez que en el gozo, de la afirmación de que Dios es nuestro padre, según la revelación de nuestro señor Jesucristo. Como veremos más abajo, puede observarse a lo largo de la historia de la Iglesia una tendencia a poner cada vez más de relieve una paternidad divina concebida, sin duda como un intenso y positivo afecto paternal, pero también como una especie de familiaridad, de igualación de niveles entre Dos y el hombre, acaso coincidiendo con la evolución del concepto de padre, desde un punto de vista más autoritario y desigual, hacia una percepción casi de compañerismo y amistad. Hace dos generaciones, en mi familia se hablaba de usted a los padres, ¡Imaginémonos hace sesenta generaciones! (las que nos separan de los tiempos en los que nuestro Señor dio a sus discípulos el padrenuestro).

Pero hoy quisiera poner de relieve un aspecto diferente, casi opuesto, que me parece importante para contrarrestar esa tendencia que veo clara a lo largo de la historia de la Iglesia. Una tendencia que yo no contesto, que respeto, pero que creo que, por lo menos, conviene explicitar, para que no se vuelva “obligatoria”, inevitable; para que no se pierda la riqueza de otras ideas alternativas e igualmente posibles. Me explico:

Es frecuente (por no decir que es siempre el caso) encontrar en el antiguo testamento (AT) pasajes en los que se subraya el carácter absolutamente trascendente del Nombre de Dios, de su naturaleza fuerte, impetuosa, hasta el punto de considerarlo como algo peligroso, algo de lo que la prudencia nos aconseja mantenernos lejano. Es sabido que el nombre de YHVH no se pronuncia con ligereza entre los judíos, a veces no se dice en absoluto. Los judíos de la dispersión helénica lo llaman el tetragrámaton, para evitar pronunciarlo expresamente; una especie de eufemismo, “las cuatro letras”. Por supuesto en estas cultura el concepto de nombre es muy distinto del que tiene en las nuestras, el nombre no es simplemente una palabra, un sonido o unos trazos, que designan un ser; el nombre revela la naturaleza íntima del ser mismo: nomen hominem, decían los romanos, algo así como que el nombre determina ya al hombre.
Concebido de esta forma, no es de extrañar que el nombre de Dios sea algo sublime, trascendente, santo, terrible incluso, de lo que es mejor tenerse apartado. Santo, decimos, con un concepto de santidad, una vez más, diferente de lo que hoy día se entiende por tal. En efecto, cuando se habla hoy de algo santo, se piensa normalmente en una santidad moral, en una persona buena o de buen comportamiento. Pero el concepto de bondad moral no es aplicable a Dios como nos dice santo Tomás en su Summa Theologiæ, no es ese el sentido que se da en el AT, cuando se dice que el nombre de Dios es santo, se habla aquí de una santidad, por decirlo así, ontológica en la que la naturaleza de lo santo está muy por encima de la simple naturaleza del mortal, que se sitúa en un plano totalmente diverso.

Existen, por supuesto, antecedentes veterotestamentarios de la idea de paternidad en Dios. Recuérdese el salmo (27, 10) que se pregunta: Si mi padre y mi madre me abandonan, Yahvé me acogerá. Este concepto de maternidad, de ultra-maternidad diríamos, es equivalente al de paternidad, pues que en Dios el concepto de sexo o género no es aplicable.

Pero el concepto de paternidad neotestamentario es, de todas formas, algo radicalmente nuevo. Para darse cuenta de la cesura de conceptos implicada, basta leer ese documento admirable, el más antiguo de los no canónicos, de los no incluidos en el NT, que es la Doctrina de los Doce Apóstoles o Didajé. Mucha gente, incluidos algunos celebrantes tratan con cierta superficialidad este texto, parangonándolo a moniciones más o menos piadosas, que improvisan sobre la marcha, mientras que, creemos, el texto se merece otro trato debido a su antigüedad, a su proximidad a la primera generación apostólica de cristianos. El texto es bien conocido: Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir. Parafraseando, podríamos decir: Vamos a tener la osadía de decir lo que sigue (llamar padre a Dios) pero eso es sólo porque Jesús mismo nos lo había mandado y no tenemos más remedio que obedecer a sus divinas enseñanzas.

Todo ello confirma nuestra impresión (y es algo más que una impresión) de que en los alrededores del siglo primero, el llamar padre a Dios era algo inhabitual, chocante, sospechoso de irreverencia e incluso de pecado contra el segundo mandamiento.

La misma cosa puede decirse hablando de la santidad del Nombre de Dios. Volviendo a nuestra exégesis derásica, encontramos las palabras de Isaías: Santo, santo, santo el Señor Dios Sebaoth. E incluso cuando San Jerónimo traduce la Biblia en latín (la Vulgata) no se atreve a traducir la palabra Sebaoth. La Iglesia, en su prudente transcripción litúrgica del texto bíblico nos recomienda: Santo, santo, santo el señor Dios del universo. Esto es claramente una versión edulcorada de Isaías; ya cuando yo era niño decíamos: Santo, santo, santo el Señor Dios de los ejércitos. Pero está claro que, en los albores del siglo XXI esta alusión al ejército es políticamente incorrecta, sobre todo en España y, en consecuencia, la CEE nos propone el texto aludido.

Mas ni siquiera el Señor Dios de los ejércitos sería una traducción adecuada, recordemos la actitud de San Jerónimo, excelente conocedor de las lenguas bíblicas. En el AT los ejércitos de Israel no son sólo los ejércitos del Señor, son la mano misma de YHVH, recuérdense aquellos salmos: los carros del YHVH son miles y miles (salmo 68,18) o este otro: porque no fue su espada la que les dio la victoria, sino la luz de tu rostro, porque Tú los amabas. Según mi modesto entender, habría que traducir por algo así como Señor del exterminio. Recuérdese la razón por la que al rey Saúl le fue retirado el apoyo del YHVH: no entregó al exterminio al enemigo con su ejército (1Sam capítulo 13), es decir a la muerte pura y simple de todos los varones hombres y animales. Naturalmente, esta transcripción sería totalmente inaceptable para la liturgia.

Además de las versiones litúrgicas descafeinadas de los textos bíblicos, asistimos incluso a una supresión pura y simple de muchos pasajes de indudable valor bíblico, realizados en su mayor parte bajo la autoridad de Pablo VI, sobre todo al traducir el oficio del latín a las lenguas vernáculas.

Y no se trata solamente de aquellos textos en los que se hiere nuestra sensibilidad moderna, los que hacen alusión a niños estrellados contra las peñas (salmo 137, 9), sino a la desaparición pura y simple de aquel maravilloso versículo contenido en la versión latina del oficio: Sanctus et terribilem nomen eius, printipium sapientiæ timor Domini, su Nombre es santo y terrible, el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Dejémoslo así, la latina sapientia no es la española sabiduría, es algo más, la sensatez, el buen sentido…

Incluso en la traducción oficial de la CEE del Magníficat se nos da una versión edulcorada del texto, traduciendo et misericordia eius de progenie in progenie timentibus eum, por como lo había prometido a nuestros padres de generación en generación. El timentibus eum ha desaparecido sin dejar rastro. La misericordia se da ahora a todos y no a los que le temen como nos señala san Lucas.

*** *** ***

A mi modesto entender, urge una revalorización, un recuerdo al menos, del hecho de que el Nombre de Dios sea santificado, en el sentido primigenio de la palabra, primera petición de padrenuestro. Urge hacer una lectura integral, completa, sin dejarse influenciar por la moda, por lo políticamente correcto. Si en nuestra oración acogemos a Dios como padre, acojamos también el hecho de que él está en el cielo y nosotros en la tierra. Como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros (salmo103, 11).

Julio y Eugenia Moreno-Dávila/Gutiérrez, Granada 3-Feb.-MMIX


No hay comentarios:

Publicar un comentario